Contra el virus desde la Unidad de Cuidados Intensivos | Vistazo

Contra el virus desde la Unidad de Cuidados Intensivos

Redacción Vistazo Domingo, 07 de Junio de 2020 - 00:50
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Fines de abril. Dos expertos a cargo de las áreas de Medicina Crítica y Epidemiología e Infectología nos acompañaron desde el área externa de triaje del Hospital del IESS, Quito Sur, en funcionamiento desde diciembre de 2019. Este espacio atiende únicamente a pacientes sintomáticos respiratorios, para evitar el contagio a quienes llegan con otras patologías.

Dentro de las carpas de color blanco, mujeres y hombres de vestimentas blancas y celestes cubren sus rostros con gafas, pantallas faciales y, sobre su cuerpo trajes e implementos de protección, descartables y otros reutilizables. Nosotros estábamos cubiertos de forma similar; no así los dos especialistas que nos guiaron, quienes únicamente portaron sus mascarillas quirúrgicas N95. Eso sí, durante todo el trayecto, repetían el lavado de manos, con agua y jabón, y alcohol gel.

Preocupación en el ambiente, a cada paso. Quienes presentaban los síntomas de la COVID-19 pasaban a los box de atención al interior del área de emergencia, (sitios especiales) donde los médicos, enfermeras y auxiliares trataban a profundidad a los posibles contagiados para luego, de ser el caso, proceder con las tomografías pulmonares y, de acuerdo a su grado de complejidad, dirigirlos a hospitalización.

Y en los casos más graves internarlos en el área de cuidados intensivos. En uno de estos sitios estaba la enfermera Myriam Mármol, quien afirma que perdió el temor al contagio, al practicar las normas de bioseguridad y la costumbre de enfrentarlo día a día. Su familia también está más tranquila. No así los padres de Carla Cajas, parte del personal de limpieza, de 25 años, quienes constantemente le piden cuidarse.

Cruzamos desde la planta baja de la torre uno hasta el segundo piso, en medio de pasillos desolados porque aquí se suspendió la consulta externa para evitar contagios, ya que el HQSur fue designado como el principal hospital “centinela” para enfocar su servicio a los casos que se originan en Quito y otros que son enviados desde el centro del país.

Hugo Espejo y Francisco Mora nos instruyeron sobre nuestra próxima área a recorrer: la Unidad de Cuidados Intensivos, que tuvo que ampliarse de 19 a 27 camas, divididas en tres salones, conforme a la gravedad de los pacientes. Sin duda, es la imagen más impactante. Ante nuestros ojos, dos enfermeras desnudaron a un paciente de unos 60 años de edad, adormecido, a quien aseaban con mucho cuidado y cambiaron de pañal, antes de ubicarle las vías. Luego, lo llevaron hacia otra zona para el tratamiento de diálisis, por una dolencia previa.

Junto a él, en su mayoría, hombres de la tercera edad. Rostros hinchados. Todos en coma inducido para permitir que la máquina de ventilación mecánica funcione. Algunos estaban boca abajo o posición “prona”, para mejorar su ventilación. El 90 por ciento de quienes ocupaban las camas de la UCI fue contagiado por la COVID- 19 y luchaba por su vida, con el apoyo de una cadena de mujeres y hombres, personal médico en primera línea.

 

RESPIRACIÓN. Los pacientes con complicaciones respiratorias son colocados en posición boca abajo, según constató este grupo de periodistas.

Mientras guardaba en el sistema la información de los pacientes, Jessica Robles, enfermera de 27 años, y el anestesiólogo venezolano Wilfredo Ruiz, nos contaron que el miedo que tuvieron al inicio de la emergencia sanitaria lo han controlado con el paso del tiempo, con fe y el cumplimiento estricto de las medidas de bioseguridad. “Es un trabajo en equipo, a veces me siento ansiosa, pero con Dios sigo adelante y no me arrepiento de haber escogido mi profesión”, dijo Jessica.

Varios mostraban su preocupación principalmente por sus familias, como es el caso de la enfermera Karina Méndez, quien trabaja en el hospital desde que abrió sus puertas a fines de 2017 y labora actualmente en la UCI, en turnos de 24 horas cada cinco días. Sus padres son personas de la tercera edad, y para precautelar su salud decidió evitar su acercamiento y adoptar acciones de higiene y desinfección, antes de ingresar a su casa.

Mientras caminábamos por una de las salas, observamos a un paciente de 35 años de edad, abatido por el coronavirus. Una imagen dolorosa, que demuestra lo implacable que es el virus, sin importar clase, edad o condición social.

La lucha entre la vida y la muerte se libra en estos espacios. Algunos de ellos, antes de ser inducidos a coma, pidieron un celular o recibieron una llamada de sus seres cercanos, por lo que pudiera pasar horas o días más tarde. “Es muy duro prestar el teléfono para que puedan despedirse, fuimos preparados de alguna manera para enfrentar la muerte, pero nunca lo hemos vivido de esta forma y en esta cantidad”, relató la lojana Tatiana Moreno, médico intensivista, de 34 años.

Sus jornadas son extenuantes. A ello se suma el creciente número de contagiados y la falta de especialistas de su área: muchos intensivistas en el país son adultos mayores que dejaron de laborar porque su edad los pone en mayor riesgo. Es por esta razón que han solicitado apoyo a otros especialistas, como los anestesiólogos.

El contraste entre el dolor y la esperanza estaba por llegar. Estábamos por ver a quienes salieron de cuidados intensivos y estaban próximos a recibir el alta hospitalaria en las habitaciones distribuidas en las cinco torres con las que cuenta este hospital. Uno de ellos es Marcelo, quien luego de 16 días con pronóstico reservado, salió triunfante y se puso de rodillas para agradecer a Dios, antes de subir a la ambulancia que lo llevaría de regreso a su hogar.

A él se sumó Diego, guía penitenciario de una cárcel de Quito, quien un día se quitó desesperado el oxígeno y desde ahí inició su recuperación. Y a dos camas de distancia, Fernando, tímido, con lágrimas en sus ojos. “Tuve un paro respiratorio, estuve entubado 24 días, y ahora estoy aquí, muy agradecido con quienes trabajan en este hospital”.

Son las historias que se escriben dentro de este centro hospitalario, donde alrededor de 400 personas, entre niños, jóvenes y adultos contagiados por la COVID- 19, pelean esta guerra, junto a un cordón de 2.000 profesionales de la salud. El cansancio no les impide seguir batallando contra el virus.