Ernesto Samper, con Dios y el diablo | Vistazo

Ernesto Samper, con Dios y el diablo

Entrevistas

Ernesto Samper, con Dios y el diablo

Ana Karina López Sábado, 18 de Octubre de 2014 - 17:28

Su perfil político, expresidente de Colombia, liberal preocupado de lo social, que apoyó al conserva­dor Juan Manuel Santos, ¿lo convirtió en el candidato ideal para la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas)?
En aras de la verdad, creo que Santos es un conservador en lo económico pero un liberal en lo político. Lo que realmente me aproximó a él (en la última elección), luego de una vieja y larga rivalidad, fue el proceso de paz en Colombia, que desde Unasur sigo y espero seguir acompañando.  Efectivamente, yo he seguido una lí­nea social demócrata en Colombia que es consistente con lo que vive la región. Ésta se ha movido hacia el centro izquierda, no como un movimiento propiamente ideológico, sino a través de líneas que son convergentes en todos los países, como por ejemplo la reducción de la pobreza. La región ha cumplido con unas buenas tareas ya que es un territorio de paz donde se ha avanzado socialmente. Tres factores la definen: los esfuerzos sustantivos en reducción de pobreza para que el modelo político no pierda legitimidad; la convic­ción de que no es incompatible luchar con­tra la desigualdad y crecer; todo esto sin sacrificar el proceso de democratización de los años 80. En estos últimos 30 años ha habido alrededor de 130 votaciones en los 12 países de Unasur y nunca se ha interrumpido el proceso democrático.

Elecciones no es siempre sinónimo de democracia…
Es verdad. Pero lo que más se acerca a un concepto pleno de democracia es la definición de Lincoln: “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. No basta con que a los gobiernos los elijan sino que tienen que gobernar democráti­camente, lo que supone más participación ciudadana, y lo tienen que hacer para las mayorías, lo que implica una agenda so­cial muy precisa.

¿El éxito en esta gestión en Una­sur significará para usted una forma de limpiar su imagen, que se vio empañada durante su presidencia en Colombia por el “Proceso 8.00O” (dinero narco en la campaña)?
En Colombia ese debate después de 20 años, que fue cerrado por la justicia colombiana exonerando to­talmente mi conducta, ha dejado más huella en mis contradictorios y adversarios que en la opinión del país. No veo ese peligro en Suraméri­ca, donde juego de local. Los últimos 10 años he organizado el Foro de Bia­rritz, para discutir las relaciones entre Europa y América Latina, por lo que he viajado por toda la región y nunca he en­contrado una sombra de rechazo. Espero que tampoco suceda en Unasur.

La Unasur que usted hereda está integrada por países con una faz dife­rente a la de 2008, cuando se creó: Chile con sus crisis; Brasil declarado en re­cesión; Argentina al borde del abismo; Venezuela con conflictos económicos, políticos y sociales; y en Ecuador se ha­bla de la “restauración conservadora”. ¿Qué giro darle a la Unasur?
A mí esto me parece un signo de forta­leza más que debilidad. Yo no creo que el papel de Unasur sea el de convertirse en la anti OEA, como lo definen algunos. De todas formas, a pesar de las dificul­tades de algunos países, la región en promedio ha demostrado unas cifras de crecimiento atípicas respecto a la crisis planetaria. Y la zona siempre se ha mantenido como una zona de paz. Y aunque hay problemas, los estamos resolviendo democráticamente y con proyectos progresistas, que es lo inte­resante de la región.

