Una libertad con cadenas | Vistazo

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Una libertad con cadenas

Por: Ivette Viña

Dora N. la vio desde la ventana de un bus a finales de diciembre de 2019.

Era Andrea, o lo que quedaba de ella. De su hija, la chica de curvas pronunciadas, de piel trigueña y sonrisa encantadora solo quedan recuerdos. La vio sonreír y notó que le faltaba un diente. No es lo único que le falta.

Siente que ha perdido mucho peso porque los huesos se le marcan en la piel, que ahora parece tener un tono azulado.

Al llegar a casa se derrumbó y una especie de angustia nueva la abrazó fuertemente. Se preguntaba tantas cosas. ¿Cómo perdió un diente? ¿Fui una mala madre? ¿Cuándo era pequeña la consentí mucho? ¿Qué estará comiendo? ¿Debí tenerla más tiempo encadenada a la cama?

Dora es una de esas madres que se vio obligaba a encadenar a su hija para frenar su consumo de ‘H’. Esta práctica –exagerada, dramática, poco convencional- es el último recurso de los familiares que han peregrinado por varios intentos de rehabilitación fallidos.

Pese a que no existen estudios que revelen el número de familias que utilizan este tipo de mecanismo, el programa de la municipalidad de Guayaquil, Por un futuro sin drogas, da cuenta de decenas de casos registrados mensualmente en las zonas urbano marginales del puerto principal e incluso en los cantones aledaños. " Solo en un día de brigadas que se realizó en Santa Elena se logró romper las cadenas de 25 jóvenes", recuerda la médico especialista en adicciones, Julieta Sagnay, líder del proyecto, 

La mona

Era enero del 2016 y Andrea, de 16 años, se había propuesto cambiar.

Para dejar el consumo de estupefacientes necesitaba de la ayuda de su madre. Ya no quería volver al vicio, al lugar donde estaba antes, pero su cambio traía consigo a “la mona”, término utilizado para describir el síndrome de abstinencia provocado por la droga ‘H’.

“Me pidió que la amarre a su cama con una cadena. Ella ya había intentado dejar las drogas y se encerraba en su cuarto, pero después de unos días se volvía como loca y quería tumbar la puerta a patadas. Dañaba las puertas y se iba a seguir consumiendo. Solo nos quedaba amarrarla”, recuerda esta madre soltera.

Dora cerró el candado con la esperanza de que cuando lo abriera, la adicción hubiera desaparecido.  

Los consumidores problemáticos de H y su tipo de abstinencia son un caso único, porque a diferencia de los consumidores de drogas como la cocaína, metanfetaminas o incluso la heroína pura, los síntomas combinan lo peor de todas las sustancias debido a sus mezclas letales.

Eso sumado al hecho de que no existen estudios sobre el tratamiento o rehabilitación de este tipo de droga ´made in Ecuador’.

“Los consumidores presentan un conjunto de síntomas que van desde dolores en las articulaciones, cefalea, ansiedad, insomnio, vómito, escalofríos... Condicion que no les permite ser funcionales  y el tercer día es el más duro porque quieren salir corriendo a obtener la sustancia”, señala Verónica Zambrano, psicóloga especilista en adicciones,   

La particularidad del síndrome de abstinencia con esta sustancia radica en que se presenta después de dos horas de dejar de consumir. Es uno de los psicotrópicos que genera mayor dependencia en menor cantidad de tiempo. Por ejemplo, el síndrome de abstinencia en el caso de las metanfetaminas tarda 24 horas en aparecer.

Por ende los consumidores se ven en la necesidad de inhalarla todos los días.

En el primer día de encierro de Andrea los síntomas empezaron a emerger. Vómito, dolor de cabeza, dolor en las articulaciones, insomnio, cambios de humor, diarrea, escalofríos, desmayos.

En la habitación contigua su mamá escuchaba los gritos de desesperación mientras oraba. “Le pedía que le de fuerzas y que no me la quite”.

