¿Es posible la reinserción social tras el consumo problemático? | Vistazo

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¿Es posible la reinserción social tras el consumo problemático?

Por: Carolina Farfán

Por: Carolina Farfán, Diana Romero e Ivette Viña.

Primero le quitaron un ojo y después se llevaron su vida. A Luis Barreto, el famoso ‘Niño Divino’ la cura a sus adicciones le llegó muy tarde.

Con apenas 14 años, Barreto comandaba una compleja organización criminal que asesinaba, robaba y expendía droga a su antojo  en la ciudadela Los Vergeles, en el norte de Guayaquil.
El adolescente se jactaba de ser el más listo entre su círculo y sus vecinos le temían. Su astucia le duró hasta enero de 2011, fecha en la que fue aprehendido por sus múltiples delitos.

A su corta edad ya era un criminal experimentado, pero no tenía la edad suficiente para ir a la cárcel y su estado de adicción era tan crítico que debía ser ingresado a un centro de rehabilitación.

El joven pensó que una clínica de adicciones sería su pasaje de ida a la libertad.

Llegó al centro de rehabilitación de adicciones “Gosen”, en Durán, y por culpa de Barreto, el caos se apoderó del lugar: intentaba afilar los cuchillos, insultaba, vociferaba y golpeaba a quien intentara ponerle límites.

Una de esas caóticas noches, en las que arrancó una ducha del baño, la directora del centro, Jenny Díaz,  llegó al lugar. Le dijo: “dame una semana para probarte que puedes  cambiar. Si no te gusta lo que te voy a enseñar llamamos a la policía y te vas”. Esos días modificaron el rumbo de su vida.

Entonces, cambió. “Ya no era el mismo chico que ingresó. Estuvo en el tratamiento durante seis meses. Regresó a su barrio e intentaba que sus amigos adictos se rehabilitaran”, menciona Díaz.

El consumidor problemático puede recuperarse, pero su entorno no cambia. Aunque el joven había sufrido una transformación, los callejones de Los Vergeles seguían repletos de pandilleros que reclamaban su regreso.

Según la psiquiatra Estrella Mera, es muy frecuente que las recaídas ocurran después de salir de un tratamiento o tras unos meses de abstinencia.

“Durante las primeras semanas el drogodependiente encarna una lucha contra los antiguos hábitos, amistades y entornos. Es una etapa crítica”, señaló Mera.  

La especialista enfatiza que este es un período complicado en el cual el consumidor  se ve obligado a integrarse en la sociedad y se vuelve más vulnerable, ya que ha salido de la especie de burbuja  que lo resguardaba.

Luis ya no quería pertenecer a ese mundo, pero sus antiguos amigos nunca se lo perdonaron.
El joven se unió con sus vecinos para luchar contra los robos de la zona. El nuevo líder de los crímenes del sector alias ‘regué’ puso un precio a la cabeza del “niño divino”.

En dos ocasiones intentaron matarlo. La primera vez recibió una golpiza, la segunda perdió un ojo en la riña.

Finalmente, la noche del 30 de abril de 2012 un auto se estacionó al frente de su casa. Una ráfaga de balas lo mató. Estaba por cumplir un año en rehabilitación. Y no volvió a las drogas, pero tampoco volvió a vivir.

Esta, lastimosamente, no es una historia de recuperación exitosa, pero hay vidas llenas de esperanza, como la de Jorge, un hombre guayaquileño que logró dejar de consumir y ahora lleva una vida plena y libre de ataduras por el consumo problemático de sustancias.

“Yo quería parar, pero a mi manera, o sea, cada vez que salía quería pegar mi vacilada. Pero, no se puede”, confiesa Jorge, un hombre, que bordea los 60 años y ahora celebra victorioso sus 16 años de estar ‘limpio’, en medio de una guerra que debe batallar a diario.

Y es que, testimonios como aquel hay cientos, miles, millones, solo cambian los nombres, los rostros, las condiciones socioeconómicas, y otras particularidades. El rival a vencer es él mismo.

