Benavides: Hombres en el poder me minimizaron por ser mujer | Vistazo

Benavides: Hombres en el poder me minimizaron por ser mujer

Gabriela Pinasco Viernes, 08 de Marzo de 2019 - 17:02
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Asumir la defensa de los derechos de toda una población no es cosa sencilla, conlleva una serie de procesos que incluyen la deconstrucción de una sociedad edificada sobre la desigualdad y dinámicas de violencia. Por eso en el Día Internacional de la Mujer, resaltamos el perfil de Gina Benavides, una mujer que aceptó el reto de encarar todos los sistemas de poder, liderados en su mayoría por hombres, y luchar por el respeto de los derechos humanos en el Ecuador, como medio para conseguir una sociedad más justa y más igualitaria. 
 
Gina Benavides nació en Quito el 28 de septiembre de 1964, es magíster en derechos humanos y democracia en América Latina. Cuenta con más de 20 años de experiencia en derechos humanos, género y movilidad humana, articulando procesos de activismo, incidencia política, litigio, políticas públicas, gestión de proyectos, capacitación popular, docencia académica e investigación socio-jurídica. Hasta ahora venía desempeñándose como docente del Programa Andino de Derechos Humanos de la Universidad Andina Simón Bolívar. Hoy se desempeña además, como defensora del pueblo. 
 
¿Qué reto implica, como mujer, estar a cargo de la Defensoría del Pueblo?
Asumir este cargo fue realmente un reto, un reto a nivel profesional y un reto humano, porque tengo una trayectoria de trabajo en derechos humanos, como activista, como funcionaria internacional de protección de derechos humanos, y luego como docente. Creo que asumir la Defensoría del Pueblo era como un ejercicio de coherencia con la protección y la defensa de DD.HH. y plasmarlo en el ejercicio de una institución que tiene ese mandato.
 
Lo asumí como un desafío, como la posibilidad de concretar en la práctica todo el proceso que vengo haciendo incluso en la enseñanza de DD.HH., como vincular teoría y práctica, que siempre es un ejercicio necesario cuando se quiere aportar a la sociedad. Ha sido también un reto importante en medida que me ha acercado a la administración pública y he tratado de gestar un proceso de gestión basado desde un enfoque de género, sabiendo que las mujeres tenemos una perspectiva distinta, una perspectiva que va desde la dimensión profesional, pero también desde la dimensión humana. 
 
¿Contra qué se ha tenido que enfrentar en este cargo?
Me he tenido que enfrentar con modelos masculinos de ejercicio de la gestión pública, no es fácil, pero no hay imposibles. Necesitamos incitar en el país esta construcción de procesos  de participación administrativa y participación política de las mujeres, desde las mujeres y creando formas de ejercicio, sin tenerle miedo a esto de la subjetividad. A nosotros siempre nos están planteando que uno tiene que ser muy objetivo, tener estos criterios de razonabilidad, creo que son necesarios, pero las mujeres tenemos una dimensión subjetiva que nos hace ser sensibles y poder estar en la posición de la otra persona, y eso es importante cuando se trabaja en DD.HH. 
 
En este fuerte ejercicio vinculado a la justicia y a los DD.HH. ¿la han menospreciado por ser mujer?
He tenido momentos, a veces he llegado a una institución en concreto o una reunión en la Fiscalía en donde se notaba en la mirada, en la forma en que me trataban, me veían de menos, esto lo sentí, uno puede percibirlo. Pero lo que he probado es que, aunque pueda haber esta percepción, la forma en que uno presenta sus posiciones y argumentos hace que se adquiera respeto, y eso he tenido que ir confrontándolo con el tiempo, moviéndome en estos procesos en los que generalmente autoridades hombres que están ejerciendo el poder creen que pueden, por el hecho de que soy mujer, establecer parámetros de inferiorización. Sin embargo, la fuerza de mis argumentos y planteamientos ha terminado siendo escuchada y he adquirido algunos niveles de respeto.
 
Me ha tocado relacionarme con diferentes instancias, por ejemplo con la Asamblea Nacional, y algo que he sentido es que al principio a una la miden, esto no pasa mucho con lo hombres. Pero a una mujer sí la están midiendo. La están midiendo todo el tiempo. He sentido sin embargo, que aunque habían están mediciones que se hacían en relación a las posiciones que yo podía plantear, luego terminaban siendo aceptadas o tenía la posibilidad de debate. 
 