Su calvario duró hasta el sexto día. “Se empezó a golpear la cabeza contra la pared y me dijo que si no la soltaba seguiría. Yo la solté y desde ese día no regresó a la casa”.


 

Los inicios de la H

Según la Encuesta nacional sobre uso y consumo de drogas 2016, de una muestra de 34,869 encuestados, el consumo de 'H' tiene mayor preponderancia en cantones como Santa Elena con el 6,71%, seguido por La Libertad con el 6,3%, luego Durán 5,00%, Guayaquil con 4,89% y Milagro con el 2,71. Se hace un énfasis en los indicadores de estos cantones porque el consumo anual supera la prevalencia nacional del 2.51%.

Se detectó que el microtráfico de “H” tomó fuerza hace aproximadamente ocho años, en el interior de la antigua Penitenciaría del Litoral y se expandió a los colegios aledaños como Julio Carchi Vargas, Galo Plaza Lasso, Juan Bautista Aguirre y Ecuador Amazónico, entre otros.
 
La “viveza criolla” produjo este híbrido. Los internos se dieron cuenta de que el estupefaciente se podía mezclar básicamente con cualquier sustancia y podían multiplicar sus ganancias.

De un kilo de heroína se puede producir siete kilos de H, que se vende en pequeños sobres y bordean valores que van desde los $0.25 hasta los $3.00, dependiendo de la “pureza” del producto.

Durante el 2016 y 2017, el Centro Científico de la extinta Secretaría de Drogas reveló que la droga H está compuesta por heroína, cafeína y diliatazem, un medicamento que es utilizado mayormente para la hipertensión.

Dentro del estudio fueron analizadas 15 muestras diferentes y se descubrió también que la heroína tiene la mayor concentración de este narcótico, variando desde un 40% hasta un 80% de todos los componentes.

Investigadores y traficantes concordaban en que las mezclas de la sustancia podía contener cemento, harina, raticida, analgésicos, raspado de pintura de pared, heces de animales, anestésicos para ganado y una lista enorme de compuestos altamente tóxicos.

Diego Tipán, quien en ese entonces era subsecretario de Prevención de Políticas de Drogas, mencionó que los análisis revelaron que se utilizaba esporádicamente carbonato de calcio, sustancia utilizada para la fabricación de vidrio y cemento.

También se evidenció la comercialización de dos nuevos tipos de estupefacientes llamados ‘mariachi’ y ‘capuccino’, dos tipos de psicotrópicos que nacen a partir de la combinación de marihuana, cocaína y ‘H’.
 

"¿En qué estaba pensando?"

A los 13 años Andrea empezó a consumir H. Empezó a escapar de casa un par de fines de semana al mes para prostituirse y conseguir al menos diez dólares. A los 15 empezó a usar faldas más cortas y sus escotes pronunciados, con el fin de conseguir más clientes.

“Una vecina me lo contó. Ese día creo que se me acabaron las lágrimas. Porque desde que ella nació nunca le faltó nada. Un zapato, una ropa, una mochila… En mi pobreza se lo di todo. ¿En qué estaba pensando cuando se vendió por ese maldito polvo?”, recuerda Dora, mientras llora.

Las respuestas que necesita esta madre yacen en los últimos estudios de la Universidad de Harvard para la Organización Mundial de la Salud.  

Los científicos demostraron que los procesos adictivos alteran la interacción entre las regiones medias del cerebro como el tegumento ventral y el núcleo accumbens, que están ligados con la motivación y el placer. También afecta partes de la corteza prefrontal primordiales para tomar decisiones y establecer prioridades.

“Otra de las áreas que afecta es la amígdala cerebral, que es aquella en donde yacen las alertas de amenaza, miedo y culpa. Por ello muchos de los consumidores ponen en riesgo su vida aún cuando los daños sobrepasan el placer que pueden sentir”, advirtió la neuróloga, Tania Zambrano.

Andrea nunca conoció a su padre y según las estadísticas, este factor es parte importante de su proceso adictivo. Los hogares disfuncionales representan el 90% de los casos de jóvenes adictos a la H, según datos de la dirección de Salud del Municipio de Guayaquil.