En la actualidad, pese a la otra lucha que enfrenta la humanidad en contra de la pandemia de COVID-19, el informe Mundial sobre las Drogas 2020 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés) revela que el consumo global aumenta.

En el 2016, se realizó la estimación de la población de consumidores de drogas a nivel nacional, en base a la información proporcionada por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Ahí, se concluyó que existían cerca de 791.733 personas consumidoras de alcohol, tabaco u otras drogas. De esta población, según el Modelo de Atención Integral de Salud (MAIS), sólo el 5% necesitaría ser atendido en servicios residenciales, lo que implicaría 39.587 personas.

Sobre el porcentaje de los pacientes rehabilitados o dados de alta de los tratamientos que brinda el MSP, la entidad respondió que, “conjuntamente con el Programa de Cooperación entre América Latina, el Caribe y la Unión Europea en Políticas sobre Drogas (COPOLAD) trabaja actualmente en el desarrollo de estándares de calidad que den cuenta de la efectividad del tratamiento que brinda esta cartera de Estado, por lo que al momento no tenemos un indicador que dé cuenta de la rehabilitación de las personas”. En conclusión, no hay cifras.
 

En busca de una salida

El desconocimiento constituye una de las principales dificultades que enfrenta la dependencia, término que utiliza la Organización Mundial de la Salud, implica una necesidad de consumir dosis repetidas de la droga para encontrarse bien o para no sentirse mal.

Además de que no se puede definir por la cantidad de droga que se consuma, sino por cómo afecta al entorno y al individuo, quien podrá controlar su adicción mediante un apropiado tratamiento de rehabilitación. Porque la recaída está en todas partes y la desintoxicación es sólo un paso.

William Sánches, de 59 años, empezó a consumir por “curiosidad”, luego se convirtió en una forma de vida. Su recorrido por el mundo de las drogas empezó 37 años atrás. Al principio él no quiso entender y hasta se molestó cuando le dijeron que debía internarse. “Yo no creía en esto, porque no me consideraba adicto. Por último, insulté al psicólogo, le dije que estaba loco y me la saqué. Pero, con el tiempo entendí que tenía un problema”, narra.

William recuerda que fue internado seis semanas dentro de un centro de rehabilitación y que al salir se sintió “bien”. Sin embargo, no fue tan sencillo como creía. “Me fui a vivir a Venezuela un par de años, haciendo un cambio geográfico, y estando en Caracas volví a drogarme. Luego, regresé a Ecuador totalmente caído, ingresé a otro centro, y así sucesivamente. Me paré cinco años con dos días y después me fui a drogar nuevamente. Al otro día me iba a internar un mes”.

Han pasado 16 años y en ese mismo periodo se ha dedicado a prepararse para servir a otros, dice William, quien ahora se desenvuelve como ‘operador vivencial’ en diferentes centros de rehabilitación.

Las calamidades que pasó debido al consumo de drogas, como por ejemplo que estuvo preso acá, en Venezuela y Brasil, ahora son parte de su experiencia para ayudar “a un adicto que está empezando a drogarse o alguien que ya esté deteriorado”. Según él afirma, se desenvuelve bien en el área de NA (Narcóticos Anónimos) y AA (Alcohólicos Anónimos).

 

Operadores vivenciales

Mientras unos luchan por recuperarse de la adicción a las drogas, hay otros que ya lo lograron, y no solo eso, además se enfocan en ayudar a “evolucionar” a quienes están experimentado lo mismo.

De acuerdo con el testimonio de Víctor Cali, en su trabajo como operador vivencial, hay tres cosas que a ellos los motivan: ayudar a las personas, sobrevivir económicamente, y mantenerse en su proceso de recuperación, “porque si yo estoy en esto, estoy recordando de dónde salí, porque me puedo descuidar y desviar rápidamente. Esto es una enfermedad y así tenga los años que tenga, uno se puede venir abajo. Esa es la parte que ignora la sociedad”.

