¿Un país dividido?

lunes, 22 febrero 2021 - 01:19
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Visto desde arriba, la Costa ecuatoriana tiene intereses diversos en relación con la Sierra y la Amazonia. Recorriendo provincia por provincia se entiende mejor el porqué la fidelidad es variable. Hubo una tendencia que ganó el primer lugar, pero a la vez una mayoría que estaría pensando lo contrario.
 
En Manabí, Los Ríos, Esmeraldas,  Santa Elena y Guayas, provincias  de la Costa, el candidato Andrés  Arauz, heredero de Rafael Correa, obtuvo unos porcentajes superiores a 40 puntos, techo mínimo para ganar en primera  vuelta. Pero en Tungurahua, Napo, Bolívar y Pastaza ni siquiera alcanzó el 15 por  ciento. Y en Azuay y Pichincha apenas superó el 20 por ciento. Es decir que en Sierra y Amazonia, el panorama fue diferente. ¿Estamos ante dos países?  “En un colectivo heterogéneo donde  las dos terceras partes viven del día a día…  la ideología no forma parte de sus prioridades y, obviamente, les es indiferente este requerimiento sociopolítico”, opinó el  profesor manabita Lenín Moreira Moreira. Y en eso casi concuerda con el politólogo Joseph Alois Schumpeter, profesor de la  Universidad de Harvard desde 1932 hasta  su muerte en 1950. Este pensador de origen austríaco explicaba que las decisiones  políticas de los ciudadanos en la democracia moderna van de la mano de su vida diaria: “Comprende las cosas que conciernen  directamente a él, a su familia, a sus negocios, a sus aficiones, a sus amigos y enemigos, a su municipio o barrio, a su clase, iglesia, sindicato o cualquier otro grupo social  del que sea un miembro activo, esto es, las  cosas que están bajo su observación personal, las cosas que le  son familiares”.
 
La mancha verde
Al observar el mapa electoral 2021 queda clara la influencia del voto correísta en  la Costa. En las siete provincias del Litoral, el candidato  Arauz logra una votación superior al 35 por ciento. En la  Sierra gana en Imbabura, pero allí hubo un voto más disperso por lo que el primer lugar se definió con menos del  30 por ciento.
 
La mancha verde fue  más intensa en Manabí. Y  aunque las expectativas antes de los comicios eran que  se superaría el 60 por ciento, el resultado final fue del  52 por ciento. Vale recordar  que, en 2006, Manabí no era  bastión correísta. En esa segunda vuelta, los manabitas simpatizaron  mayoritariamente con Álvaro Noboa y en  primera vuelta le habían dado un apoyo  importante a Gilmar Gutiérrez, hermano  del expresidente Lucio Gutiérrez.
 
¿Por qué Lucio era entonces popular  en Manabí? Porque durante su gobierno, Manta ya cosechaba algunas de las ventajas que  trajo la instalación de un  “Puesto de Avanzada” de  los Estados Unidos en su  aeropuerto, ya se hablaba  de la concesión del puerto de Manta a una de las  mayores operadoras portuarias del mundo e, incluso ya se ilusionaban  con que una nueva refinería estaría en Jaramijó, suelo manabita.
 
Portoviejo en cambio, no había quedado  muy satisfecho cuando  a Rafael Correa como ministro de Economía de Alfredo Palacio, le tocó visitar  la capital manabita para aplacar un paro  que buscaba más recursos. Era tan tensa la situación que la reunión con las autoridades locales debió darse dentro del  Fuerte Militar Manabí.
 
Quizás esa experiencia fue la que lo  motivó para haber convertido a Manabí  en su provincia mimada. La convocatoria  a una Asamblea Constituyente con sede  en Montecristi enamoró a los manabitas  de la Revolución Ciudadana. A eso le siguió  la resurrección histórica de Eloy Alfaro, un  exmandatario a quien meses antes el país  lo había reconocido como el mejor ecuatoriano de todos los tiempos, galardón que  hinchó de orgullo a esa provincia. Para redondear el flirteo, Rafael Correa se reivindicó como descendiente directo del “Viejo  Luchador” e hizo obras importantes.
 
El exministro correísta, Héctor Villagrán, hoy profesor en una universidad en  China, atribuye la simpatía de los manabitas con la Revolución Ciudadana a la memoria histórica que tiene la población y  que la comparan con la Revolución Liberal por la que sus antepasados lucharon  en batallas reales donde muchos ofrendaron su vida. Recuerda además que Alfaro,  al igual que Correa, dejó en el poder a un  presidente que lo traicionó.
 
A Manabí, le siguieron en preferencia,  sus vecinas provincias Los Ríos y Esmeraldas. En la primera, la vinculación correísta fue más cercana a Quevedo que a Babahoyo. Allí se construyeron varias obras  largamente esperadas por los fluminenses. Entre ellas, el anillo vial de Quevedo,  el hospital del IESS y el estratégico puente  Velasco Ibarra. En Esmeraldas, atribuyen  a un circuito vial que mejoró el ingreso y  salida de la capital provincial y al aumento del circulante que se dio en esa provincia impulsado por la megalómana rehabilitación de la refinería.
 
