El último adiós: el testimonio de los trabajadores funerarios en la pandemia | Vistazo

El último adiós: el testimonio de los trabajadores funerarios en la pandemia

Redacción Vistazo Viernes, 03 de Julio de 2020 - 19:49
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El desborde sanitario por la pandemia mostró historias de dolor difíciles de olvidar. Desde uno de los crematorios de los cementerios de Guayaquil, Gisella Quizhpe, jefa de operaciones del cementerio Jardines de la Esperanza, nos relata el duro proceso: 
 
“La capacidad de los crematorios es baja en el país. Acá en Guayaquil hay solo tres hornos. Sin embargo, esta no es una ciudad orientada a la cremación, a diferencia de Quito. Acá nos resistimos a que nuestro ser querido sea cremado. Pero al principio esa fue la disposición del COE. 
 
El primer cuello de botella lo tuvimos a la semana de iniciada la emergencia sanitaria: la capacidad de nuestros hornos era de 12 fallecidos cada 24 horas y para esa época a diario recibíamos 200 cuerpos. Cuando se permitió en lote y bóveda, construimos un nuevo espacio para agilizar los entierros, de forma individual y con las mismas características que el cliente había contratado, pero en distinto lugar.
 
Es decir, todos los fallecidos iban a esta nueva construcción.
 
Los familiares de los fallecidos pasaban por una situación muy dolorosa, de despedir a esa persona querida sin la posibilidad de darle un último adiós. Intentamos ser empáticos, pero también nos topamos con situaciones desagradables en las que descargaban su furia contra nosotros.
 
Un señor, por ejemplo, insistía que se le ponga un terno a su papá fallecido; no concebía que se vaya en una sábana sin vestirse, pero yo no podía obligar a mi trabajador a que vista un cuerpo contagiado de COVID-19.
 
Alrededor de 25 colaboradores se contagiaron; todos se recuperaron, solo dos están en ese proceso aún.
 
Nos pusieron dos veces un suero para fortalecer nuestro sistema inmunológico, y nos proporcionaron vitaminas y medicinas. La alimentación fue la parte más difícil, y teníamos una persona dedicaba a abastecer la hidratación.
 
¡Imagínese a nuestros compañeros que estaban todo el día operando en los hornos o cavando las tumbas bajo el sol! Se deshidrataban rápidamente.
 
Algunos, mientras cavaban para poder enterrar los cuerpos, recibían llamadas para comunicarles la muerte de algún familiar. Varias veces entré al baño a llorar, a secarme las lágrimas y regresar. Compañeras que atendían a clientes se iban a lugares más privados a arrodillarse y llorar: debíamos esperar que se recompongan y encontrar alguien que se haga cargo de su labor porque no podíamos parar.
 
Incluso la inesperada muerte de uno de nuestros compañeros, quien falleció luego de hacer el transporte de regreso a los colaboradores, nos afectó mucho.
 
El trabajo que hicimos pasó de una responsabilidad con un cliente a un acto de humanidad con una persona común. Pese a eso, hoy mi mayor temor es un rebrote: sería revivir la pesadilla de la que aún no salimos”.