Hora de la privatización | Vistazo

Hora de la privatización

Opinión, Alberto Acosta-Burneo

Alberto Acosta-Burneo

Hora de la privatización

Viernes, 09 de Marzo de 2018 - 11:13
Vivimos más de una década de socialismo que prioriza la participación estatal en todas las esferas de la sociedad, incluyendo la actividad empresarial. El balance del Estado, que se cree empresario, es alarmante. Solo en 2017 las pérdidas acumuladas en las empresas públicas superaron los 1.875 millones. Abunda el desorden, malas decisiones de inversión, sobreprecios e información financiera incompleta. Pero la afectación no queda ahí. Las empresas públicas empobrecen a la sociedad y bajan su estándar de vida. Expliquemos por qué.
 
Las empresas públicas distorsionan los mercados porque son las únicas que pueden darse el lujo de tomar decisiones antieconómicas y, a pesar de ello, mantenerse en mercado. Veamos un ejemplo. Tame EP voló a Nueva York, Sao Paulo y Buenos Aires por orden presidencial. ¿Había algún estudio de mercado? No. Simplemente era la voluntad del funcionario de turno. Estos errores, junto a muchos otros, le representaron un déficit acumulado de 194 millones a noviembre de 2017. ¿Por qué sigue volando? Porque las empresas públicas tienen una segunda fuente de ingresos: la confiscación de recursos de los ciudadanos que realiza el gobierno a través de impuestos.
 
Al no necesitar ser rentables para permanecer en el tiempo, las empresas públicas se dan el lujo de comprar bienes y servicios a precios más elevados. Estas compras terminan desplazando a los emprendedores que no pueden ser rentables con costos de producción tan altos. También distorsionan el mercado laboral al pagar mayores salarios que sus pares del sector privado. No es magia, sino esa fuente supuestamente inagotable de impuestos que permite mantener activa hasta a la empresa peor administrada.
 
¿Y los consumidores? Siempre terminamos siendo los grandes perdedores. Las empresas públicas elaboran bienes y servicios estandarizados, de baja calidad, hechos a la medida de los burócratas de turno. Si una empresa privada no satisface las necesidades de sus clientes, terminará saliendo del mercado. En el caso de las empresas públicas, el poder de coerción del gobierno puede obligarnos a seguir comprando indefinidamente sus bienes y servicios a pesar de que estos no son lo que queremos.
 
El problema de fondo en las empresas públicas no es que haya malos administradores, sino que por su propia naturaleza tienen incentivos incorrectos. Sus administradores solo tienen el poder de uso de los activos públicos, pero no son sus propietarios. Entonces, sus decisiones se enfocan en maximizar los beneficios que otorgan las empresas públicas a los usuarios mientras ellos están en el poder, en vez de maximizar el valor de la empresa en el tiempo (como busca todo accionista en una empresa privada).
 
Detengamos esta hemorragia de recursos públicos. Dejemos que sean los empresarios privados quienes arriesguen su capital en inversiones productivas y que el Estado deje de jugar a ser empresario. Privaticemos las empresas públicas y utilicemos ese dinero para inversiones prioritarias para la sociedad: capitalizar la seguridad social, invertir en calidad de educación y ampliar la red de salud. Todos los ciudadanos saldremos ganando.