A Víctor lo llevaron en contra de su voluntad a un centro de rehabilitación, tenía 32 años cuando lo “capturaron” cerca de un colegio particular al norte de Guayaquil, donde impartía clases como profesor de educación física y entrenador de fútbol.

Reconoce que ya no se sentía bien y que consumía de todo, alcohol, marihuana, coca, base y ‘popper’. Agrega que, a pesar de que la forma en que fue trasladado no fue la idónea, a él le sirvió.

“Hay profesionales que dicen que uno debe tener el deseo, que uno debe de decidir para recuperarse, pero si yo le voy a preguntar a unos jóvenes que están fumando si quieren ir a cambiar, si quieren recuperarse, me van a decir que no, así de simple. Desafortunadamente como no tenemos una política de estado en prevención, cómo puedo hacer conciencia en jóvenes que están drogándose”.

En el 2004, Víctor fue unos los veinte aprobados como operador vivencial, de un primer grupo en Guayas, gracias a una red conformada entre el desaparecido Consejo Nacional de Control de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas (CONSEP) y los Ministerios de Salud e Inclusión Económica y Social (MIES), que, en ese entonces, calificaba a las personas que habían superado su problema con las drogas y por casi un año les brindaba cursos, simposios, seminarios, talleres, pruebas psicosomáticas, test psicológicos, y en la fase final debían pasar una entrevista, como si fuese “una tesis”.

Actualmente, tiene 26 años trabajando en ese campo y lamenta que esa preparación que él vivió ya no está vigente. Mientras tanto, realiza los trámites para establecer una asociación de operadores vivenciales, lucha para que se les brinde preparación académica y anhela que una universidad se atreva a hacer una licenciatura en lo que es tratamiento y rehabilitación, para así tener un título académico que los respalde.

En la Unidad de Conductas Adictivas (UCA), del Instituto de Neurociencias de Guayaquil, dentro del modelo integral que realizan y que es dirigido a las personas con un trastorno por consumo de sustancias, se cuenta con el apoyo de operadores vivenciales, debido a la incidencia que tiene el componente experiencial en la salud del consumidor. Eso se llama “reconectar”, indica José Valdevila, especialista en psiquiatría, docente universitario y jefe de UCA.

Sobre la función que cumplen, Valdevila detalla que en el caso de estas personas que han superado la adicción, “tienes una forma física, real, práctica de demostrar al que está intentando dejarla, que es alcanzable la meta”.

Además, tienen una experiencia propia que se parece en el 90% a la de los pacientes, porque es una historia que se repite con ciertos patrones.

“En esa identificación de su conflicto, la persona siente apoyo, y de alguna manera ese apoyo lo alivia. Descubren cómo otros fueron capaces de abandonar la droga”.

Víctor sabe que la lucha contra las drogas es a diario. “Por dentro mío hay una cosita que me dice ‘unita’ no más, y eso no se va a ir, pero dentro de lo que hemos logrado, no lo vamos a perder por una sola copa o por un pucho de sustancias”, concluye Víctor.
 

Los últimos pasos

Abordaban una parte de su historia, que tal vez podía resultarles vergonzosa, dolorosa o con mucha carga emocional; se identificaban entre ellas, mediante el relato de algunos fragmentos de su vida.

Son pacientes, que al principio llegaron con mucha ambivalencia y que encontraban difícil abandonar el consumo de drogas, porque es la forma en cómo empezaron a enfrentar la vida, evadiendo casi todos los problemas. Ahora, estaban participando en una psicoterapia grupal.

Tras superar un proceso de desintoxicación y de manejo del síndrome de abstinencia, es necesario trabajar el tema de las adicciones desde el enfoque psicológico, dentro de la etapa de deshabituación y de reinserción sociofamiliar.

Así lo explica Diana Murillo, psicóloga clínica de UCA, mientras describe que estas personas llegan con baja tolerancia a la frustración, sin lograr manejar adecuadamente sus emociones, muy poco comunicativos, considerando que las adicciones te van desvinculando cada vez más del entorno y que las drogas van ocupando el centro de las actividades que realizan.
 
