El error histórico | Vistazo

El error histórico

Lunes, 24 de Agosto de 2020 - 11:58
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Por Carlos Rojas Araujo 
 
Desde febrero de 1997 se alimentó el relato de que la destitución de Abdalá Bucaram fue un error histórico porque las instituciones perdieron todo su valor democrático. El trámite ‘constitucional’ para arrancarlo del poder fue tan atropellado como su desastroso mandato y Ecuador se acostumbró a botar presidentes con la astucia de políticos de pocos escrúpulos, la funcionalidad de los movimientos sociales y el consentimiento de amplias corrientes de la opinión pública. La legalidad nunca fue asunto de peso.
 
Veinte y tres años después, los cuestionamientos al exmandatario y su familia vuelven a ser noticia, mientras el sistema judicial -mitad en serio, mitad en show- investiga sus presuntos nexos delincuenciales para valerse del Estado a través de contratos, sobreprecios y jueces comprados.
 
Los negocios de los Bucaram, la procacidad y el desparpajo con el que se victimizan Abdalá y sus hijos, nos remontan a ese gobierno tormentoso de pocos meses. Y el argumento de su caída como un error histórico se desvanece al señalar que el dirigente roldosista era insostenible y que la democracia se desvalorizó con su llegada a Carondelet.
 
Descontrol, nepotismo, irrespeto, ineficiencia… La justicia y la política impidieron que las acusaciones de corrupción contra Bucaram tuvieran una sentencia que lo condene o lo reivindique. El país se resignó a que prescribieran los casos y la discusión sobre su gobierno se redujo a la idea de que unas élites hipócritas, escandalizadas por las formas de un líder popular, lo confinaron en Panamá.
 
Bucaram volvió en 2017 pactando de nuevo con el correísmo para hundir, tres años después, la reputación de Lenín Moreno. Si los viajes a Panamá de Eduardo Mangas y José Serrano, en febrero y mayo de 2017, tenían como único objetivo desactivar el ‘bullying’ de Dalo Bucaram contra Jorge Glas y su tío Ricardo Rivera, por el caso Odebrecht, ¿por qué Moreno permitió que luego de la ruptura con su segundo mandatario, Bucaram siguiera husmeando en el poder? ¿Invitarlo a Carondelet, en octubre de 2018, fue solo una cortesía con el expresidente para quien trabajó como director administrativo en el Ministerio de Gobierno? Esa ligereza abona hoy la demoledora tesis de que para que existan repartos es necesario un repartidor.
 
Moreno nunca reflexionó en que más allá de su catarata de insolencias, los Bucaram no representan nada en este país (una legisladora y ninguna alcaldía propia) y que su obligación ética como estadista era mantenerlos en esa condición. Su profundo error histórico hizo que el correísmo, gran beneficiario de los pactos roldosistas -para la constituyente de 2007 o para bajar las tensiones con Glas- capitalizara el escándalo que consume su popularidad. Servirán de muy poco los esfuerzos de la ministra de Gobierno, María Paula Romo, o de la fiscal Diana Salazar, porque el histriónico exmandatario responda ante la justicia bajo operativos estridentes y poco efectivos en materia procesal; hay un muerto de por medio.
 
Los Bucaram, el correísmo, Moreno y aliados esconden una historia que explica cómo la crisis que hoy vive el país es consecuencia de las guerras internas por el poder, que han retaceado esta endeble Presidencia.