Robar la esperanza

viernes, 19 junio 2015 - 03:47
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    “En esta vida solo hay dos certezas: la muerte y los impuestos” (Benjamín Franklin). Siendo una realidad inevitable, los impuestos se aceptan y pagan cuando no se consideran confiscatorios.

    “Que nos roben todo menos la esperanza” es una de las frases predilectas del presidente Rafael Correa. Sus dos propuestas para el aumento desmedido al impuesto a las herencias y a la plusvalía, hicieron precisamente eso: robar la esperanza. Quienes principalmente se sintieron así fueron los ciudadanos comunes, a quienes se les empañó el sueño de aspirar a prosperar y dejar un legado a sus hijos, pues de aprobarse los proyectos, el Estado participaría desmedidamente en el reparto del fruto de su esfuerzo.

    Ambos aumentos fueron justificados como un elemento para lograr la equidad social. No obstante, la argumentación fue endeble. Se comparó la alta tasa de impuesto a la herencia con la que se aplica en países desarrollados, ignorando que en estos países los ingresos son mucho mayores que los del Ecuador. En Estados Unidos, por ejemplo, el impuesto puede llegar hasta el 40 por ciento, pero los ciudadanos de ese país tienen siete veces más ingreso per cápita que los ecuatorianos. Además hay importantes exenciones: los primeros cinco millones de dólares tienen tasa 0, mientras en el proyecto ecuatoriano era apenas 34 mil dólares. También resultó que en Ecuador fuimos más papistas que el Papa. La tesis de aumentar los impuestos a las herencias como mecanismo de equidad social es una convicción del presidente Correa, pues la propuso en 2007 y entonces fue negada por la Asamblea Constituyente, pero se reactivó con el libro del economista de moda, el francés Thomas Picketty. Picketty centra su análisis principalmente en países desarrollados y habla de 50 por ciento de impuesto máximo, aplicado previo a varias consideraciones (Manuel González). En Ecuador, en cambio, en el proyecto, hoy temporalmente suspendido, dicha tasa podía llegar hasta el 77 por ciento, y después de las protestas la Asamblea la redujo a 47 por ciento.

    En tanto, el impuesto a la plusvalía se calcularía en base a una fórmula, cuyo tope era el 75 por ciento de lo que se considere ganancia extraordinaria. El argumento en este caso fue que la gran obra realizada por el gobierno o gobiernos seccionales no debe dar origen a ganancias extraordinarias. Al igual que en el caso de las herencias, se sostuvo que este impuesto estaba dirigido a aquellos que han especulado gracias a las obras. Sin embargo, afectaría a la gente de pie, pues siempre han sido pocos los que tienen conocimiento de antemano sobre una gran obra y los recursos para comprar un terreno con ese propósito. Además, este es un impuesto sobre otro impuesto, pues los bienes pagan anualmente un impuesto predial en el cual ya se contemplan las obras hechas. Por último, este impuesto –coincidieron los especialistas– afectaría a la construcción, el sector que genera más empleo en el país y que ha sido el motor de la expansión nacional en los últimos años.

    “En esta vida solo hay dos certezas: la muerte y los impuestos” (Benjamín Franklin). Siendo una realidad inevitable los impuestos se aceptan y pagan cuando no se consideran confiscatorios. Cuando lo son tienen el efecto contrario a lo que se proponen. Por lo tanto es saludable que el Presidente haya retirado los proyectos, ojalá definitivamente.

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