Uno de sus objetivos para la ad­ministración es apoyar el proceso de paz de Colombia. ¿Cómo hacerlo?
El único conflicto armado que sub­siste en el mundo de más de medio siglo es el colombiano, el hemisferio debe ayudar a que se resuelva. Hay una convergencia de astros a favor de una salida política. Primero, cambiaron las condiciones del equilibrio militar en los últimos 10 años, el Estado colom­biano pasó a tener la iniciativa militar. Segundo, importantes países están ayudando: Chile, Venezuela y Cuba, que ha sido un anfitrión admirable. Por último, el gobierno entendió que este no puede ser un proceso para los victimarios sino para las víctimas, al contrario de los procesos anteriores, ahora se piensa en los siete millones de víctimas. Unasur puede ayudar porque tiene credibilidad de ambas partes, sobre todo cuando se acaben las negociaciones. Entonces termina lo que se llama la paz negativa, es decir la ausencia de enfrentamiento arma­do, y comienza la parte más difícil que es construir un nuevo país. Pasar del conflicto al post conflicto, ese paso está basado en tres elementos –que como el misterio de la Santísima Tri­nidad son tres personas distintas y un solo Dios verdadero– que son la verdad, la reparación y la justicia, y el Dios verdadero, la reconciliación. En el post conflicto Unasur podría contribuir de manera sobresaliente a encontrar la verdad, que se haga una justicia transicional o a que se busque la reparación.

¿Unasur cuenta con equipos téc­nicos para esos procesos?
He venido haciendo unas explora­ciones de personas que eventualmen­te podrían ayudar, que han estado vinculados a procesos de la verdad en el Cono Sur y en Perú. Los mecanis­mos de reparación tienen que ver con la cooperación sur-sur, porque esto es algo que cuesta. El país va a tener que invertir más de cien mil millones de dólares en los próximos cinco años para recuperar el tejido social, recons­truir la institucionalidad y desatra­sarnos en materia de infraestructura. Unasur puede ayudar mucho.

En un tuit, de su cuenta que es muy activa, usted asegura: “Rea­brir el diálogo político en Venezuela dará resultados si es discreto y con­creto”, ¿antes no lo fue?
Hubo mucha utilización mediáti­ca, especialmente de la oposición. Eso fue un error. El diálogo tiene que ser discreto para que sea efectivo, si uno utiliza este espacio para profundizar las diferencias y no para buscar acer­camientos, el diálogo no dura.  Además no era concreto, había demasiados temas. Se debe hacer una pre negociación sobre temas especí­ficos para garantizar que el diálogo llegue a alguna parte.

La oposición venezolana ve a la Unasur como un organismo traicio­nero, al igual que la ALBA, que mien­tras la democracia se deteriora, la Unasur se hace de la vista gorda…
El esfuerzo que hicieron los canci­lleres de Colombia, Brasil y Ecuador fue muy importante porque acabó con la violencia, la deslegitimó como arma de lucha política. Desde su intervención no se han dado choques violentos.

Pero los opositores a Maduro siguen en las cárceles...
Hay un sector de la oposición que está en una posición, desde el punto de vista político, suicida, que es desco­nocer la legitimidad del Gobierno. Con ese sector es muy difícil negociar. Hay otro que pienso que quiere el diálogo, pero tiene que ponerse de acuerdo para qué y en qué circunstancias pueda ser efectivo. Si se llegan a establecer ambas condiciones supongo que los cancilleres no dudarían en pedir al Gobierno que se haga otro esfuerzo.

¿Cómo vio su posesión en Cara­cas y con la presencia de Maduro?
Bien. Muy tranquilo, muy empo­derado, como dicen los politólogos, con mucho deseo de acertar. Él es un hombre de diálogo, lo que menos pue­den tratar de atribuirle es que sea in­transigente. Está buscando su camino y lo está haciendo bien…

¿Con el deterioro del tejido so­cial, de la economía, y de su popula­ridad venida a menos, lo conseguirá?
No estoy tan seguro del tema de la popularidad. Es que a uno le miden la popularidad por el cien por ciento, y se debe medir por el número de perso­nas que uno conserva después de una elección, y Maduro conserva el 80 por ciento de su electorado. Eso le da un buen margen de gobernabilidad.

Entre sus objetivos está apoyar la inclusión social, ¿cómo hacerlo?
En Unasur funcionan unos comi­tés sectoriales, donde se reúnen casi todos los años los ministros de todos los sectores, y ellos han venido ha­ciendo un ejercicio de coordinación de políticas públicas y esa integración co­mienza a dar sus resultados concretos.

¿Entonces la Unasur sí puede servir para algo?
Nuestro papel no es competir con los otros organismos multilaterales sino crear los escenarios para que las políti­cas de integración sean factibles.