El incesto determinó rasgos faciales de la monarquía española | Vistazo

El incesto determinó rasgos faciales de la monarquía española

Redacción Jueves, 02 de Enero de 2020 - 17:33
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El último rey de los Austrias, de la rama española de los Habsburgo, Carlos II, nació enfermizo. Llegó al trono a los cuatro años, con raquitismo, epilepsia y aún lactaba del pecho de su madre. 
 
“El rey es más bien bajo que alto, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austrias. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared. De vez en cuando da señales de inteligencia, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente. Carece de voluntad propia”. Así describió el secretario del nuncio apostólico al joven monarca cuando tenía 25 años.
 
Más allá del prognatismo mandibular, Carlos II tenía la nariz muy caída, los ojos muy caídos, los pómulos muy caídos. Tenía una deficiencia del maxilar en toda la cara, dice el investigador y genetista Francisco Ceballo, uno de los 14 científicos que acaban de encontrar una relación directa entre esta deformidad facial típica de los Austrias y la endogamia que practicaron durante casi dos siglos.
 
Los padres de Carlos II, Felipe IV y Mariana de Austria, “eran tío y sobrina, pero con la consanguinidad acumulada a lo largo de las generaciones era como si fuesen hermanos, como un incesto”, explica Ceballos, de la Universidad de Witwatersrand, en Johanesburgo (Sudáfrica).
 
Carlos II, recuerda el genetista, fue la culminación de la diplomacia de los Austrias. Su estrategia para dominar buena parte de Europa eran los matrimonios entre miembros emparentados de distintas familias reinantes, con sexo entre primos o incluso entre tíos y sobrinas, según reseña diario El País. 
 
Un equipo de 10 cirujanos maxilofaciales ha diagnosticado ahora el grado de deformidad facial de los Austrias gracias a 66 retratos de los monarcas, desde Felipe I (1478-1506) hasta Carlos II (1661-1700).
 
Los investigadores han calculado el nivel de prognatismo mandibular y de deficiencia maxilar y han confirmado por primera vez lo que ya se sospechaba: “una asociación entre la deformidad facial y la endogamia”. A mayor parentesco entre los padres, mayor desfiguración.
 
El estudio fue publicado el pasado lunes 30 de diciembre del 2019 en la revista especializada Annals of Human Biology.
 
Ceballos y el genetista Gonzalo Álvarez, de la Universidad de Santiago de Compostela, llevan más de una década analizando a los Austrias.
 
En 2009, señalaron dos desórdenes genéticos, la deficiencia combinada de hormonas hipofisiarias y la acidosis tubular renal distal, como principales culpables de la pésima salud de Carlos II, incluyendo su infertilidad, que supuso la extinción de la dinastía.