El microteatro como muerte, o no, del teatro | Vistazo

El microteatro como muerte, o no, del teatro

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

El microteatro como muerte, o no, del teatro

Jueves, 31 de Agosto de 2017 - 11:41
Hace años Arístides Vargas me enseñó que el teatro no existe, existen las teatralidades. Distintas y singulares formas en las cuales el teatro acontece y trabaja y fricciona con los materiales de la realidad, y su dramaturgia de la memoria imponía valorar e investigar las peculiaridades del cuerpo y de la singular –normalmente silenciada, reprimida– historia política, afectiva y colectiva, de los propios creadores e interesados en la acción y la escena.
 
¿Qué nos acerca al teatro? ¿Y cuál es el teatro que debemos y necesitamos hacer? Seguramente el que cada quién requiera y su respectiva sociedad demande. En ambos casos, intensamente.
 
Pero “el público quiere lo que no necesita y necesita lo que no quiere”. Tomado el arte como un juego en serio (Borges), la distancia entre deseo y compromiso tiende a acortarse, en un territorio donde crecer tendría poco que ver con la sujeción acrítica a leyes artísticas inventadas para ser subvertidas, y menos aún a las del Estado y el mercado, principales fuentes de violencia, explotación e ignominia.
 
Madurar, en y desde el arte, tendría más que ver con oponer resistencia a las relaciones sociales que manan de esas servidumbres.
 
El microteatro, sin duda, ha expandido opciones de entretenimiento para la burguesía y la clase media de Guayaquil, una ciudad que, para su población más sensible: la infancia, es prácticamente un desierto, tal vez una de las de menor densidad en América Latina en museos, teatros y demás actividades lúdicas e imaginativas para niñas y niños.
 
En ese contexto, es comprensible la avidez de la ciudadanía y de los medios de comunicación por celebrar cualquier cosa parecida a un cambio de estatus. Pero en el capitalismo y la globalización, expansión no implica necesariamente potenciación de la diversidad, sino probable y generalmente lo contrario.
 
El teatro breve, inmediato y/o realizado en espacios no formalmente teatrales ha existido siempre.
 
Puesto de moda y nacido como marca en Madrid, con el nombre de “Microteatro por dinero” –según sus precursores: para enfrentar la crisis producida, también en las macro industrias culturales, por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, ficción del desarrollo español sustentado en la especulación mafiosa de la tierra–, era previsible, desde su primer auge en Guayaquil, que con el microteatro terminase pasando algo similar a lo que ocurre en otros terrenos de nuestra realidad: el imperio de Alianza PAIS en la política, el rey fútbol como monocultivo del deporte, la comedia televisiva como fuente de recrudecimiento de los prejuicios y los estigmas, etc.
 
En definitiva: una dictadura del gusto hegemónico, el triunfo de la simplificación sobre la complejidad (de “la patria ya es de todos” a esta nueva advocación de los clásicos resumidos en Ariel, que servían, precisa y paradójicamente, para no leer a los clásicos), y la impresión de que esa peculiar forma de producción de teatro comercial tendría forzosamente que pasar a vertebrar y a determinar los propósitos y resultados de todas las teatralidades.
 
Un problema crucial que, hasta cierto punto, es normal que se le escape a un público mayormente acrítico, pero que tampoco logra ser procesado por la mayoría de nuestra menguada intelectualidad, y menos aún por medios reacios y/o incapaces de ver la relación entre la democracia basura que dicen padecer y la supuesta diversión que promueven.