El populismo de Michelle Bachelet en Chile | Vistazo

El populismo de Michelle Bachelet en Chile

Patricia Estupiñán Lunes, 27 de Enero de 2020 - 14:56
Facebook
Twitter
Email
Las raíces de la polarización chilena se encuentran en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, quien libre de los demócratas cristianos y los social demócratas, dejó salir su verdadera convicción política.
 
Después de la caída del Muro de Berlín, el comunismo dejó de ser el enemigo de la democracia liberal, argumenta el premio Nobel Mario Vargas Llosa. Ahora, el monstruo de múltiples cabezas que la amenaza es el populismo. Se lo ha definido de muchas formas, pero para Vargas es “la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero”.  Su análisis está en el prólogo del libro, El Estallido del Populismo,  coordinado por su hijo Álvaro y con varios artículos extensos sobre el tema. 
 
Uno de los capítulos más interesantes del libro corresponde a Chile. Está escrito por Roberto Ampuero, conocido escritor, que  después de haber transitado por la izquierda radical antes del gobierno de Augusto Pinochet, vivir exilado en Alemania Oriental y Cuba, se convirtió en demócrata y fue ministro de Cultura en el primer gobierno de Sebastián Piñera y su canciller por un corto periodo en su segundo gobierno. Su explicación, escrita en 2017,  ofrece otro punto de vista diferente para analizar la actual situación de ese país.
 
“Creo que el populismo es como el amor: no resulta fácil definirlo, pero cuando se está enamorado o sufriendo un auténtico régimen populista uno lo siente y sabe qué está experimentando. Para muchos, las características populistas básicas consisten en la existencia de un liderazgo carismático y paternalista (o “maternalista”),  una relación sin intermediarios entre el caudillo y “el pueblo”, y un discurso anti-establishment o anti-empresariado”, escribe Ampuero.  
 
Según Ampuero, en Chile el populismo no ha logrado el atractivo que en otros países de la región, ni hizo escuela el populismo clásico de Juan Domingo Perón de Argentina, Lázaro Cárdenas de México o Getulio Vargas de Brasil.
 
“Tanto la izquierda como la derecha chilena tienen la noción de que el populismo ha sido y es una apuesta arriesgada de resultado incierto”. Ni siquiera considera populista a Salvador Allende, aunque en las postrimerías de su gobierno cedió a las presiones de grupos extremistas, que precipitaron su derrocamiento. “Allende era sobre todo un hombre institucional”.
 
Desde el regreso a la democracia, en 1990,  argumenta, Michelle Bachelet es la única mandataria (en su segundo mandato de 2014-2018) que desde su campaña evidencia rasgos populistas. “Se encarama sobre las protestas de los movimientos sociales –especialmente de los estudiantes- de 2011, que exigían educación gratuita, nacionalización del cobre y marginar a la clase política”.
 
Al hacerlo logró una cómoda mayoría en la Cámara de Diputados y el Senado, y comenzó con un proyecto desquiciante: pasar “una retroexavadora” al modelo económico. “Bachelet y la coalición que la respaldaba –la Nueva Mayoría- se equivocaron en el diagnóstico. Los chilenos no querían terminar con el “modelo” sino mejorarlo, hacerlo más inclusivo y justo, disfrutar de una tajada más grande de la prosperidad creada, no arrojarlo por la borda”. 
Un año más tarde, su popularidad comenzó a caer en picada por los “turbios negocios de su hijo y nuera” y el desplome del crecimiento económico, por condiciones internacionales, pero también por la desconfianza  de los inversionistas por la polarización.
 
A  diferencia de la izquierda de Venezuela, Ecuador o Nicaragua, donde se apostó por líderes populistas –Chávez, Correa y Ortega- en el Chile posterior a Pinochet, la izquierda fue esencialmente no populista, de corte social-demócrata empeñada en no repetir los errores de Allende.  Los años de la Concertación – una alianza entre demócrata cristianos y social cristianos –entre 1990 y 2010 se caracterizaron por “la mesura, el pragmatismo y la superación del pasado inspirado en el socialismo real”.  No obstante, el populismo de los socialistas del siglo XXI habría desfigurado a Bachelet en su segundo mandato. Para Ampuero, el verdadero “yo” (nostálgico del castrismo y el comunismo) de Bachelet se escondió en la primera presidencia por el peso de la Concertación. Pero en el segundo mandato, donde ya la Concertación estaba rota y los líderes social demócratas y social cristianos fuera de escena,  afloró su verdadero sentir.
 
Explica, que los íconos en la formación política de Bachelet fueron su padre y Salvador Allende y la influencia de una pareja de Bachelet, un militante socialista que devino delator en el régimen de Pinochet por las torturas a las que fue sometido. Por él, Bachelet y su madre fueron detenidas también. Cuando fueron liberadas se exilaron en Alemania Oriental, donde se reencontró con su pareja quien no quería regresar a Chile y que lo hizo conminado por ella. Al regresar al país, él desapareció. Su nombre está en la lista de personas cuyos restos no se han encontrado.
 
“Al examinar estas experiencias que deben haber marcado su visión del mundo, uno puede concluir que ella optó en su segundo mandato por materializar sus convicciones políticas más auténticas y que, por ello, y a pesar del débil apoyo popular que suscitan sus reformas, continuó impulsándolas, sin dudar”, añade Ampuero.
 
Debido a esa obstinación y a su discurso antisistema, según Marcelo Arnold, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica de Chile, se profundizó la polarización. “Cunde una sensación de abusos e inequidades y la persistencia de privilegios. Son las condiciones ideales para el surgimiento del populismo no solo político, sino también social y económico”, explica Arndold. 
 
Bachelet y la Nueva Mayoría hicieron política de borrón y cuenta nueva para desacreditar a los políticos chilenos. “No se puede dirigir un país durante veinte años y desconocer después olímpicamente su rol en ello y criticar con fervor todo lo construido. El daño cultural y político fue extremo y sus consecuencias aún del todo imprevisibles”, concluye Ampuero.  
 
Dos años después, se aprecian las consecuencias. Un estallido social que llevaxx días, xxx muertos y una retroexcavadora extrayendo el progreso.
 
HOY EN HOME