La inverosímil e innegable vida del loco Arturo | Vistazo

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La inverosímil e innegable vida del loco Arturo

Por: Diana Romero

Arturo luce malhumorado, como una de esas personas que han sido despertadas de golpe y al apuro. Habla poco, camina con desencanto y apenas responde -con cautela y frialdad- las cosas que se le preguntan. Hoy hemos quedado con él para que nos enseñe su técnica: la de cocinar droga, cómo lo hace y de qué se trata. Pero no es el mismo que entrevisté semanas atrás.

Ahora es un hombre huraño, frío y esquivo. Más tarde, uno de sus conocidos me dirá que estaba muy drogado como para mantener una conversación coherente.

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Esta parece ser la historia de un hombre de mentira. Un hombre que se cuenta la vida a sí mismo, construyendo mitos e historias a su alrededor, como las fábulas, como parte de algún cuento psicotrópico del que no será posible saber qué es cierto y qué es falso. En su vida -cuenta- hay dolor, prisión, excesos, viajes, poesía, delirio, hijos por todos lados, una falange menos y un apodo que es su significante más poderoso: le dicen “el loco”.

Arturo tiene casi sesenta años aunque no los aparenta: su torso peludo, aunque canoso, tiene los músculos definidos, por eso usa camisetas sin manga y pegadas al cuerpo con total desparpajo y orgullo. Sus tatuajes, sus cinco perforaciones en las orejas -cada una representa una estancia en la cárcel-, sus gestos faciales severos y elocuentes y su forma de hablar explosiva y atropellada mezclando inglés con español denotan una personalidad particular: este no es un hombre común y sin duda, no ha tenido una vida corriente.

Su historia cambió radicalmente cuando se fue a los Estados Unidos por primera vez a los seis años. Entonces no lo sabía, pero ese viaje abrió una puerta que nunca más se volvió a cerrar. Su mamá, que trabajaba limpiando casas y edificios, se lo llevó a ese país y al ver sus habilidades para aprender y memorizar cosas, decidió inscribirlo en una escuela para niños con altas capacidades intelectuales, de la que se aburrió pronto. Es un poco lo suyo: aburrirse de todo, cambiar, mudarse: de amigos, de vida, de país.

Al regresar a Ecuador, luego de unos años, nada fue lo mismo.

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Su casa huele a algo salobre al igual que la primera vez que estuve ahí. Es un aroma salado, parecido a la alka seltzer y al mismo tiempo dulzón, como a algún perfume empalagoso de vainilla. Es difícil de identificar de qué se trata, finalmente.

Hoy no está Benji, el perrito callejero que Arturo rescató hace pocos meses, y al que él da órdenes en inglés. Sit, hands, quiet. Y Benji obedece. Hoy solo está el hombre de rostro apático y esquivo, colocando en una especie de cucharón metálico los ingredientes que necesita para realizar su receta: una pequeña fundita de cocaína, bicarbonato envuelto en un pedazo de papel y partes de un líquido que se niega a identificar, pues dice que es su “elemento secreto”.

Con esto elaborará pasta base, crack, “triki” o “bazuco”, como le dicen en el barrio del norte de Guayaquil donde vive y en el que se ha vuelto famoso, justamente por ser un “buen cocinero”. Es una suerte de Walter White del tercer mundo, con menos espectacularidad y mucha menos cinematografía.

Aunque en la actualidad realiza este preparado únicamente para él y su consumo personal -que no es poco, ha dicho- a veces sus conocidos lo buscan para que haga “su magia” con el material que ellos le llevan. Y por supuesto, lo hace y cobra por ello. Estos ingresos forman parte de su presupuesto para subsistir.

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Irónicamente, la primera vez que Arturo probó crack no fue en Estados Unidos. Fue en Ecuador, en uno de sus tantos retornos, de manos de un amigo que le pidió que “le acolite a probar esa vaina”.

Tenía 14 años.

Pero no le gustó. Recuerda que vomitó, que se sintió fatal, pero por la insistencia y la presión social lo siguió haciendo hasta que finalmente dejó de causarle ese tipo de reacciones y se enganchó con la sustancia. Tenía 14 años y hoy tiene casi 60: son más de 45 años de consumo ininterrumpido de pasta base.

Con esta especie de virginidad perdida, volvió a los Estados Unidos y fue allá donde aprendió a cocinar crack. Cuenta que la técnica se la enseñaron unos afroamericanos a los que frecuentaba y se dio cuenta de que era un conocimiento al que le podía sacar provecho.

-He hecho millonaria a mucha gente con eso, enseñándoles a cocinar.
-¿Y por qué tú no eres millonario?
-Porque soy uno de mis mejores clientes… y a veces no me pago.

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Esta es una de las sustancias ilegales que más terreno y consumidores ha ganado principalmente en Sudamérica, según el estudio "Las representaciones sociales en la dinámica del consumo de pasta base de cocaína en jóvenes de estratos medios y medios altos en Ecuador", publicado por Paúl Vallejo en el 2015, de la carrera de Sociología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

Se caracteriza por ser el residuo de la cocaína procesada y se la comercializa usualmente a precios bajos. En Guayaquil, el precio de la dosis que se vende envuelta en un pequeño pedazo de papel cuesta un dólar o menos.

En cuanto a sus efectos, actúa en el cuerpo de una forma parecida a la cocaína. Es decir, el consumidor entra en un estado de euforia, alteración e incluso paranoia, que en este caso dura poquísimo tiempo. Al pasar unos quince minutos quien ha fumado el polvo amarillento o en algunos casos, color marrón claro, siente una especie de deprivación radical y repentina, que lo empuja a volver a consumir inmediatamente.

