Pueblo, conducción y democracia | Vistazo

Pueblo, conducción y democracia

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

Pueblo, conducción y democracia

Jueves, 11 de Enero de 2018 - 13:44
Las últimas festividades han vuelto a teñir al Ecuador de sangre, orfandad y desamparo. Cada año nuestras carreteras intensifican la naturalizada violencia y zozobra de ciudades donde impera algo menos primitivo y más salvaje e irracional que la ley de la selva: la ética infantil, baldada y criminal del más fuerte, en la que el más grande posee más derechos, y la sociedad y el otro solo existen como adversarios u obstáculos a ser rebasados, agredidos, fulminados.
 
Los sucesivos endurecimientos de las sanciones no han frenado ni frenarán la forma criminal en la que conducimos, tal vez porque dichas regulaciones se enfocan más en la sanción, la apariencia y cierta defensa de la productividad, y menos en la seguridad y la aplicación del sentido común y la deliberación: la desproporción entre ciertas multas –120 dólares por exceso de velocidad y 375 por bloquear una bocacalle–parece hablar de ello.
 
También el caso del agente quiteño que, al aplicar a rajatabla la ley, obstaculizó la pronta atención de un perro envenenado. Tras su lapidación vía redes sociales, la autoridad competente resolvió castigando y dejando sin trabajo al agente, reafirmando así el mismo autoritarismo obtuso previamente hecho carne, piel y cerebro en él.
 
¿Alguien estudió la posibilidad de una disculpa pública? ¿Una posibilidad de reentrenamiento? Lo más revelador del video del incidente es la imposibilidad de sostener un diálogo. ¿Por qué entonces no propiciar al menos uno, o varios recorridos del agente y el dueño del perro por escuelas, colegios, universidades, dando testimonio de la posibilidad de paz y futuro? De eso se trata problematizar nuestros códigos, tanto los penales y civiles como los de conducta.
 
Pero acá la justicia consiste en dar correa a los perros y a los proletarios, e impedir cualquier cuestionamiento de la asimetría estructural que hace de toda dependencia o cargo público una especie de señor feudal, amo o patrón.
 
Si en el campo de la educación superior el CEACES y la Senescyt fueron la encarnación del secuestro de la inteligencia a manos de la tecnocracia, en la convivencia cotidiana requerimos algo que no se fragua en los vehículos ni en el asfalto: menos manuales y códigos operativos, y más una conciencia similar a la que nos asombra cuando, de visita a otros países, los automotores ceden el paso a los peatones, aún con el semáforo en verde.
 
No es cuestión de idiosincrasia que ecuatorianos y ecuatorianas actuemos permanentemente a la defensiva, que no por casualidad nombra la técnica de manejo orgullosamente propagada por algunas de nuestras mejores academias de manejo, como si salir a la calle fuese salir a la guerra, y en donde las tácticas y estrategias utilizadas en nombre de la autodefensa (ahí están Trump y Kim Jong-un) muy pronto derivan en herramientas para la masacre y la ofensa.
 
Tal asimilación signa toda una experiencia histórica (la del feudalismo capitalista colonial que aún nos vertebra), y un programa ético y político transversal: abusa de los otros antes de que ellos abusen de ti primero. Una deriva agotadora, evidentemente relacionada con nuestros índices de cáncer y otras dolencias. Por supuesto, todo esto es más fácil decirlo y analizarlo que transformarlo: en las calles y carreteras ecuatorianas uno experimenta la necesidad pragmática de dejar a los demás atrás lo más lejos y lo más pronto posible.