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Ecuador, octubre 22 de 2014
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“¡Tráeme a la de negro!, quiero hablar con ella”

Por: Janina Suárez Pinzón

- ¡Amárralos!, dice el hombre del revólver, aquel de tono amenazante y de actitud avezada.

- Pero, ¡no tengo con qué!, responde su colega jovenzuelo.

Me pide titubeando que me quite un collar de hilo, luego ordena a mi cuñado Agustín que se saque la camiseta, y la va rompiendo en pedazos para improvisar nuestras amarras. Solo obtuvo cuatro retazos, uno de nosotros no podría ser atado.

Estoy sentada entre mi hermana y mi madre, no entiendo las razones por las que somos rehenes, qué hubiera pasado si el auto tenía vigilancia satelital, por qué no insistieron en el reclamo de las claves de las tarjetas de crédito, era suficiente el botín (celulares, alhajas, cartones de muestras médicas del laboratorio para el que trabaja mi cuñado) o intentarían pedir rescate, dejarían ir a mis sobrinas, qué señal debían aguardar para marcharse, acaso volverían los otros dos hombres de la banda.

Levanto la mirada, Agustín ha empalidecido mientras afianza en sus brazos a la pequeña Lucía, mi otra sobrina –Patricia- tiene lágrimas resbalando en sus mejillas, no asimilo el terror en la mirada de mi hermana Ofelia; mi madre entra en pánico, quiere desvanecerse, es su presión arterial.

Estamos cubiertos de fango, descalzos, la vegetación es espesa, muchos mosquitos, algunos caracoles, arañas y gusanos. Nos piden silencio cada vez que se escucha que se acerca el sonido de un motor. El jovenzuelo quiere saber de dónde somos, si es que íbamos acompañados, cuántos celulares poseíamos, de qué año es el auto. Nos advierten que no les veamos sus caras, y amenazan que ni pensemos en realizar una denuncia... Finalmente nos dejan, han dicho que les demos un margen de tiempo antes de salir de allí. Escuchamos sus voces alejándose, quizá la misma camioneta blanca doble cabina que nos embistió pasó por ellos. Patricia nos desata, nos incorporamos, el peso de nuestro cuerpo va hundiéndonos en cada paso, salimos a la carretera, sabemos que atrás está el poblado de Río Caña, decidimos avanzar en sentido opuesto, después de un tramo divisamos un bus, levantamos nuestras manos, no parecía que el automotor redujera la velocidad, cuando decidió parar, dijeron ¿qué les pasó? Fuimos embarcando, nos interrogaban personas desde todas las direcciones: ¿cuántos eran?, ¿qué se les llevaron?, ¿a qué hora pasó?, ¿dónde viven? Se trata de un transporte fletado, los varones de las familias viajantes estaban tan ebrios como una cuba. Una mujer sentada cerca a nosotros cedió su blackberry para que Ofelia alerte a mi sobrino Nicolás de no recibir llamadas desde nuestros celulares, y además le pide que busque urgentemente a una vecina para que nos pase a buscar en el peaje de la vía Manta-Portoviejo, donde nos dejaría este bus. El bus excede el límite de velocidad, los varones van coreando una canción romántica, están de pie junto al asiento del chofer, a la par que reparten vasitos con aguardiente (Caña Manabita).

… Al auto de la vecina lo escolta el de su hermano. Nuevamente el interrogatorio, las lágrimas vuelven incomprensible lo que balbuceamos. Solidarios con nuestro dolor nos cuentan que también pasaron por una experiencia de secuestro exprés, el año anterior en Guayaquil, los tuvieron paseando por la zona bancaria y recibieron 3 cachazos en la cabeza porque no recordaban la clave de una de las tarjetas. Nos repartimos entre los dos vehículos, estamos dirigiéndonos a la Comisaría de Portoviejo, el recorrido llevó 15 minutos, ingresamos a la delegación para hacer la denuncia, uno de los oficiales levanta su radio y da parte de la placa del Chevrolet robado, Agustín relata que nos desviamos de la vía Cayo-Manta para acortar camino, da especificaciones del lugar y hora del asalto: Bajos de Montecristi, alrededor de las 16h30. Alcanzo a escuchar que otro oficial comenta que no corresponde a su jurisdicción, sin embargo eso no impide que mi cuñado ahonde en los detalles. Él menciona que una camioneta blanca nos abordó, al frenar a raya nos chispeó lodo en el parabrisas, acto seguido, se bajaron cuatro tipos apuntándonos con sus armas y exclamando ¡Asalto!, cada uno de ellos se dirigió a nuestras respectivas puertas para forzarnos a salir para embarcarnos a la camioneta. Mi suegra –continúa Agustín- fue la última en subirse porque se resistía a dejar sola a mi esposa ante la intención evidente del cabecilla de querer llevársela junto al Chevrolet. Cosa que por milagro no ocurrió. Vimos que uno se llevó velozmente nuestro auto, mientras el cabecilla ponía en marcha su camioneta, preguntó sí contábamos con rastreo satelital, respondí negativamente, él condujo unos 300 metros hasta que se detuvo y nos bajaron, dos de los tipos nos encaminaron por el guardarraya, tuvimos que ir abriendo camino entre las matas, perdimos nuestros calzados en la primera pisada, al hundirnos en el barro; escuchamos que el cabecilla gritó: “¡Tráeme a la de negro!, quiero hablar con ella”, refiriéndose a mi esposa. Los dos secuaces no accedieron al pedido, seguimos atravesando el matorral, y el cabecilla se marchó…

Agustín y Ofelia deciden quedarse para terminar la gestión policial, nosotras seríamos trasladadas a casa por la vecina.

…Ha llovido, vamos dejando huellas en el portal, llevo en mis manos los retazos de la camiseta y unas gafas enlodadas. Mi madre muy intranquila busca un teléfono, está relatando lo sucedido, creo que el interlocutor es mi padre. Tomo distancia desde las escaleras, entro a la ducha esperando que la fuerza del agua remueva el lodo seco de mi cuerpo, cierro los ojos y nos veo sentados vigilados por los dos pillos, no hay otra imagen en mi cabeza.

…Estamos juntos en la sala, mi madre siente una contractura en su cuello y se queja por el dolor en sus piernas al igual que mi hermana. Patricia está sentada junto a su amiga Narcisa, quien acudió inmediatamente a su llamado, sus lágrimas no han cesado. Agustín agradece porque estamos a salvo. Sonrío al notar que las hijas de la vecina han puesto  una corona de princesa en la cabeza de Lucía, ella habla sobre monstruos mientras  juega con algunas muñecas.

Este domingo 4 de marzo se va extinguiendo pero ninguno de nosotros tiene deseos de dormir...

 
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Pais COMENTARIOS
Nombre
Felicia Samaniego-Viteri
   2012-05-01
Lamentable este suceso, aunque "tuvieron suerte". Los que vivimos fuera de nuestro querido pais hace que pensemos 5 veces viajar para alla. Ecuador, es un pueblo grande con caciques armados,
 
Nombre
luis
   2012-03-21
Que pena
uno no espea que personas cercanas
nos relaten en detalle
la tarvecia de horror en la que muchos de los viajantes
tienes que sufrir
po estas vias de nuestro país
ahora recuerdo con nostalgia
que muchas veces escuché
que el ecuador era una isla de paz
lamentablemente lo era
hoy nos estamos acercando
a ser un país de horror
no me queda mas que decearles mucha suerte
a todo aquél que tome la desición de lanzarce a la aventura por las vias de este país en revolución.
 

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