“Llegan con deseos de dejar de consumir, pero al mismo tiempo con mucha ansiedad por volver a consumir”, señala.

La psicoterapia trabaja la parte cognitiva y su función es que estas ideas, emociones y conductas que se vieron afectadas sean “reestructuradas, repensadas, replanteadas” para empezar a adquirir nuevos hábitos, tales como normas de convivencia y el cumplimiento de reglas en general.

Parte del proceso es brindarles un espacio que les de seguridad y confianza para que puedan empezar a hablar acerca de lo que les ocurrió y de los factores que los llevaron a consumir.

Murillo resalta que, la mayoría de los pacientes tiene hogares disfuncionales, por lo que, al reinsertarse en ese mismo espacio podrían reencontrarse con algunos de los factores que propiciaron el consumo.

En la psicoterapia familiar se identifica a quienes pueden ser un elemento que aporte al tratamiento del paciente. “Son muchos los factores de riesgo y de protección, pero en ambos el más importante siempre va a ser la familia”, afirma.

Al final del proceso, los pacientes salen con un ‘proyecto de vida’, que son las metas que se fijan a corto y mediano plazo en el área familiar o laboral. Por ejemplo, hay pacientes que han llegado a estudiar medicina, y que se mantienen limpios, no solamente no están consumiendo, sino que están cumpliendo sueños y metas, enfatiza la especialista.

La reinserción no es un tema sencillo como parece, debido a que el Estado y la sociedad no estarían brindando garantías.

Miguel, como lo llamaremos, tenía una adicción, entonces entró al centro, a cuidado de hospitalización y luego a un proceso ambulatorio. Entonces, cuando fue dado de alta, tuvo que regresar después de unos seis meses a realizarse chequeos, pero, llegó enojado al consultorio de la psicóloga a cargo de su tratamiento.

- ¿Por qué estás molesto si estás limpio?

- Mira, cuando yo estaba en las drogas era un ser completo, pero desde que tú me limpiaste yo estoy sufriendo. Tengo que preocuparme de trabajar y no hay trabajo, tengo hijos que mantener y no tengo cómo responder, hay que pagar un arriendo y no sé cómo hacerlo.

La socióloga Natalia Sierra dice que la reinserción es el proceso por el cual una persona que ha sido marginada de la sociedad, fuera de las instituciones sociales como trabajo, familia y educación, puede reintegrarse; lo que implica que ese individuo vuelve a aceptar esas reglas del juego social: desde saludar, bañarse, hasta trabajar.

“El asunto es que hay que entender que casi ninguna persona quiere salir de la sociedad, salvo excepciones, porque es como condenarse a una especie de muerte simbólica y luego física. Entonces nadie elige eso”.

En casos como el de Miguel, la especialista explica que, al estar bajo el consumo conflictivo, aparentemente no se sufre porque “es una fuga de la realidad”, no se observan los códigos sociales y debido a eso muchos, incluso, se ‘callejizan’. Pero cuando están limpios, comienzan a desplazarse el momento de placer.

Puntualiza que, para lograr un proceso sano de reinserción, no basta decir “ya está limpio”, porque si no se modifican las condiciones sociales, para que esa persona sea acogida y no vuelva a ser expulsada, puede caer nuevamente en la adicción.

A nivel individual se necesita una institución básica de entrada como la familia, sino tendrían que ser grupos de amigos o un trabajo, como parte de las tramas afectivas. Además, una vivienda, trabajo, educación y responsabilidades.

“No es solo un problema de la persona, sino de la sociedad. Si una persona que reingresa no tiene un trabajo, ¿cómo se le pide que reingrese? Luego, tenemos el tejido afectivo, si no existe, tampoco va a ser fácil que esa persona retome las relaciones sociales”, manifiesta Sierra, al señalar que, la sociedad ecuatoriana por su problema de precariedad económica no tiene las condiciones para poder hacer procesos sanos de reinserción.

 

Carolina Farfán

Licenciada en Periodismo Internacional (UEES), cubre temas judiciales y de política en Vistazo.com desde hace hace tres años.