El efecto placebo | Vistazo

El efecto placebo

Jueves, 19 de Octubre de 2017 - 16:17
Facebook
Twitter
Email
Muy pocos presidentes en el Ecuador, como Lenín Moreno, han hecho del consenso su mejor armadura. En estos cinco meses, el éxito político de su gobierno se mide por el respaldo multisectorial recibido, casi sin beneficio de inventario.
 
Bastó con que los estrategas del Mandatario le pusieran la camiseta del anticorreísmo y gestionaran su distanciamiento con Jorge Glas, para atraer a esa mitad de votantes que el 2 de abril optó por la alternativa que planteaban Guillermo Lasso y las banderas de oposición.
 
Se pueden contar con los dedos aquellos episodios efímeros en los que el país se ha podido unificar en su historia reciente. La guerra del Cenepa, por ejemplo; el apoyo que recibió el Congreso de 1997, liderado por Fabián Alarcón, para impulsar la transición post-Abdalá Bucaram o la firma de los acuerdos de Brasilia, que se aceptó más con resignación y responsabilidad que con alegría…
 
En los años 90, la gobernabilidad se convirtió en el fin supremo de cualquier presidente. Ahora parece ser solo el medio con el que Moreno puede impulsar cambios políticos a su medida, sin mayores exigencias. Las fuerzas políticas, las organizaciones sociales, las élites y buena parte de la opinión pública han comprometido su respaldo a esta transición postautoritaria, a pesar de que muchas de las reformas políticas y económicas no representan un verdadero cambio estructural.
 
Sí, la reelección indefinida es la reforma más urgente en el país, pero el compromiso de Moreno era también desterrar la corrupción. ¿Por qué, entonces, no tomó en cuenta las enmiendas que quitan poder a la Contraloría y convierten a la comunicación en servicio público, manteniendo efectiva la mordaza a la prensa? ¿No era esta la oportunidad de mandar a sus casas, por la fuerza del voto popular, a las cabezas de los organismos de control, todas cercanas al expresidente?
 
En el debate sobre la reforma institucional también era importante hablar de la administración de Justicia. Pero esta discusión se diluyó tras el voto de confianza del mandatario a Gustavo Jalkh. Las evasivas de Moreno y sus promesas de buena fe todavía causan un efecto placebo potente en la sociedad, sin que los problemas de fondo se estén debatiendo.
 
Uno de ellos es la economía. El Gobierno lanzó sus medidas la semana anterior, confirmando que la concepción estatista de Correa no ha variado en esencia. La recaudación tributaria sigue siendo la principal prioridad, por encima del dinamismo productivo, la expansión de la empresa privada y las necesarias desregulaciones.
 
Seguramente, la sociedad espera que en la consulta popular se zanje de una vez por todas la disputa en Alianza PAIS para saber con qué respaldos de su propia tienda política cuenta Moreno. Y para que empiece la depuración dentro del Gobierno. Si Moreno se divorcia de Correa, lo lógico es que se vayan de su gabinete las figuras más recalcitrantes de la década ganada.
 
Los consensos alrededor de Moreno durarán muy poco si no tienen condumio. Ecuador es un país volátil y las desilusiones siempre juegan una mala pasada.