Un estudio sobre la incidencia  del consumo de estupefacientes en adolescentes de 13 a 17 años en el cantón Daule, realizado por la Universidad de Guayaquil, reveló que un 64% de los alumnos dijeron que la falta de afecto familiar puede conducir al consumo de drogas.

Después de que su madre le quitó las cadenas, Andrea nunca más regresó a casa.
 

¿Dónde inicia el consumo?

Los salones de su colegio fueron el lugar donde María Soria probó por primera vez la H, a sus 11 años. “No me hizo ningún efecto y la probé otra vez y me enganché”.

Según el Índice de concentración territorial, realizado por la Secretaría Técnica de Prevención Integral de Drogas, los establecimientos educativos del país más vulnerables al consumo de estupefacientes están ubicados en las zonas 8 y 5 (Guayas, Bolívar, Los Ríos y Santa Elena) y 9 (Quito).

Desde el 2018, la Dirección Nacional de la Policía especializada en Niños y Adolescentes (Dinapen) instaló uniformados en 20 colegios de Guayaquil. El objetivo era controlar el microtráfico de drogas, en especial de la H.

Durante tres años sus padres no se dieron cuenta de su consumo. Para su madre era una hija ejemplar que mantenía buenas calificaciones y era amable, hasta el día en el que un padre de familia le reveló otro realidad. La cambió de colegio en varias ocasiones y los resultados eran los mismos. Su necesidad de drogarse aumentaba y su rebeldía también.

Según datos arrojados por la Encuesta Nacional sobre consumo de Drogas (2016) a los 14 años, en promedio, se da el primer consumo; el cual varía según el tipo de estupefaciente. El consumo de H subió de 0,5 en 2012 a 2,51% en 2016.

Después de la muerte de su hermano, María cayó en una profunda depresión y decidió dejar las drogas. Le pidió a su mamá que la encerrara en casa. Al décimo cuarto día se desmayó, su corazón dejó de funcionar, necesitaba un marcapasos.

Datos estadísticos del INEC indican que durante el 2018 se dieron 46 muertes por trastornos mentales y del comportamiento por uso de sustancias psicoactivas, mientras que, en el 2019, 56 defunciones.


En su desesperación por evitar el consumo de sus hijos, varios padres optan por encadenarlos. 

Una oportunidad

Un dispositivo electrónico envía impulsos al débil corazón de María. Su marcapasos funciona bien y su cambio es evidente. Lleva 20 meses sin consumir ninguna sustancia ilícita y estudia Psicopedagogía.  

La joven es parte del programa ‘Por un futuro sin drogas’, del Municipio de Guayaquil. Julieta Sagnay, quien lidera este proyecto, comentó que su tratamiento marca un nuevo comienzo en la rehabilitación de personas con consumo problemático de narcóticos en el país.

“Las estadísticas mundiales dicen que solo el 1% se recupera de un proceso adictivo. Sin embargo, nuestro programa tiene índice del 35% de recuperación y en su mayoría son casos por consumo de H”, menciona la especialista, quien también recalcó que desde el 2018 tienen más de 600 pacientes que cumplieron un año de su recuperación y 2.500 que mantienen asesorías virtuales.

Su esquema de terapia consiste en una desintoxicación ambulatoria, seguida de terapias psicológicas, acompañamiento terapéutico individual y apoyo de grupos de narcóticos anónimos.

“En los chicos hay que borrar esa memoria de consumo. Porque si ellos están cerca de un estímulo que les recuerde el consumo, se activa la proteína en el cerebro que les produce el deseo automático de drogarse”.

A veces, Dora se encuentra a su hija en alguna esquina del barrio con gente peligrosa.  “Le pido que vuelva, pero ella solo me pide dinero”. Siente que nunca debió abrir esas cadenas.

 

Ivette Viña

Licenciada en Periodismo, reportera y cronista con pasión por el periodismo documental. Cubre temas sociales y es Community Manager de Revista Vistazo.