La casa de las mansardas | Vistazo

La casa de las mansardas

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

La casa de las mansardas

Jueves, 17 de Agosto de 2017 - 13:09
En 2009, Ricardo Bohórquez, John Dunn y Florencio Compte, actual decano de Arquitectura de la Universidad Católica de Guayaquil, realizaron en el Museo Municipal una exposición sobre la obra y el legado del italiano Macaferri, autor del Palacio Municipal y de decenas de casas y mansiones, mayormente encargadas por la burguesía de los tiempos del gran cacao.
 
Esa espléndida muestra disparó en mi grupo, Muégano Teatro, un proyecto que a fines de ese mismo 2009 presentamos junto a Florencio ante la Municipalidad:
 
“Rescate y restauración de edificios patrimoniales y su transformación en sedes de grupos artísticos independientes”, el cual aunaba varios impulsos y perspectivas contra hegemónicas en la Ciudad: por un lado, la legítima y desoída obsesión de generaciones de libreros e historiadores que forjaron en Florencio a un gran estudioso, defensor y promotor del patrimonio; y, por otro, las postergadas necesidades, no sólo logísticas, sino fundamentalmente poéticas y críticas, del teatro independiente local en particular, y de toda organización cultural autónoma en general, en una sociedad decidida o inconscientemente hostil al arte no comercial.
 
El esquema era sencillo: vía comodato (hoy convenio de uso) la Ciudad daba a un colectivo, previamente acreditado por su trayectoria, una sede patrimonial recuperada; y los grupos le devolvían a la Ciudad su propia actividad cultural, en una operación de acupuntura urbana que desplazaba el criterio de rentabilidad hacia el de auto sustentabilidad.
 
En medio, las facultades de arquitectura realizaban una intervención, a la vez de rescate histórico, adaptación funcional y diálogo con la contemporaneidad.
 
Al alcalde Jaime Nebot el proyecto le pareció tan pertinente que, cuando planteamos realizar el plan piloto con el acceso de Muégano a una edificación ubicada en la Plaza de la Merced, él contrapropuso hacerlo en la que Florencio llamaba “la casa de las mansardas” (por ser la única en todo Guayaquil con esos singulares áticos de estilo francés). “Si vamos a salvar un edificio patrimonial –dijo el alcalde–, vamos a salvar uno que esté a punto de caerse”.
 
Esa casa de las mansardas es la misma que hoy, en la esquina de las calles Panamá e Imbabura de la Zona Rosa, está colapsando, tras caerse una de sus columnas de soporte, año y medio después del terremoto de marzo de 2016, y ocho años después de ese dicho del alcalde, y del acuerdo y entusiasmo de personeros de las fundaciones Malecón 2000 y Siglo
XXI ante nuestro plan.
 
El responsable de Cultura, Melvin Hoyos, sentenció: “Restaurar sale muy caro”. Yo le contesté: “Es al revés, tú tendrías que defender este proyecto, y los técnicos de Malecón 2000 y Siglo XXI decir que es caro”. El asunto naufragó.
 
Después el Cabildo barajó albergar en ella un museo, y en el ínter de ofrecer a Muégano la alternativa de un solar donde construir nuestra sede –hoy en marcha, paradójicamente en la misma manzana de la casa de las mansardas–, se confirió una casa de Las Peñas a la Fundación Paulsen.
 
Aunque lamenté que el nuevo Muégano no se erigiera en los marcos del proyecto hecho con Florencio, nada de esto me ha parecido mal: el nuestro siempre fue un esquema de carácter y beneficio común, pensado principalmente para grupos de carácter independiente, como Zona Escena o Arawa, por mencionar sólo a otros dos de los de mayor trayectoria.
 
Hoy es perentorio indagar si en el seno de las decisiones no existe, en verdad, otra alternativa a la demolición y la muerte de la casa de las mansardas. Y apelar a la opinión experta y los deseos de la ciudadanía, por minoritaria que sea, más activa.