La herencia de Chávez en la mitad del mundo | Vistazo

La herencia de Chávez en la mitad del mundo

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La herencia de Chávez en la mitad del mundo

Alejandro Pérez / [email protected] Lunes, 13 de Agosto de 2018 - 12:35
Llora un niño. Alguien susurra. Otro se lamenta y también hay quienes ríen ante la adversidad. Todos se despiertan y se reacomodan sobre los pequeños colchones. El reloj marca las dos de la madrugada. A esa hora la temperatura desciende a ocho grados. El vapor de agua contenido en el aire se condensa y forma neblina, que luego desciende y humedece las mantas; el rocío amenaza con enfriar sus cuerpos. Pasarán varios minutos hasta lograr conciliar nuevamente el sueño.
 
Durante ese tiempo, Melani Rodríguez piensa cuándo volverá a ver a su hijo de nueve años. Si tendrá que traerlo o podrá reencontrarse con él en su natal Venezuela. Entre lágrimas hace cuentas: en una semana más llegará a Perú, obtendrá un empleo y enviará dinero a su madre; si todo sale bien. Allá, su hijo podrá comer algo más que yucas y plátanos, dieta a la que se han acostumbrado los venezolanos desde que empezó la crisis y el desabastecimiento de alimentos, que cada día se agudiza en el gobierno de Nicolás Maduro.
 
Quedan unas tres horas más de sueño para quienes logran unir nuevamente los párpados. A las 05h30 de la mañana, antes de los primeros rayos de sol, deben levantar los colchones y despejar el parqueadero del Terminal Terrestre de Carcelén, en el norte de Quito. Para la Administración no es una buena imagen proyectar a cientos de venezolanos durmiendo a la intemperie. Por suerte este viacrucis sucede en verano y no hay lluvia.
 
“Creo que la peor noche la pasamos en un pueblito de Colombia. Llegamos caminando, llovió todo el camino. En una panadería nos regalaron comida pero no hospedaje. ¿Usted se imagina lo que es dormir con la ropa y zapatos mojados? No se puede. Nos levantábamos cada cinco minutos a caminar para calentarnos”, recuerda José Matta, de 24 años.
 
El joven salió hace más de un mes de Venezuela sin un centavo, junto a otras cinco personas. El trayecto lo han hecho caminando, “jalando dedo” y en buses cuando alguien les dona dinero para el pasaje. Durmieron en bombas de gasolina, iglesias, casas de acogida o en la calle. La improvisada estancia en el Terminal de Carcelén es como un hotel para esta gente que ha pasado un interminable tránsito de supervivencia por buscar días mejores.
 

 
Pero el gobierno de la Revolución Bolivariana los acusa de traidores. David Morillo, un venezolano de 24 años, que pernocta en el Terminal de Carcelén más de una semana era militar. Cuando tuvo franco empezó la caminata para huir. Si regresa podría recibir entre siete y 15 años de cárcel por “traición a la patria”. “Los gobiernos no duran para siempre y algún día volveremos a reconstruir nuestro país”.
 
El éxodo se intensificó en 2015, tras la caída de los precios del petróleo. Más de 1,3 millones de personas han dejado Venezuela en los dos últimos años, según el informe de Tendencias Migratorias Nacionales en América del Sur, de inicios de año. Y el flujo no cesa.
 
Muchos de quienes hasta mayo dudaban, se decidieron cuando Maduro ganó la reciente elección, cuestionada por no tener candidatos de oposición, y anunció seguir con su “revolución”. Consecuencia: la inflación anualizada es la más alta del mundo: 46 mil por ciento en cifras oficiales. Inimaginable, pero es el país de las maravillas: la gasolina es tan barata que se puede llenar el tanque de un vehículo con un centavo de dólar. Mientras un pan cuesta el equivalente a unos 10 centavos de dólar.
 
“Esto es el sueldo básico en Venezuela y alcanza para comprar la mitad de una cubeta de huevos”, dice uno de los venezolanos en el Terminal, mientras muestra dos monedas de un dólar y un par de centavos. Allá, el aceite, la carne y el pollo son un lujo para pocos.
 