El consumo de pasta base se relaciona generalmente con personas de estratos socioeconómicos bajos o en situación de calle.

“Para hacer esto, para transformar la coca en base tienes que saber la cantidad de agua y de bicarbonato que puedes mezclar con ciertos ingredientes, como jugo de uva o vino”, dice cómo a quién se le escapa un secreto, pero continúa…

“Yo hacía el mejor material en Guayaquil y me quisieron matar por eso. Me dieron un tiro en la cabeza y aquí tengo la bala alojada en la nuca, nunca me la pudieron sacar porque era una operación riesgosa”, explica, mientras se toca la parte posterior del cráneo para mostrarme la bala, donde no se nota ninguna protuberancia en particular.

Esa tarde calurosa de inicios de octubre, mientras estamos en su departamento sin muebles de sala, con una cocina que apenas tiene dos hornillas eléctricas, no nos dice si es el jugo de uva, vino, whisky o algún otro ingrediente el que utilizará para mostrarnos cómo se confecciona la pasta base. Sin embargo, mezcla todo en el cucharón metálico y en el silencio que lo caracteriza ese día, lo lleva hacia la hornilla encendida, donde todo empieza a hervir, espumar y cambiar de color.

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“In the mist of loneliness
courtship placidly appears,
bringing love and happiness,
bringing disconcert and tears.
Now courtship has fallen in pages
all that is left are empty stages,
stages to act or be act upon,
stages that can’t be bought with wages,
But with what the heart has”.

Mientras abraza a Benji, recita este poema casi sin equivocarse, en un inglés bastante urbano y latinizado. Cuenta que en 1994 con este texto ganó un concurso de poesía en Boston y que fue publicado y dedicado a una mujer judía ortodoxa de la que se enamoró.

La vida de Arturo está llena de historias que parecen ficciones alucinógenas, episodios seudoheróicos en el que salva prostitutas, en las que tiene tanto dinero que alquila tres habitaciones de hotel en Los Ángeles y tiene un tipo de droga y una mujer diferente en cada cuarto, relatos en los que habla de haber estado en prisiones estadounidenses como Sing Sing o Attica en los que cuenta haber sido el líder, donde nunca tuvo problemas para manejar armas, para apuntar con ellas.

Entre Estados Unidos y Ecuador ha estado cinco veces en prisión, en su mayoría por tenencia de drogas y alguna vez, por violencia de género: en una fiesta, la que entonces era su pareja empezó a mirar a otro hombre: a fijarse en cómo bailaba, como se veía, lo que hacía. Y lo comentaba con Arturo. Su masculinidad -frágil- se sintió ofendida y al volver a casa, pues....

Aquella mujer recibió una cachetada de una mano completa. En el 2006, en medio de un amotinamiento en la Penitenciaría del Litoral, Arturo se cortó una falange del dedo meñique de su mano derecha. Que cortarse frente a los demás presos le daría más fuerza a la protesta por un artículo del Código Penal vigente en ese tiempo, dijo.

“Esa situación necesitaba sangre y yo ya tenía el dedo dañado. Me preparé toda la noche para esa hazaña. Lo hicimos con una sierrita y una piedra, de un solo tajo. Mi dedo cortado y yo salíamos en las noticias cada cinco minutos”, cuenta ahora, divertido, mostrando el dedo incompleto en el que al igual que en los demás lleva anillos plateados.

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De acuerdo a cifras de la Policía Nacional, el número de grupos delictivos organizados desarticulados en cuanto a tráfico para consumo interno es de 136 grupos en el 2018, 137 en el 2019 y 21 en el 2020.

Cuando cocina su material -y ese se manufactura para la venta- Arturo es parte de una cadena que inicia cuando el distribuidor acopia el producto y lo coloca luego en manos de la red de comercio local. Así comienza el microtráfico.

El micromercadeo local utiliza diferentes métodos para llegar a las manos de los clientes finales. Venta directa, puerta a puerta en vehículos o motos, venta a través de redes sociales, llamadas telefónicas, transporte público, cruce de manos en lugares públicos, centros comerciales, discotecas, son algunos de ellos.

Este puede ser el destino de esta mezcla, que luego de hervir un rato entre sus propias burbujas espesas, comienza a cambiar de color y a masificarse sobre sí misma.

Arturo retira el agua sobrante del cucharón y suelta un abúlico “creo que ya está”.

Coloca el preparado -una especie de pasta, con una textura similar a la del queso crema, pero más grumosa- sobre el mesón de la cocina. Ese es el resultado de la cocción de cocaína, bicarbonato de sodio y el ingrediente secreto que Arturo jamás accedió a revelar.

Con gesto impávido nos dice que ok, que listo, que ya está, que no dirá ni hará nada más, que nos vayamos.

Arturo, marcado por la droga, por su uso y abuso a lo largo de los años, deja ver algunas de las máscaras con las que viven sus consumidores y traficantes: la maniática, explosiva y narcisista que no para de hablar de sí mismo y de sus supuestas proezas y aquella que vimos ese día, una que dice “no me jodan, ya no estoy para esto”.

*La identidad del personaje principal y algunos de sus datos personales han sido cambiados por petición del entrevistado.
 

Diana Romero

Reportera, cronista, docente universitaria y locutora.
Enfocada al periodismo narrativo con énfasis en temas sociales, derechos humanos y diversidades. Master en periodismo digital (Universidad Casa Grande).