Estado vs. ciudadanos | Vistazo

Estado vs. ciudadanos

Opinión, Alberto Acosta-Burneo

Alberto Acosta-Burneo

Estado vs. ciudadanos

Jueves, 04 de Octubre de 2018 - 15:06
El individualismo, la avaricia y las “fallas del mercado” son nuestros enemigos, según los políticos que viven una cruzada por el “bienestar social”. Ellos nos proponen la alternativa de una mayor participación de un Estado lleno de buenas intenciones, único capaz de introducir la justicia al sistema económico. En sus ojos, el Estado es lo más cercano a un dios sabio, desinteresado y magnánimo que nos llevará hacia niveles más elevados de bienestar. Lamentablemente, los resultados de estas políticas son siempre contrarios a los ofrecidos. Expliquemos porqué.
 
Todo empieza con un desconocimiento de cómo funciona el mercado. Lo que los políticos intervencionistas no pueden entender, lo llaman: “fallas de mercado”. Por ejemplo, si los consumidores solo están dispuestos a pagar por el arroz un precio que no cubre los costos de producción, los políticos no ven que los consumidores están pidiendo que utilicen los recursos escasos en otro cultivo más eficiente (con menor precio).
 
Entonces, estos políticos incurren en el discurso de la justicia. Aseguran que, el Estado debe garantizar un precio “justo” a los productores. Pero, ¿cuál es un precio justo para el productor? ¿Hay algún límite a ese precio “justo”? Es claro que ningún productor dirá que el precio no es justo si este duplica o triplica el valor actual. ¿Y los consumidores? Para un ciudadano de escasos recursos ¿es “justo” que tenga que pagar un precio más alto? Este discurso del precio “justo” es arbitrario y no está basado ni en criterios técnicos ni morales.
 
Esto no significa que la economía de mercado sea contraria a la moral o a la justicia. Una economía de mercado se desarrolla sobre normas morales que impulsan la cooperación social entre todos los ciudadanos. Es un sistema que premia a quienes trabajan en beneficio del resto y castiga a los productores ineficientes, a quienes destruyen el ambiente o no son socialmente responsables. El productor que mayores utilidades alcanza, es el que innova e invierte, el que elabora de manera más eficiente los bienes requeridos por los consumidores. Entonces, el lucro o beneficio propio es solo un camino instrumental para maximizar el bienestar de la sociedad. El poder no está en el Estado, sino en los consumidores.
 
Cuando el Estado interviene en la fijación de precios “justos” impide a los productores ver las señales que envían los consumidores, sus preferencias y la cantidad demandada. Sin la guía de las utilidades, el Estado se ve obligado a crear reglas propias para determinar qué y cuánto producir. Con este esquema toda la sociedad pierde. Las medidas restrictivas elevan los costos de producción debido a que imponen una combinación menos eficiente de insumos productivos. Al elevar los costos de producción, reducen la oferta y la cantidad de bienes disponibles para el consumo. Finalmente, esto se traduce en una menor capacidad de compra de los ciudadanos. En la práctica, esta política termina afectando a quienes los políticos aseguran cuidar.
 
El verdadero rol del Estado para alcanzar una economía próspera debe ser: asegurar las condiciones para profundizar la colaboración social y castigar las acciones que le sean contrarias. Su participación debe basarse en la defensa de la vida, la propiedad y los frutos del trabajo. Cuidémonos de los políticos que ofrecen más intervencionismo estatal en la producción y en los mercados, porque nos están quitando el poder de los ciudadanos a elegir.