Hipertensión, silenciosa y mortal | Vistazo

Hipertensión, silenciosa y mortal

Salud

Hipertensión, silenciosa y mortal

Pilar Ortiz / [email protected] Sábado, 27 de Junio de 2015 - 14:49

De acuerdo a la ley de las probabilidades este tema lo involucra a usted o alguno de sus familiares: la hipertensión afecta al 30 por ciento de los ecuatorianos y es la segunda causa de muerte de la población.

Las cifras de sus niveles de presión arterial deberían interesarle tanto como las de su cuenta bancaria, o más. Según un informe publicado en la revista Lancet, Ecuador se encuentra entre los países con alta prevalencia de presión arterial elevada, se estima que afecta a más del 30 por ciento de población. Tan grave como los problemas que genera hipertensión es la dificultad de detectarla a tiempo, porque no presenta síntomas hasta que es demasiado tarde. Por eso, continuando con la metáfora bancaria, usted debería chequear sus cifras de presión arterial tantas veces como su saldo, o más.

Existe una gran variedad de dispositivos para medir la presión arterial en el mercado. El resultado se registra a través de dos cifras. La primera es la más alta, la sistólica, se capta cuando el corazón se contrae. La segunda es la más baja, la diastólica, que plasma lo que ocurre cuando el corazón se relaja. La Organización Mundial de la Salud señala que la presión arterial normal sistólica en adultos es de 120 mm Hg y de 80 mm Hg, la diastólica. Si las cifras superan los 140 y los 90 se considera que el paciente tiene la presión alta, es hipertenso. Para entender qué implica este término y su gravedad es necesario entender que la presión arterial es la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de los vasos (arterias) al ser bombeada por el corazón para llevar esa sangre a todo el organismo. Mientras más alta es la presión, más esfuerzo tiene que realizar el corazón para bombear.

¿Por qué es tan peligrosa? La gravedad de la hipertensión radica en que con el tiempo, silenciosamente, va causando daño a ciertos órganos como el corazón, el cerebro y los riñones. De hecho, aumenta considerablemente las posibilidades de desarrollar infarto al miocardio, infartos cerebrales, derrames y problemas renales. A partir de estudios realizados globalmente se ha llegado a estimar que de 100 individuos hipertensos, 50 no saben que lo son porque nunca se midieron la presión arterial y lo descubren cuando tienen un infarto. De la mitad que sí ha recibido un diagnóstico, el 50 por ciento decide no tratarse. La mitad que empieza un tratamiento no lo hace correctamente, ya sea porque se automedica o porque no toma las dosis en las frecuencias señaladas. Por eso se llega a la conclusión de que aproximadamente solo el 12,5 por ciento de los pacientes hipertensos están diagnosticados, tratados y en control del problema.

CÓMO TRATARLA

Entre los antihipertensivos más empleados se encuentran los diuréticos que ayudan a que los vasos sanguíneos bajen su contenido de líquido y la presión arterial disminuya; los betabloqueadores, que hacen que el corazón palpite más lentamente y con menor frecuencia; los bloqueadores de los canales de calcio, que relajan los vasos sanguíneos al impedir que el calcio entre a las células; los vasodilatadores, que relajan los músculos de las paredes de los vasos sanguíneos; y los inhibidores del sistema renina angiotensina aldosterona, que se dividen en los inhibidores de la enzima conversora (sus nombres terminan en “pril”) y los bloqueadores de receptores de angiotensina (cuyos nombres terminan en “sartan”).

La mayoría de medicamentos destinados a controlar la presión arterial actúan por dos mecanismos: Dilatan las arterias y hacen que el corazón deje de bombear con demasiada intensidad y con demasiada frecuencia. El cardiólogo mexicano Enrique Morales señala que la elección del fármaco idóneo para cada paciente requiere identificar si tiene otras condiciones adicionales. “Casi el 70 por ciento de los pacientes con hipertensión arterial presenta lo que se conoce como Síndrome Metabólico, que es una suma de ciertos elementos que lo ponen en riesgo de desarrollar enfermedad cardiaca, como son el sobrepeso y los trastornos en el metabolismo de la glucosa y de las grasas, además de la hipertensión. Estos pacientes se benefician mucho con el grupo de los medicamentos llamados inhibidores del sistema renina-angiotensina (como son los inhibidores de la enzima conversora y los bloqueadores del receptor AT1) que, además de controlar la presión arterial, reducen la aparición de nuevos casos de diabetes y son metabólicamente protectores”, pero señala que otro elemento importante para la selección del fármaco preciso es el grupo racial del paciente, porque varios estudios han demostrado que a los afrodescendientes, a diferencia de los mestizos, los inhibidores de la enzima conversora y los bloqueadores del receptor de angiotensina no les hacen efecto. En este grupo, los bloqueadores de calcio o los diuréticos deben ser el fármaco de entrada para su tratamiento, señala el especialista.

Otro punto a considerar en la selección de medicamento es el nivel de hipertensión que tiene el paciente: Qué tan alta tiene la presión o qué tan lejos está de la meta del tratamiento. Por ejemplo si la meta es de 140 para la presión sistólica y el paciente la tiene en 170, la meta está muy lejos, “necesariamente habrá que empezar con dos medicamentos al mismo tiempo, porque uno solo no puede reducir más de 20 mm de presión. Por eso es importante que los tratamientos sean dictados por un médico que tenga experiencia, conocimientos de vanguardia y que vea a sus pacientes de manera individual”.

Actualmente existe la combinación fija, que significa que una pastilla contiene dos fármacos, facilitando la adherencia del paciente al tratamiento y, por ende, su eficacia.

DE POR VIDA

Una de las primeras consultas que surgen en los pacientes a los que el médico les prescribe un medicamento antihipertensivo es: ¿hasta cuándo lo debo tomar? La respuesta más frecuente les resulta desalentadora: de por vida.

En muy pocos casos, algunos pacientes pueden dejar de requerir medicación pero a través de una profunda transformación en el estilo de vida, que incluya no fumar ni estar expuesto a ambientes de fumadores, llevar una dieta sana con predominio de frutas, verduras, cereales y bajo consumo de productos de origen animal y de azúcares, realizar actividad física por lo menos 30 minutos diarios, cinco días a la semana y tener un índice de masa corporal bajo 25 (la cifra se obtiene al dividir el peso en kilos para la estatura en metros multiplicada al cuadrado). “De mi experiencia profesional, solo he dejado de recetar los medicamentos a menos de un 10 por ciento de los pacientes gracias a que aplicaron estos cambios en su estilo de vida. Muy pocas personas están dispuestas a modificar sus hábitos y prefieren la salida fácil”, concluye el doctor Morales.