La hora de irse

jueves, 21 noviembre 2019 - 02:54
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    Uno de los polemistas  más brillantes de la  política nacional, el  expresidente Carlos  Julio Arosemena Monroy, sostuvo que “Para el político no existe la retirada”. Su saeta apunta al  mayor problema en la historia de  América Latina, para los políticos  no existe el día de decir adiós… y  mientras más alta es su investidura, más difícil se vuelve partir.  Es muy triste que Evo Morales,  el primer presidente indígena de  América Latina, que llegó al poder  de manera democrática y que hizo  un gobierno con resultados interesantes, haya debido salir por la  puerta trasera de la historia. Empañó su legado por su incapacidad  para comprender que era tiempo  de irse. Evo Morales debió aceptar  en 2016, el resultado del referendo  político en que los bolivianos dijeron no a la reelección indefinida  y le negaron un cuarto mandato.  Su relevo pudo ser por las buenas.  Ocurrió por las malas.
     
    El mal que contaminó a Evo  Morales, ha afectado a varios líderes de su tendencia el socialismo  del siglo XXI: Lula no sintió que  fueron suficientes dos periodos  presidenciales; tampoco lo hizo  Cristina Fernández, y qué decir  de Nicolás Maduro y Daniel Ortega. No obstante, la enfermedad también contagió a exmandatarios de tendencias políticas  diametralmente opuestas, como  es el caso de Álvaro Uribe en Colombia, quien también buscó ser  eterno, pero fue detenido por la  Corte Suprema. Sin embargo, por  su influencia asfixiante en los gobiernos subsiguientes terminó  gastando su capital político, incluso el del actual presidente Iván  Duque, quien fue apabullado en  las recientes elecciones de autoridades seccionales.
     
    Probablemente una de las causas más importantes para el deterioro de los partidos políticos en la  región es el deseo de los políticos  de seguir en este campo, que en el  caso de exmandatarios se convierte en una influencia desmedida:  los Lula, los Ortega, los Correa, los  Fujimori, los Fernández, los Castro, los Piñera, los Bachelet, los Lagos, los Uribe continúan como una  sombra omnipresente. Ese deseo  enfermizo de no irse o de seguir  influyendo ha impedido renovar  liderazgos, encontrar nuevas maneras de enfrentar los problemas  económicos y sociales, en otras  palabras: avanzar. Y las sociedades  en la región tienen un hartazgo  con esta manera de hacer política.  Las movilizaciones recientes son  un reflejo de esto.
     
    América Latina debe hacer de la  no reelección una norma para que  quienes alcanzaron la mayor dignidad del país busquen realizarse  de otra manera, como lo hacen  mandatarios de sociedades avanzadas donde una vez que termina  el periodo, este termina y se dedican a escribir sus memorias, dictar  conferencias y dejar el espacio a  nuevos rostros y nuevas ideas. 

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