'Long Covid': Qué es y lo que descubrieron en un pueblo de la costa de Ecuador | Vistazo

'Long Covid': Qué es y lo que descubrieron en un pueblo de la costa de Ecuador

Pilar Ortiz de Pérez | plortiz@vistazo.com Lunes, 05 de Abril de 2021 - 17:17
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Un revelador estudio realizado en Ecuador confirmó la sospechas: algunos pacientes con síntomas leves de COVID-19 presentan deterioro cognitivo varios meses después de la enfermedad.
 
Varias investigaciones alrededor del mundo abordan el tema del deterioro cognitivo (mental) que afecta a pacientes posCOVID-19. A partir del mes de agosto de 2020, médicos de diversos países del mundo alertaron sobre indicios de que el virus podría quedarse en el cerebro y causar secuelas.
 
Andrew E. Budson, por ejemplo, en octubre del año pasado, publicó un artículo en Harvard Health Publishing, en el que mencionaba que se empezaban a notar consecuencias neurológicas en los pacientes que habían tenido COVID-19, que les causaban trastornos cognitivos, de comportamiento y psicológicos.
 
En diciembre de 2020, Iona Pickett, investigadora del Centro Cambridge Cognition, manifestaba que, aunque los efectos cognitivos pos-COVID-19 todavía no se entendían bien, existían registros de que algunos pacientes recuperados de la infección presentaban lo que se conoce como Long COVID, (afectación sostenida por la enfermedad). Estos individuos mostraban afectación cognitiva, que se presentaba especialmente como un déficit de las funciones ejecutoras y procesos visuoespaciales, de la comunicación y de la capacidad de mantener la atención.
 
Pero en un estudio sin precedentes realizado en una población ecuatoriana, se confirmó la presencia de estas alteraciones en pruebas realizadas a los mismos pacientes antes y después de infectarse con el virus. El médico neurólogo Óscar Del Brutto, líder del estudio “Deterioro cognitivo entre individuos con historia de síntomas leves por infección con SARS-CoV-2”, publicada en el European Journal of Neurology, explica que en Atahualpa, provincia de Santa Elena, hay un grupo de aproximadamente 900 personas a las que desde el año 2013, se les ha realizado un monitoreo periódico para conocer sus factores de riesgo de desarrollar enfermedades neurológicas y cardiovasculares principalmente, como parte del Proyecto Atahualpa de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo, UEES.
 
Estos datos recolectados se convirtieron en una invaluable fuente para el conocimiento de los efectos de la enfermedad, al tener la información neurológica de las personas antes de infectarse con el SARS-CoV-2 y después. De esa forma se pudo comparar el deterioro en cada paciente.
 
No solo los graves 
 
“En Atahualpa, la mortalidad llegó al 21,6 por cada 1.000 personas por COVID-19 y a un porcentaje de infección de alrededor del 50 por ciento de la población. Son cifras extremadamente altas y causadas por el hacinamiento, el uso compartido de letrinas y el desconocimiento de la forma de transmisión del virus al inicio”, explica el investigador.
 
Agrega que se realizaron pruebas de COVID-19 a todos los participantes del proyecto. De los infectados, como sucede en la población general, unos murieron, otros quedaron con complicaciones respiratorias, otros con afectaciones cardíacas y otro grupo presentó síntomas leves. Estos últimos son los que participaron en el estudio publicado.
 
Lo más impactante es que se registró que estas afectaciones neurológicas no están en relación directa con la gravedad de los síntomas iniciales. De hecho, en la muestra del estudio de deterioro cognitivo se excluyó a los pacientes que mostraron síntomas graves al inicio de la enfermedad, porque el objetivo era saber si aún con síntomas leves, el cerebro del paciente se podía afectar. 
 
Si se hubiera incluido pacientes con síntomas iniciales graves se podría aducir que el cerebro se afectó de entrada, por eso los pacientes del estudio fueron seleccionados específicamente porque no requirieron hospitalización ni oxígeno y mostraban un electroencefalograma y una resonancia normal, aclara el doctor Del Brutto. 
 