Lo más duro en esta travesía para Geovanna González (36 años) fue llevarse a la boca alimentos que escasean en Venezuela. “Volví a comer pollo en Colombia, hace más de un mes. Pero mientras comía me acordaba de mis dos hijos que no comen carne desde hace tiempo. Allá hemos aprendido a hacer arepas con la yuca porque hasta la harina es demasiado cara”.
 
 
Pero estas personas no han perdido la chispa. “A pesar de ser el peor presidente del mundo, Maduro nos cumplió el sueño de viajar y conocer otros países”, bromea un grupo de jóvenes.
 
Otro dice que no hay delincuencia porque ya ni los malandros tienen qué robar. Una chica asegura que allá ya no tiene que pasar el tormento de hacer dieta porque no hay qué comer. Reír es quizá la única manera de sobrevivir en tierra ajena, lejos de la familia.
 
Casa temporal
 
La rutina de los venezolanos en el Terminal de Carcelén inicia a las 05h30. Quienes logran ocupar las veredas laterales del parqueadero tienen la suerte de dormir un poco más, pues no tienen que desalojar ese espacio. El resto deambula con sus mantas intentando calentarse un poco. En una carpa duermen los niños más pequeños, para protegerlos del frío.
 
“Dejé a mi hijo de ocho años con mi mamá. Acá estoy con mis otros tres hijos, el último tiene un año y medio. Todos los días me preguntan cuándo vamos a regresar a la casa y no sé qué responderles”. Es la historia de Nazareth Virola, de 24 años. Salió de Venezuela en diciembre. Durante cinco meses vivió en Colombia empleada de mesera para enviar dinero a su madre. Pero cada vez hay menos trabajo y el éxodo los empuja hacia Ecuador, Perú y Chile.
 
En el Terminal Nazareth conoció a Iris Gudiño (40 años), quien también tiene una hija de cinco años. Hace un mes llegaron al Terminal. Las dos piensan quedarse en Quito. Están cansadas y sus hijos ya no quieren viajar. Se turnan para salir del Terminal a buscar trabajo mientras la otra se queda al cuidado de los pequeños.
 
El objetivo de todos es enviar dinero a la familia. “No es que allá no haya trabajo. El problema es que así usted sea astronauta, tiene que tener por lo menos otros cinco para sobrevivir, el sueldo básico equivale a dos dólares”, comenta Iris Gudiño, profesora.
 
 
Algunos tienen mejor suerte. Edgardo Mora (22 años) y Ezequiel Cedeño (23 años) consiguieron que un compatriota quien llegó a Ecuador hace más de dos años y logró abrir una panadería, les proporcionara tortas para vender en la calle. Llevan una semana durmiendo en la estación y, según sus cuentas, requieren vender tortas todos los días durante dos semanas más para poder alquilar una habitación. De momento, con las primeras ganancias se preparan para enviar los primeros 20 dólares a sus familias. En Venezuela, 20 dólares alcanzan para que tres personas coman durante una semana.
 
Omar Acosta, un venezolano que llegó hace cuatro meses y logró obtener un trabajo estable, fue quien consiguió que la Administración del Terminal de Carcelén cediera el espacio de unos 200 metros cuadrados.
 
 
Ahora coordina este improvisado albergue, donde en promedio duermen unas 250 personas cada noche. Apunta los nombres de cada compatriota que llega para proveerles de un pequeño colchón y mantas para pasar la noche.
 
También coordina las donaciones. Compra fundas de caramelos y chocolates para que sus compatriotas salgan a vender en las calles aledañas. Con eso pueden reunir el dinero para comprar los pasajes hacia Perú, principal destino de quienes están varados en este Terminal.
 
Otra forma de ayudar es la compra de boletos para que sigan hacia su destino. David Villacís, estudiante de la Universidad San Francisco de Quito, reunió con sus compañeros 300 dólares para comprar 15 boletos hacia Manta y cinco hacia Huaquillas. “Creo que es una forma de ayudar, porque vemos que mucha gente va a dejar comida pero ellos no quieren quedarse ahí para siempre, quieren ir a otro lugar a conseguir trabajo”.
 
Así transcurrieron más de dos meses hasta que a finales de julio una empresa privada entregó un terreno en un patio aledaño al Terminal. Allí, los desplazados de la Revolución Bolivariana intentan tener un albergue más cálido y seguro.