La política de las mujeres | Vistazo

La política de las mujeres

Viernes, 29 de Marzo de 2019 - 13:04
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Nadie puede negar que la política ecuatoriana tiene hoy un rostro de mujer más definido que hace 10 o 20 años. Sin embargo, pocas cosas han cambiado cuando de ejercer y administrar el poder se trata.
 
Meses atrás, una mujer se desplomó de la cumbre del Gobierno por replicar las prácticas censurables de esta política forjada por los hombres desde hace décadas. Otras tres legisladoras corrieron una suerte similar.
 
Si la presencia de más mujeres en los asuntos públicos del Ecuador se multiplica en cada elección o con la bocanada de aire fresco que suelen traer las etapas de ruptura y transición, ¿por qué la política no cambia en su esencia? Quizás se cifraron demasiadas esperanzas en la interpretación bucólica que se ha hecho del papel de la mujer para dignificar esta actividad, toda vez que los partidos, los caudillos y sus promesas o la ineficiente respuesta de las instituciones para ponderar el poder, fiscalizarlo y ejercer justicia han fallado.
 
La política, en su definición más escueta, significa administrar intereses y frente a esa realidad los hombres y las mujeres se comportan de la misma manera.
 
Un caso es el de Diana Atamaint, presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), quien desde la cómoda ostentación de su cargo, optó por una reprochable abstención, cuando el momento que vive esta transición requiere de funcionarios con liderazgo y conceptos claros. Si ella consideraba que equiparar las fracciones de los votos válidos con los votos nulos, en el escrutinio de los integrantes del Consejo de Participación Ciudadana, era un despropósito matemático –cosa que no lo pensó en un principio-, bastaba con decirlo y votar junto a los consejeros de Nebot y Correa en el Pleno del CNE. Su definición era necesaria y orientadora, pues el limbo jurídico es el mejor de los mundos para un político, pero nefasto para una democracia ávida de certezas.
 
Si de algo se enorgullecen las mujeres ecuatorianas es de la frontalidad y determinación de sus actos. Y Atamaint, desde que asumió el control del CNE como la primera presidenta indígena, ha destacado más por administrar intereses, que aún no están claros, que por consolidar el sistema electoral.
 
La historia de otra de las mujeres poderosas, por lo menos hasta mayo, se escribe con una prosa diferente. Elizabeth Cabezas demostró que para conducir una Asamblea se debe recurrir a los instrumentos que usaron Fabián Alarcón, Heinz Moeller, Wilfrido Lucero o el ‘corcho’ Cordero para negociar y presionar a las bancadas, siempre escurridizas cuando de votar lo trascendental se trata.
 
¿Dónde está el oprobio de Cabezas? ¿En pedir a la ministra María Paula Romo que arrincone al PSC? ¿En usar un vocabulario no digno de una dama? o ¿en buscar a través de una jugada de ajedrez que a su Presidente y coideario no lo interpelen en la Asamblea?
 
El problema de la política ecuatoriana no es de colores o estereotipos. Por eso, todos los planes refundacionales derivan en sonados fracasos. El problema es de conducta y respeto institucional. Y si eso no cambia, mujeres y hombres replicarán los vicios de siempre. La transparencia surge de la madurez de los políticos y no del burdo espionaje del que han terminado siendo presas.