Ruido e insensatez | Vistazo

Ruido e insensatez

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

Ruido e insensatez

Jueves, 22 de Febrero de 2018 - 16:00
La Insensata es un circo contemporáneo que, con todas las de la ley, intenta proyectar su carpa en y desde Tumbaco, en uno de los valles más poblados de Quito, en el papel una de nuestras ciudades más abiertas y democráticas, pero hace tiempo colapsada en agudo proceso de “samborondización”.
 
Distintos medios han registrado la ofensiva del condominio “Casas Alpha” contra la vecindad de La Insensata. En su perturbación se juntaron trasnochados prejuicios contra la profesión teatral (la Agencia Metropolitana de Control realizó una inspección en busca de sustancias prohibidas), y una legítima defensa contra el exceso de ruido.
 
Descartado que el proceso de ensayos del espectáculo “Cantina” estuviese en el origen de la denuncia, producida el mismo día de su estreno, vale decir que sus funciones concluirían, cuando mucho, sobre las 21h00. Y en todo caso, lo que pudo derivar en una hipotética mejora de dispositivos de la carpa, quedó en una censura de facto: los y las vecinas se han negado sistemáticamente al diálogo y la mediación.
 
En Quito han ironizado sobre cómo las mismas clases sociales gustosas de pagar casi 300 dólares por una entrada al Circo del Sol están en contra de vivir cerca de uno, por supuesto cuando se es rascuachamente ecuatoriano. Por supuesto, gustar del fútbol no implica querer vivir cerca de un estadio; pero en nuestra sociedad el fútbol es un sacramento aparte, sólo comparable a la religión.
 
Hablando de dictaduras, levante la mano quien haya paseado por el río Guayas u otro paraje de nuestra Costa a bordo de una embarcación turística sin sufrir la criminal contaminación sonora de musicalizaciones estridentes, literalmente fuera de lugar: lo que debería o podría ser una experiencia extra cotidiana y extraordinaria de contacto con la naturaleza, termina enturbiada y mutilada por la lógica y la violencia de todos los días.
 
Dichos atentados –realizados también contra las faunas endémicas de esos lugares– suelen contar ciertamente con la complicidad o inconciencia de usuarios y usuarias educadas y regidas por los modus operandi y vivendi de los centros comerciales.
 
Ellos no sólo han invadido hasta el monopolio del espacio nuestras ciudades, valles y playas, todo hay que decirlo: gracias al matrimonio desarrollista entre el neoliberalismo y el Socialismo del Siglo XXI, la especulación y el blanqueo de dinero (no es baladí ni casual que el imperio del narco en México estuviera precedido de una impactante proliferación de malls).
 
Se trata de que la cultura del mall es hoy nuestra cultura. En ella aceptamos un zumbido permanente donde no oímos nada y lo oímos todo a la vez, y exportamos esa atmósfera a nuestras relaciones afectivas y a la hora de no entrar en contacto ni con la naturaleza ni con nosotros mismos, más bien en nuestra contra.
 
Simulacro de afuera por excelencia, y dispositivo por antonomasia de nuestra sociabilidad atrofiada, el mall es el lugar al que salimos para poder continuar encerrados. Que La Insensata haya encontrado, irónica y temporalmente, cobijo a sus producciones en una sala situada precisamente dentro de un mall, sólo acentúa que lo que intranquiliza a las “Casas Alpha” quizá no sea el barullo de un circo, sino el de la diferencia.