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Menos matrimonios, más divorcios

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Menos matrimonios, más divorcios

Pilar Ortiz de Pérez | [email protected] Jueves, 14 de Noviembre de 2019 - 18:39
Nada de compromisos a largo plazo. El aquí y el ahora son dos factores que las nuevas generaciones priorizan mucho más que las anteriores.
 
Una percepción del futuro como una realidad que deben ir trabajando ellos mismos más que como una sentencia dictada por terceros. La idea de trabajar en una misma empresa toda la vida les parece impensable y lo que sucede en el campo laboral también se refleja  en los datos demográficos.
 
El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos viene registrando desde hace 20 años una tendencia a la baja en el número de matrimonios civiles y un alza en el número de divorcios en el país. 
 
En 1997, se registraron 66.967 matrimonio civiles en el país, mientras en 2017, fueron 60.353. Por otra parte, hoy es más frecuente tomar la decisión de terminar un matrimonio. En 1997 se realizaron 8.557 divorcios en el Ecuador, en el 2017, en cambio, fueron 28.771, (las cifras se refieren únicamente a los civiles, no a los eclesiásticos).
 
 
Estuardo, universitario de 21 años, explica que el matrimonio para él es una posibilidad lejana. “No veo al matrimonio como un factor que me impulse o me ayude a hacer realidad los planes que tengo para mi vida, más bien todo lo contrario, creo que los retrasaría o impediría que los realice. Con planes me refiero a terminar mi carrera, hacer una maestría, comprar una propiedad, creo que ya teniendo ese soporte podría enfrentar un matrimonio”. 
 
Sabe que antes la idea era “juntos lo hacemos”, pero dice que hoy en día es mejor que cada uno lleve sus realizaciones individuales al matrimonio. “Ahora es al revés, primero te realizas y después te casas. Creo que hay un cierto ego en nuestra generación de poder decir “esto lo logré solo”, por eso el matrimonio viene después de los “éxitos”. 
 
Natalia, de 26, no entiende porqué las personas mayores se sorprenden cuando dice que no piensa casarse. “Hay tanto que hacer y que conocer por uno mismo que no entiendo como algunas personas se cierran a esa posibilidad sólo para casarse”. Tiene una lista detallada de los lugares a los que va a viajar en los próximos años y aclara que lo hará sola.
 
Estuardo y Natalia no son una excepción. Para Carlos Tutivén, licenciado en psicología y profesor de sociología de la comunicación de la Universidad Casa Grande, indica que son el reflejo de lo que sucede en las clases de media a alta en nuestro país, en Latinoamérica y de lo que se vivió previamente en Europa.
 
“Desde los años noventa y principios del siglo XXI se han ido activando una serie de normativas postmodernas en las que prima el proyecto y la realización personal sobre el sacrificio y la renuncia de lo personal para sostener un proyecto común, como es crear una familia”.
 
Señala que el mandato cultura imperante es: disfruta tu vida, viaja, saca tu proyecto personal adelante. Y que si a esto se suma que las nuevas generaciones están menos capacitadas para tolerar el sufrimiento y la frustración que sus progenitores y antepasados, aparecen los rasgos hedonistas, facilistas, inmediatistas y yoistas. (yo sobre todo).
 
“Los padres y las madres que se casaron hace 30, 40 o 50 años tenían una formación humanista –religiosa o laica- que los llevaba a formar un carácter lo suficientemente estoico para aguantar la crisis emocional y el trauma que significa convivir con otro. Hoy, esa capacidad de luchar por mantener el vínculo es muy precaria. Conozco jóvenes que a la segunda o tercer pelea han decidido divorciarse". 
 
Yo soy la nueva ley
 
El catedrático sostiene que esta nueva forma de ver el mundo es parte del proceso histórico de la hipersecularización, en el que se van abandonando valores tradicionales inspirados en la religión y se van adquiriendo otros nuevos.
 
En la medida en que se va dejando de creer que hay un ser superior, rector, normativo y castigador, empiezan los cuestionamientos sobre qué leyes se están violando al actuar de una u otra manera y la respuesta que surge es: ninguna.
 
“Ahora, más bien, es: “yo soy la nueva ley”, que le da goce a mi individualidad y a mi liberalidad. Pero esto tiene los síntomas y consecuencias que estamos viendo a edades cada vez más tempranas: soledad, depresión, angustias, miedos, ataques de pánico, anorexia, bulimia, toxicomanía.
 
Son síntomas recurrentes y extendidos en todo el mundo, que son placebos fallidos del nihilismo (negación de toda creencia o principio moral, religioso, político o social) que viven existencialmente”. 
 
Seguir estudiando
 
El desarrollo profesional de la mujer en las dos últimas décadas también hay influido en que la decisión del matrimonio no se considere o se postergue, comenta Lorena Cuadrado, psicóloga clínica y directora del departamento de orientación de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo.
 
“Basta ver el nivel de incursión femenino en las carreras universitarias y de posgrados. Las aspiraciones académicas y de un desarrollo profesional progresivo hacen que el matrimonio y la maternidad pasen a un segundo plano frente a los objetivos individuales planteados por las jóvenes”, aclara que no considera que estas generaciones menores a los 30 años vean al matrimonio como algo negativo, sino como una posibilidad real pero en el largo plazo.
 
“Ya no es una opción que se considere al salir del colegio como ocurría décadas atrás”. 
 
Menciona que cada vez más, las mujeres deciden optar no sólo por maestrías sino también por doctorados, lo cual implica ser estudiantes por casi 10 años después de graduarse del colegio.
 
Un doctorado podría obtenerse alrededor de los 30 años de edad, comenta que muchas chicas  empiezan a pensar en la maternidad a partir de esa edad y que confían en que cualquier complicación que pueda presentarse puede ser atendida por los avances de la ciencia para facilitar y apoyar sus embarazos. 
 
En otros casos, como el de Mónica, de 28 años, ya existe una decisión tomada de no ser madre. Le llama la atención lo difícil que resulta para algunos entender que una mujer pueda tomar la decisión de no ser madre, lo comprobó cuando fue a contratar un seguro de salud privado.
 
Le dijeron que su mensualidad era más alta que la del amigo que le había recomendado esa empresa, porque con ella podrían tener que incurrir en costos de maternidad, “les ofrecí firmar un compromiso de que no iba a quedar embarazada pero no aceptaron. Es increíble cómo otros asumen las elecciones que uno debe hacer”. 
 
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