La gran perversión | Vistazo

La gran perversión

Opinión, Alberto Acosta-Burneo

Alberto Acosta-Burneo

La gran perversión

Viernes, 17 de Agosto de 2018 - 09:23
Los políticos están convencidos de su cruzada por el “bien común” y en contra de los “mezquinos” intereses individuales. Argumentando una supuesta contradicción entre los intereses de la sociedad y los individuales, expanden el intervencionismo público llegando a decidir qué debemos consumir y qué no, qué es bueno para nuestra salud y qué debemos evitar, los valores que debemos cultivar, cómo nos debemos vestir… Dejamos de ser adultos, para pasar a ser niños a quienes el Estado debe cuidar y formar. A pesar de todas las buenas intenciones (si es que las tienen), sus métodos paternalistas son errados y siempre somos los ciudadanos los perjudicados de tanto “amor”. Veamos por qué.
 
Tomemos como ejemplo la gran perversión de nuestra era: el proteccionismo. Según el discurso oficial, el Gobierno debe defender a los productores nacionales frente a sus pares internacionales restringiendo el ingreso de productos extranjeros baratos. Para lograrlo se aplica un arsenal de aranceles, impuestos, normas técnicas, permisos y trabas. Según su lógica, sin estas “ayudas” ¿cómo podría sobrevivir la producción nacional?
 
Cuando todas estas “ayudas” están en funcionamiento, se reduce la oferta de bienes importados y, consecuentemente, suben los precios internos. Conforme lo planificado, los productores protegidos alcanzan mayores rentas porque gozan de mercados cautivos y precios más elevados. Hasta ahora, todo suena bien, pero estamos olvidando un detalle: ¿Quién paga por todo esto?
 
Evidentemente, el costo de esta política no la pagan los “bien intencionados” políticos, sino nosotros, los ciudadanos. El Gobierno, a través del proteccionismo, nos obliga a los ciudadanos a subsidiar, vía mayores precios, a los productores. Pero esta estrategia es innecesaria e inconveniente. 
 
Innecesaria porque la mayoría de los productores en el Ecuador sí son capaces de competir. Somos líderes a nivel mundial en varios sectores y tenemos fortalezas competitivas relacionadas a la bondad de la geografía de nuestro país. 
 
Inconveniente porque el proteccionismo ataca a las menguadas billeteras de los ciudadanos y nos condena al subdesarrollo al obligarnos a destinar recursos escasos a usos poco rentables. Expliquemos con un ejemplo. Supongamos que una tonelada de trigo importado cuesta $550, pero para que su producción local sea rentable se requiere un precio de $700. El proteccionismo forzará una elevación del precio que pagamos los consumidores. Atraídos por precios artificialmente altos, los productores se dedican al cultivo de trigo en vez de otros productos en los que tienen mayores rendimientos sin necesidad de un subsidio por parte del consumidor.
 
En realidad, no ayudamos a los productores incrementando los precios (como receta el proteccionismo), sino impulsando su competitividad para que entreguen bienes y servicios más baratos a los consumidores. Es decir, la prioridad debe ser reducir sus costos de producción: racionalizando aranceles, eliminando tramitología, flexibilizando leyes laborales y teniendo impuestos competitivos. Superemos la gran perversión del proteccionismo: cuando los ciudadanos pagamos precios más elevados para sostener a productores poco competitivos, todos perdemos.