¿Cómo mantener la autonomía en un mundo tan politizado?
La Defensoría del Pueblo tiene que plantear siempre este proceso de independencia y autonomía. A veces por plantear esto uno pone frenos, entonces ahí es cuando se dice ‘yo no recibo órdenes de otras instancias del estado’, desde la Presidencia hasta cualquier otra función del Estado. Y esto obviamente tiene su precio. Ha sido muy mal visto por algunas autoridades y me ha generado resistencias o que a uno le digan ‘hay que mirarla de lejos’; incluso que tenga estigmatizaciones. Pero lo he asumido, en la medida en que he sido coherente y me he dicho: ‘no puedo estar pensando en función de llevarme bien con todos’. La Defensoría del Pueblo es una instancia que al ser de control en materia de DD.HH., va a incomodar, tiene que hacerlo, es parte del ejercicio democrático.
 
¿La justicia ecuatoriana le sigue fallando a la mujer?
Sí, lastimosamente tenemos un gran desafío por parte de la justicia ecuatoriana para las respuestas efectivas en torno a las demandas concretas que tiene la mujer. Particularmente en el tema de violencia contra las mujeres, he constatado casos en que las mujeres que han sido víctimas de violencia se acercan a la Defensoría para decirnos que han habido violaciones al debido proceso, porque han sido revictimizadas, porque sus argumentos no son tomados en cuenta, porque no se da garantías para los procesos de investigación para que sean respetuosos con sus derechos, de todas las afectaciones emocionales, físicas, sexuales, que han sufrido y que necesitan otro tipo de tratamiento. 
 
¿Cuál es el desafío para la justicia entonces?
Creo que hay un gran desafío, me parece que la administración de justicia necesita fortalecer estos espacios que no van solo por un proceso de capacitación técnica, sino por cambiar y reconstruir códigos culturales que están impregnados en operadores de justicia, incluso en jueces y que hacen que aún cuando las leyes puedan establecer algunos parámetros, el femicidio por ejemplo, ahí uno dice que hay una reivindicación, pero de nada nos sirven si los aplicadores de justicia manejan todavía códigos que reproducen una cultura patriarcal y machista. 
 
Entonces hay un fuerte desafío que es necesario que se lo tome en serio por parte de la administración de justicia, porque sino lo que tenemos es muchas víctimas que se sienten excluidas del sistema aún cuando estén adentro, eso es lo paradójico, van al sistema pero la inclusión la sienten dentro de todo, se quedan con esta sensación de no justicia y de impunidad. Las políticas públicas en materia de violencia contra la mujer deberían trabajar en la prevención, ese es el mayor desafío que tenemos ¿cómo construir una cultura que ponga alertas y que genere mecanismos para cambiar los códigos culturales?, esos que están impregnados desde nuestros hogares, desde la escuelas, desde la iglesia, desde todos los espacios de relación y que nos permitan a partir de eso hacer transformaciones en nuestra vida cotidiana y no caer en los procesos de violencia. 
 
¿Qué papel deberían asumir las mujeres en todo este proceso?
El llamado a las mujeres es a que nos asumamos todas como sujetas de derecho, y esto es importante, porque esta sociedad patriarcal nos ha llevado a que nos asumamos como objetos y reproduzcamos incluso en nosotras mismas esta noción de ser objetos de protección, objetos de amparo, objetos de placer. Creo que el gran desafío implica reconocernos en nuestras capacidades, reconocernos en nuestra capacidad de autonomía, pero también en nuestra capacidad de relación con los otros bajo términos de igualdad, equidad y respeto mutuo. 
 
El llamado a las mujeres es ese: ser sujetas de derecho, ser activistas en la promoción de los derechos. Esto no significa ‘solo yo y mis derechos’, sino reconocer que los derechos se construyen en relación con los otros, con toda la sociedad. Así nos permitiremos construir sociedades en las que podamos relacionarnos de manera colaborativa entre todos, no se trata de formar guetos de mujeres contra hombres, porque a veces eso se piensa, sino de cómo hombres y mujeres en su diversidad podemos construir sociedades de paz, reconocernos en medida en que de lado y lado estamos valorando al otro, considerando a la otra persona, conociéndola en su dimensión de dignidad, que somos tan seres humanos como el otro. 
 
¿Qué la ha motivado a usted en esta lucha por la igualdad de derechos?
Lo que me ha motivado es que creo en los seres humanos, creo en ese lado positivo de las personas, de su capacidad de transformación. Me ha alentado acercarme a los sectores más excluidos y mirar en ellos que, aunque a veces no tienen recursos, comparten y dan, y esto a uno le motiva y hace que crea en las personas. Hay toda esta visión que nos hace sentirnos parte no solo de un entorno de personas, sino en medio la naturaleza, esta a su vez también nos plantea desafíos y nos está diciendo: ‘aquí estoy’ y esa madre tierra también quiere crecer, no quiere ser destruida. 
 
Siento que mientras haya una persona, un espacio de la naturaleza que está siendo atacado, todos tenemos la responsabilidad de actuar, porque lo estamos haciendo no por una acción individual, sino para que nuestro planeta viva y podamos aportar con una transformación en la sociedad. 
 
 
 
 
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