Seis meses después del inicio de la pandemia, el equipo médico se dedicó a analizar los resultados y tres meses después logró confirmar que un porcentaje de estos pacientes que habían mostrado síntomas leves presentaban deterioro cognitivo y trastornos de sueño. El deterioro cognitivo era casi 18 veces mayor que en las personas que no habían contraído el virus. 
 
La evaluación neurológica previa y posterior a la infección de los pacientes se hizo a través de la Prueba Cognitiva de Montreal que ha sido ampliamente validada a nivel internacional. Esta prueba incluye 30 preguntas en varios aspectos de las funciones mentales superiores: juicio, cálculo, abstracción, memoria y función visuo-ejecutiva (unir letras con números con ciertas secuencias y algunos dibujos específicos). 
 
Llama la atención cómo los adultos a quienes se les pedía dibujar un cubo en tres dimensiones, algo que habían realizado sin problema antes del COVID-19, lo enfrentaban como un desafío que no podían superar. Solo lograban trazar un cuadrado o algunas líneas rectas. Lo mismo ocurría ante la solicitud de dibujar un reloj marcando 10 para las 10 horas. 
 
Los resultados del estudio mostraron que el mayor deterioro involucraba al lóbulo frontal en la función visuo-ejecutiva, que es la que permite interpretar lo que se ve y responder a un estímulo visual desde el punto de vista motor.
 
Trastornos del sueño
 
Por otra parte, desde antes de la pandemia se analizaba periódicamente la calidad del sueño de los participantes del Proyecto Atahualpa con la Escala de Pittsburg, herramienta que valora distintos aspectos relacionados al dormir: cuántas veces se despierta, si necesita tomar pastillas, la hora en que se duerme y en la que se despierta, cuánto se tarda en quedar dormido, entre otros. 
 
Antes de la pandemia, el 29 por ciento de la población tenía una pobre calidad de sueño, que es normal ya que se estima que el 30 por ciento de los individuos duermen mal. Pero en el examen que se realizaron después del inicio de la pandemia, el 49 por ciento dormía mal, independientemente de si había tenido COVID o no. Y, al analizar únicamente a las personas que tuvieron la enfermedad, el resultado fue del 56 por ciento en quienes se infectaron contra un 40 por ciento en los que no la tuvieron.
 
“Estos resultados implican que no solo se trataba de tener un año más de edad entre las dos pruebas, ni de haber estado en un ambiente estresante por el confinamiento, ni de la tensión por la pérdida de trabajo, que son factores que afectan el sueño a cualquiera, si no que quienes habían estado infectados, tenían más trastornos del sueño”. Agrega que esta es otra ventaja que ofrece el Proyecto Atahualpa, que no solo recoge datos de personas enfermas sino también de población sana para comparar.
 
Esta investigación fue publicada en la revista Sleep, órgano de difusión de la American Sleep Society, situada como la mejor en el estudio del sueño. “Estamos postulando que así como el deterioro cognitivo se debe a daño neuronal, la pérdida de calidad del sueño se debe a daño de las fibras dentro del sistema nervioso que regulan los núcleos del sueño”, señala.
 
¿Por cuánto se queda? 
 
El punto clave en los hallazgos, tanto del deterioro cognitivo como de los trastornos del sueño, es el mismo: el virus entra al cerebro, donde se queda y afecta a la persona algunos meses después.
 
¿Qué puede hacer quien está teniendo estas secuelas? La recomendación es visitar a un neurólogo para que le realice una valoración y tomar medidas como realizar ejercicios cognitivos en un caso y apoyo para conciliar el sueño en el otro, hasta saber si los efectos del virus son permanentes o no. 
 
En octubre de este año, el equipo del Proyecto Atahualpa volverá a realizar las pruebas en los pacientes que han mostrado estas secuelas para conocer si el daño ha sido permanente o no. 
 
La implicación de los resultados con los que se cuenta hasta ahora es que el COVID-19 es más grave de lo que se pensaba. “Hay mucha gente que piensa que porque ya tuvo la enfermedad, no va a tener problemas. Aparentemente no es así. Muchos jóvenes minimizan el riesgo de la infección creyendo que es como una gripe cuando en realidad pueden quedar con las secuelas que hemos mencionado. No sabemos cómo será la historia a largo plazo”, concluye el doctor Óscar Del Brutto.
 

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