Un café con papá

miércoles, 12 mayo 2021 - 11:47
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Viví 4 años de mi adolescencia en Dakar, Senegal. Cuando llegué era tímido, miedoso y no era buen alumno. Éramos una familia de clase humilde y de repente llegamos a vivir a una mansión con piscina, empleados y privilegios. Mi padre, que había sido visitador médico, había integrado un laboratorio farmacéutico norteamericano que lo necesitaba para introducir sus productos en África. Muy trabajador y con una labia fuera de serie, mi padre vivió un ascenso profesional impresionante y lo acompañamos en su nueva vida.
 
Habíamos llegado los cinco: mis padres, mis dos hermanas y yo, el mayor. Una familia relativamente grande para ser francesa y de pocos recursos. En Francia habíamos cambiado más de 10 veces de casa por la inestabilidad laboral de mis padres. Para mí siempre había sido una tragedia dejar mi cuarto y llegar a mitad de año en un colegio con grupos ya formados.
 
Llegar a Dakar significaba un salto grande. Otra cultura, otro color de piel y el sentimiento de ser un invitado de lujo sin merecerlo totalmente. Pero sucedió lo inesperado. Me sentí bien, me encantaba la gente y en el colegio la forma de enseñar cuadraba con mi manera de ser. En pocos meses me convertí por primera vez en un buen alumno, tenía muchos amigos. En el bus que nos llevaba al colegio yo era el Dj, con mis cassettes ochenteros, iba a la playa, sentía que la gente me buscaba, se interesaba en mí. Ya no era invisible.
 
"Llegar a Dakar significaba un salto grande. Otra cultura, otro color de piel y el sentimiento de ser un invitado de lujo sin merecerlo totalmente". Sébastien Mélières
 
Una mañana mientras me alistaba para ir al colegio escuché un silencio inusual en la casa. Toqué la puerta del cuarto de mis papás y nadie contestó. Abrí la puerta y vi a mi padre acostado de espalda. Me acerqué, no lloraba, pero su rostro sufría. Solo me soltó: tu mami se fue… No comprendí. Me di la vuelta y vi un closet vacío. Lo que no sabía es que se había ido para no regresar.
 
Nunca había presenciado una pelea o un disgusto entre mis padres, pero de repente a mis 13 años tenía que lidiar con una separación tan violenta como incomprensible. Mi madre nos había abandonado, mi hermana pequeña recién caminaba, mi padre trabajaba todo el día. Nunca tocamos el tema como familia. Los primeros meses fueron difíciles, mi padre sufrió una depresión severa y nosotros los tres hijos nos convertimos en un pequeño ejército de buen humor para que mi papi estuviera bien.
 
En pocos días cambié radicalmente. Dejé de verme el ombligo y empecé a querer que todos estuvieran bien. Fue una dinámica que todos asumimos, lo hacíamos para mi padre. Cada mañana mi papi bajaba a la sala para tomar su café, un expreso cargado sin azúcar. Como música de fondo estaban Francis Cabrel o Grace Jones. No hablaba, yo tampoco. Un día decidí tomar el mismo expreso. Lo sentí muy amargo.
 
En los días que siguieron me esperaba para tomarlo. Nunca hablábamos, era nuestro momento. Han pasado 35 años y lo sigo recordando. Hoy en día sigo tomando mi expreso, solo, y ya no lo siento tan amargo. No me gusta que me hablen, pues es mi momento con él. Al fin y al cabo… estamos hechos de momentos.
 

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