En Guayas y El Oro, los antiguos imbatibles líderes socialcristianos, Jamie  Nebot y Carlos Falquez, respectivamente,  ya se alejaron del servicio público. Además, son provincias en donde ya desde  años anteriores se veía la aparente contradicción de que el electorado votaba 6 para  alcalde y 35 para presidente.
 
Para los analistas este comportamiento aparentemente errático de la población  tiene un significado claro: populismo. El  fenómeno ha sido científicamente estudiado y ha provocado reconocidas publicaciones como “La conquista del voto en el Ecuador” donde Amparo Menéndez Carrión explica el comportamiento desde  Velasco Ibarra hasta Jaime Roldós. Viéndolo con ojos recientes, el columnista Lolo  Echeverría, opina que “el populismo cuenta con un electorado duro que no obedece a argumentos, se entrega con fe ciega  a su líder. Tampoco al caudillo le interesan ideologías, reclama adhesión emocional y valora la lealtad por encima de todo”.
 
La ola Pachakutik
“La base electoral de Correa ha cambiado  fuertemente”, lo advirtió desde 2017 el  profesor investigador de la Universidad  Andina, Carlos Larrea Maldonado. 
 
Para Larrea, existen “configuraciones  subregionales inestables en el tiempo, pero bien definidas. Hay nuevas subregiones de fidelidad variable. El voto mantiene una racionalidad social, condicionada  por varios factores”. Pero sobre todo, él  cree que “El voto indígena tiene identidad  fuerte y consistente en el tiempo”.
 
En 2006, la primera vez en que Correa  apareció en una papeleta, lo hizo de la mano de lo que llamó “Alianza PAÍS”, que estaba integrado por casi todas las organizaciones políticas de izquierda. Dentro de  ellas, destacaba el movimiento indígena,  relevante en Sierra y Amazonia.
 
Y fueron precisamente esas dos regiones las que aportaron al triunfo, en noviembre de 2006, en segunda vuelta, sobre Álvaro Noboa. Pero esa luna de miel  duró poco y muchos dirigentes indígenas  fueron maltratados física y verbalmente y  hasta encarcelados durante la década pasada. Hasta la sede en Quito, les quitaron.
 
En 2021, el movimiento indígena resurge con fuerza, fortalecido por las protestas de octubre de 2019 y de la mano  de su brazo político, Pachakutik, alcanza el primer lugar en el 70 por ciento de  las provincias de la Sierra y en el 100 por  ciento de la Amazonia. Y aunque en la  Costa no les fue tan bien, ellos destacan  que en provincias como El Oro, por primera vez en la historia lograron conseguir un escaño al Parlamento.
 
El ansiado 40 por  ciento fue superado por  el candidato Yaku Pérez  Guartambel en las provincias de Bolívar, Cañar,  Cotopaxi, Azuay, Chimborazo, Napo y Morona Santiago. La respetable votación deja un poco sin piso  a los temores de fraccionamiento que existían,  impulsados por el ala  más  radical de la Conaie. 
 
Un país anticorreísta
De los 16 candidatos, más de la mitad eran  nacidos en Quito o percibidos como quiteños. Esto influyó para que, en la Capital, el  voto haya sido más disperso, sin una clara  mayoría para ninguno. De los cuatro más  visibles, tres tuvieron porcentajes entre 20  y 25 por ciento. Paradójicamente, de esos  cuatro, solo uno es quiteño, Andrés Arauz  pero apenas alcanzó el bronce. En Quito  triunfó Guillermo Lasso, ratificando las  buenas cifras que en elecciones anteriores  también tuvo en esa ciudad.
 
Lo que Lasso y varios sectores han resaltado es que una abrumadora mayoría,  casi sin distingo de región, habría manifestado, con su voto, una condena al anterior gobierno. Las voces en ese sentido,  provienen de diversos ámbitos geográficos. En Machala, el diario El Correo editorializó: “Cerca del 70 por ciento de los  ecuatorianos no quiere vivir el hambre,  la necesidad, la falta de empleo que hoy  atraviesan los hermanos venezolanos.  Por eso, con decisión y altivez, le dijeron  al unísono al correísmo ¡No!”.
 
Y desde Cuenca, Juan Castanier, columnista de diario El Mercurio de esa ciudad, da una aproximación del porqué la  sombra de Rafael Correa sigue en el imaginario popular: “La explicación no es difícil. Por un lado, el correísmo detentó el  poder durante 10 años y en ese tiempo,  valiéndose de un aparato propagandístico  nunca visto en el país, de mentiras repetidas mil veces, de un clientelismo rampante, lograron ‘galvanizar’ a buena parte del  electorado, volcándolo a su  favor. Los bonos por doquier y el aumento de 150  mil cargos públicos son solo una muestra de cómo se  ferió el gasto corriente”.  La reacción del país del  7 de febrero está dada. “Pocas veces en nuestra historia se ha presentado un escenario como el actual. Este  nos abre una oportunidad  para reconocernos como  una nación diversa, en términos geográficos, generacionales y políticos”, escribió Hernán Pérez Loose.

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