Feliz 2018, 19, 20, 21… | Vistazo

Feliz 2018, 19, 20, 21…

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

Feliz 2018, 19, 20, 21…

Jueves, 21 de Diciembre de 2017 - 17:02
Las consultas populares, al menos en el Ecuador reciente, han servido sistemáticamente para erigir al nuevo cacique de turno. Con ese propósito las convocó Correa, en el clímax de su popularidad, pero también el impopular Fabián Alarcón, necesitado de legitimar su presidencia de trapo.
 
La consulta trampa de Lenín es una mezcla de ambas: aparentemente es un presidente popular, pero al mismo tiempo goza de la enorme debilidad y flaqueza de carecer de una base sólida, percibido como un traidor por la mitad del movimiento que le alquiló la presidencia, a la espera del retorno de su verdadero Mesías.
 
En medio de este ajedrez burocrático, lo que las y los ciudadanos vamos a deliberar en las preguntas planteadas por Moreno es un simulacro, un sainete similar a los ofrecidos durante los 10 años de “socialización de los procesos de cambio”, eufemismo con que los gobiernos de Correa, con participación directa de Lenín, disciplinaron y acallaron la disidencia.
 
Evidentemente Moreno es más sutil y de algún modo más hábil, pues ha convertido a su debilidad –el fantasma de su antecesor y exaliado y padrino– en su mayor virtud y fortaleza. Como si el Ecuador no hubiese caminado ni cambiado un ápice en los 20 años transcurridos desde las protestas y el golpe de Estado contra Abdalá Bucaram, la única razón realmente válida para votar siete veces SÍ –dada la manipulación y pobreza de las preguntas de Lenín– es que el triunfo del NO supondría un triunfo de Correa.
 
La adhesión de las élites empresariales y mediáticas a favor de la consulta de Moreno debería ser una mala noticia y un mal augurio: si yo fuera de esos periodistas que cambiaron el casete de la abominación hacia el individuo Rafael por los elogios hacia el individuo Lenín, mejor me quedaría callado, y no haría demasiados aspavientos promoviendo el SÍ. En las últimas décadas, ahí donde las élites han promovido delfines, apadrinado consortes o simplemente colocado su apoyo, el resultado ha sido generalmente negativo.
 
Quizás la única excepción en 20 años en la brecha entre la lógica de las élites y la de las mayorías históricas haya sido el primer Rafael Correa. Gracias a la aberración política de su contendiente (Álvaro Noboa) y a la acumulación de crisis que habían sumido al Ecuador en una severa depresión, ese joven tecnócrata aparentemente antisistema –pero de franco aspecto lasallano/salesiano–, logró el apoyo casi incondicional de empresarios de derecha que privilegiaron sus promesas de cambio y correazos por encima de su retórica de izquierda.
 
Lula da Silva, todo hay que decirlo, había abierto pocos años antes desde Brasil el camino para que el socialismo del siglo XXI fuese percibido por las clases dominantes de Latinoamérica menos como un riesgo que como un pragmático aliado de los capitalismos nacionales. La trama transnacional de Odebrecht no es un accidente ni una anécdota, sino una masa tumoral, entre otras, en el corazón de la estructura misma del sistema.
 
Esta es la segunda razón de la poca confianza que me inspira la adhesión de seguidores del Opus y otras feligresías parapolíticas hacia Moreno, y mirando hacia adelante, hacia personajes tan peculiares como Gustavo Larrea, por quien incluso la aristocracia guayaquileña ya deshoja margaritas de cara al 2021. Como si la elección de Correa, Moreno, Glas, Larrea, etc., fuera un reality show en busca del mejor patriarca de la componenda posmoderna. Siempre en nombre del progreso y la estabilidad, por supuesto.