Una historia de visión y perseverancia | Vistazo

Una historia de visión y perseverancia

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Una historia de visión y perseverancia

Sébastien Mélières | [email protected] Jueves, 27 de Diciembre de 2018 - 15:03
En Ecuador todos conocen a Johnny Czarninski Baier, hombre de perfil bajo y barba dispersa, comerciante y cónsul general de Israel en Guayaquil. Hoy la figura emblemática de Mi Comisariato sorprende a la clientela con un libro acerca de la historia de su familia, los Czarninski oriundos de Prostken –un pueblo fronterizo al pie de la línea férrea que pasaba de Alemania a Polonia–, y los Baier de la pequeña ciudad de Papenburg, al noroeste de Alemania, en la frontera con Holanda.
 
Al empezar el libro pensé tener en las manos una obra cuyo único interés radicaba en ser un testimonio de Johnny Czarninski para honrar a sus padres y dejar un legado a sus hijos y nietos, pero estaba muy lejos de la realidad. Este libro tiene todos los ingredientes de una buena novela: el lenguaje es directo, las anécdotas sabrosas y los personajes son atípicos, de carácter fuerte, atrevidos y tremendamente simpáticos. Además todos sabíamos del talento de don Johnny para los negocios pero descubrí la pluma sensible de un hombre que escribe como habla: con precisión, humor y con algo de autoridad cuando se trata de poner los puntos sobre las íes.
 
 
Mi héroe, mi padre
 
Desde las primeras páginas seguimos las andanzas de Alfredo Czarninski (padre de Johnny). A diferencia de sus tres hermanos Leo, Edith y Elfe, Alfredo es inquieto y travieso. Después de seguir la primaria en Prostken inicia sus estudios en la ciudad de Lueck. Con la subida de Hitler en 1932 empieza a sentir el hostigamiento de sus compañeros y profesores y es expulsado del colegio por ser judío. A los 16 años se va a Berlín para trabajar como operario pero al año toma la decisión de escapar de la Alemania nazi. Intenta ir a Palestina pero finalmente viaja a Costa Rica y luego a Ecuador a bordo del trasatlántico inglés “Reina del Pacífico”.
 
Guayaquil de sus amores
 
Al llegar a Guayaquil el joven Alfredo de tan solo 19 años tiene que aprender el castellano y buscar trabajo en una ciudad donde la malaria, el paludismo y la fiebre amarilla azotan a la población. Vende pasadores en las calles de Guayaquil, trabaja en una fábrica de calzado en Ambato antes de volver al Puerto Principal y comprar –gracias a un préstamo– las instalaciones del Salón Rosado en septiembre de 1937.
 
 
El joven adulto concentra toda su energía en levantar un salón desolado en un sector más residencial que comercial. Se esmera en arreglar las sillas y mesas pintándolas de rosado, sirve en bandejas ovaladas porciones de comida más grandes… cocina, hornea y conversa con todos. Duerme en la cocina del salón, se levanta a las cinco de la mañana para comprar provisiones y no tarda en convertir el Salón Rosado en el lugar de moda, donde se reúnen marinos americanos y ecuatorianos e intelectuales de izquierda como Enrique Gil Gilbert, Jorge Icaza y Pedro Saad, entre otros.
 
Alfredo Czarninski parece un personaje de película, un todólogo genial que tiene olfato para los negocios y un carisma único para ganarse a la gente. Tan solo después de un año al mando del Salón arregla los papeles para que sus padres y hermanos inmigren al Ecuador logrando así que puedan escapar de la persecución nazi. Todos vivieron en un pequeño departamento frente al Parque Seminario. En 1938 Alfredo adquiere la nacionalidad ecuatoriana.
 
La llegada de los Baier
 
La segunda parte del libro está dedicada a la llegada de la familia materna de Johnny Czarninski: los Baier. Ellos también salieron de Alemania pero se salvaron de milagro después de que los nazis incendiaran su casa en la noche del 9 de noviembre de 1938. Logran llegar a Ecuador gracias a la señora Guida Baier que reúne toda la platería de su casa, va solita a Bremen y se dedica a recorrer consulados hasta que le recomiendan visitar el consulado del Ecuador. Le ofrece al cónsul la platería y lo amenaza que si no le da las visas ella saltaría por la ventana del edifico. Es así como el cónsul concede cuatro visas a don Emil Baier, Guida Baier y sus hijos menores de edad Ludwig y Fritz. Llegan al Ecuador en 1939 con visa de expertos en agricultura.
 
 
Entre los Baier no estaba Ruth, la hermana mayor, internada en un monasterio en Inglaterra donde estudiaba con la hija exiliada del general Charles de Gaulle y también conocería a la joven que se convertiría en la actual reina de Inglaterra, Isabel II. Al terminar el colegio trabajó como enfermera hasta el final de la guerra. En agosto de 1946, después de ocho años en Inglaterra, Ruth, que ya estaba comprometida para casarse, viajó a Guayaquil para reencontrarse con sus padres y hermanos.
 
Alfredo y Ruth
 
La última parte del libro recrea la relación que parecía imposible entre Ruth y Alfredo. ¿Cómo se conocieron?, ¿por qué los padres de Ruth no querían que conozca a Alfredo…? Y finalmente nos detalla el matrimonio que conformaron con sus tres hijos: Johnny, Vivian y Danny. Si quieren saber porqué el libro se llama “¡No oigo nada, no te muevas, ya voy para allá!”, o porqué Johnny no tiene un nombre latino o judío, tendrán que leer el libro hasta el final. Un final relativo porque en las últimas líneas queda muy claro que vendrán por lo menos dos libros más para finiquitar las aventuras de los Czarninsky Baier que bien podrían plasmarse en una película de la vida real.