“Perdón no es olvido. Tampoco es impunidad”: Las 'sádicas' torturas de las FARC contra Íngrid Betancourt | Vistazo

“Perdón no es olvido. Tampoco es impunidad”: Las 'sádicas' torturas de las FARC contra Íngrid Betancourt

AFP / Redacción Martes, 03 de Marzo de 2020 - 12:57
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"Su ensañamiento fue producto de un sadismo personal combinado con fanatismo ideológico".
 
Íngrid Bentacourt, la excandidata presidencial de Colombia y secuestrada durante seis años y medio por las entonces Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) - convertidas hoy en partido político -, reveló las torturas que sufrió de parte de la poderosa guerrilla comunista (que depuso las armas con el apoyo de Naciones Unidas, tras medio siglo de rebelión contra el Estado). 
 
“Perdón no es olvido. Tampoco es impunidad”, resaltó Betancourt en una carta que fue publicada el pasado 24 de febrero por El Espectador, pero que se viralizó en las últimas horas luego de ser difundida este lunes por varios medios.
 
La exsecuestrada refuta la versión que habrían entregado los exintegrantes de las Farc ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el tribunal surgido del pacto suscrito en 2016 con el gobierno de Juan Manuel Santos, que puso fin a un enfrentamiento interno de más de cinco décadas. 
 
Betancourt manifiesta su indignación por esas declaraciones, contrarias a lo que ella vivió durante su cautiverio:
 
“Según ellos, mis intentos de fuga los obligaron a encadenarme y a someterme a otros castigos que mencionan parcialmente. […] Yo estaba en derecho de buscar recobrar mi libertad”.
 
“Dicen ellos que su intención al encadenarme era salvarme la vida. El mayor peligro que yo corría […] eran ellos, su violencia, y su decisión de matarme si era necesario”.
 
“¿Hacerme marchar encadenada con otro secuestrado para prevenir incidentes? No. […] Al cruzar caños pasando en equilibrio sobre troncos resbaladizos, podíamos morir ahorcados si el compañero se caía. […] El encadenamiento era parte de su obsesión con el castigo para quebrarnos sicológicamente”.
 
“Dicen que las cadenas las retiraban. A los secuestrados militares y a mí, nos mantuvieron encadenados durante años. No era una medida esporádica”.
 
“Hacernos asear en público también daba la oportunidad para conductas insultantes, violencias, y terribles abusos […]. Era una venganza contra un ser humano convertido por ellos en el símbolo de su enemigo personal y social”.
 
“Obligarme a hacer las necesidades frente a un guerrillero, como explican ellos, para impedir mi fuga, es una justificación inaceptable. La razón era otra: la complacencia en el odio, la sed de dominación, el machismo, y la estimulación grupal del sadismo”.
 
“Dicen que me aislaron para que me cuidaran guerrilleras mujeres y que me reunieron al grupo por solicitud mía. No me solicitaron mi opinión ni aceptaron que la diera. Hicieron conmigo lo que les pareció, sin importarles ni mi sufrimiento ni mis súplicas”.
 
“Hablan de espacios para hacer yoga, de artículos de belleza, de comida y medicamentos. Con los cambios de comando nos ponían a hacer una lista de implementos de aseo, a sabiendas que nunca llegaría nada. […] Para ellos había todo, mientras nos mantenían encadenados, sin siquiera atendernos con los medicamentos que tenían en reserva”.
 
“Me hicieron dormir encima de nidos burbujeantes de hormigas mortales. Dicen ellos que ocasionalmente sucedió porque por las noches no las podían detectar. […] La verdad es que las buscaban de día para obligarme a permanecer encima de ellas. Su ensañamiento fue producto de un sadismo personal combinado con fanatismo ideológico, en un espacio humano donde la arbitrariedad de los fusiles hacía oficio de ley. (¿Sabe alguien lo que es dormir sobre una marea de bichos enloquecidos, encaramándosele a uno de noche por todos lados...?)”.
 
“Se apropiaron de mi vida, de mi tiempo familiar y laboral, de mi recorrido político y de mi voz, para usarme como escudo militar, moneda de cambio y plataforma mediática”.
 
Íngrid Betancourt concluye: “Si bien estas observaciones han implicado una inmersión muy dolorosa en el pasado, corresponden al deber de memoria, responsabilidad de las víctimas. Para que esto no vuelva a suceder”.
 
Martín Sombra, el exguerrillero de las FARC que custodió a la entonces candidata presidencial Ingrid Betancourt cuando estuvo privada de la libertad, fue capturado el pasado 1 de febrero en Colombia por el presunto delito de secuestro, después de acogerse al histórico acuerdo de paz.
 
El también llamado 'carcelero de las FARC' fue detenido por un hecho sucedido en el 2017 en el departamento del Caqueta (sur), donde resultó secuestrado un ganadero. 
 
Sombra fue el encargado de mantener en cautiverio a Betancourt, secuestrada por la exguerrilla comunista en febrero de 2002 y liberada en julio de 2008 en una operación militar, junto con tres estadounidenses y 11 militares colombianos.
 
Betancourt, de nacionalidad francesa y colombiana, se radicó desde su liberación en el exterior.
 
El exrebelde se había acogido a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el tribunal que prevé otorgar penas alternativas a la cárcel a quienes confiesen sus crímenes, reparen a las víctimas y se comprometan a nunca más ejercer la violencia, sean guerrilleros o militares.
 
Quienes no cumplan con esos compromisos responderán bajo jurisdicción de la justicia ordinaria.  
 
Los excomandantes empezaron a comparecer de forma individual ante la JEP por los secuestros, uno de los crímenes más repudiados por los colombianos, en julio de 2018. En aquella ocasión los desmovilizados de las FARC, en cabeza de Rodrigo Londoño, pidieron perdón a las víctimas y aseguraron que asumirían las responsabilidades que les correspondieran.
 
Durante su prolongada y fallida lucha por el poder, las otrora guerrilla recurrió al secuestro de personas con fines económicos y políticos. 
 
Miles de rehenes, incluidos militares, policías y dirigentes como Betancourt, estuvieron encadenados hasta diez años en lo profundo de la selva antes de ser rescatados o liberados, y no pocos perecieron en cautiverio.