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Opinión, Alfredo Pinoargote

Alfredo Pinoargote

Trípode

Jueves, 05 de Octubre de 2017 - 11:33
Los candidatos presidenciales ganadores se proclaman presidente de todos los ciudadanos, no solo de los que votaron por él. Está escrito en la Constitución pero es letra muerta, en la práctica terminan como presidente de su partido, su familia, amigos y allegados. Especialmente si arrasan en las urnas y llegan a sustituir a un viejo régimen, decrépito, endeudado, corrupto, y desprestigiado, aunque haya trazado un recorrido inaugural aromatizado de cambios.
 
Lenín Moreno alcanzó el poder por una cabeza, según sus adversarios con un fraude que nunca probaron, y con una mesa servida de culebras venenosas por su delirante antecesor que había mandado a redactar un manual de tres tomos para entornillarlo a una crisis económica, moral e institucional amamantada por una década de abusos.
 
Para desentornillarse del patíbulo Lenín Moreno recurre al resorte que puede convertirlo en presidente de todos, la Consulta Popular. Prestamista de última instancia que el modelo de dictadura plebiscitaria había abandonado para inclinarse ante la iluminación lunática de un caudillo. Por eso se da la paradoja histórica que con el apoyo unánime de la oposición convoca a un plebiscito para volver al espíritu original del proyecto político de la Revolución Ciudadana.
 
Lo cual finalmente comprendieron en Alianza PAIS a la que devolvió la capacidad de deliberar que habían cedido al gran timonel de la década robada a la democracia, malbaratando la estabilidad que la partidocracia tuvo secuestrada. La única forma de volver a ese espíritu, que marcó un hito de unidad nacional, es derogando el paquetazo de enmiendas que lo tiene de rehén.
 
Cuatro pruebas tiene que pasar Lenín Moreno para erigirse en presidente de todos los ecuatorianos y sanear a la Revolución Ciudadana, exorcizando los malos espíritus que encerraron en una vasija al de Montecristi. La condena de Jorge Glas y su destitución, volver a la reelección por una sola vez aprobada en referéndum, ciudadanizar al Quinto Poder de transparencia y control, y recuperar la economía para el sector privado, que de 10 empleos genera nueve, para apuntalar al Estado que perdió la lotería petrolera.
 
El nuevo estilo del diálogo, inicialmente impugnado por el extremismo correísta, se legitima con la Consulta Popular devolviendo a la ciudadanía derechos confiscados por el caudillismo. Para probar que el caudillismo se archiva proclama la independencia de las funciones del Estado, que puede derivar en un lavamanos si no enmienda la Constitución y si los dictados vociferantes de la tarima sabatina son solo
sustituidos por susurros telefónicos.
 
En el caso Glas dentro de sus funciones tomó la única que le competía, retirarlo del gobierno, que coloca al Fiscal y a la Corte Nacional en el desfiladero de actuar frente a las delaciones comprobadas de Odebrecht, así como actuaron con el Contralor reelegido indefinidamente. Y a la mesa servida de culebras la limpia con un proyecto de ley de urgencia económica.