El fin de la historia | Vistazo

El fin de la historia

Opinión, Carlos Rojas Araujo

Carlos Rojas Araujo

El fin de la historia

Viernes, 01 de Junio de 2018 - 19:09
La forma en la que el presidente Lenín Moreno cierra su primer año de mandato bien podría ser la constatación empírica de lo que Francis Fukuyama consideró el triunfo de las razones económicas por encima de cualquier ideología. En realidad, de cualquier corriente teórica que no calce en una democracia liberal, en toda la extensión de la palabra.
 
“Este es un gobierno pragmático”, dijo el nuevo secretario de la Política, Paúl Granda, durante el programa de evaluación a la gestión del Mandatario, en “Políticamente Correcto”. Este cuadro de la izquierda ecuatoriana contemporánea sostuvo que la economía se maneja por los mercados; que la gestión empresarial y el sector privado dan riqueza a un país y que la especulación producto de estas actividades puede generar estabilidad. Es como si el Muro de Berlín se hubiera vuelto a caer pero en Ecuador –casi 29 años después– como consecuencia del ocaso correísta.
 
El presidente Moreno, si bien se ha confesado de izquierda y revolucionario, no es un político con una formación teórica contundente. Por lo tanto, no tendría mayores conflictos existenciales a la hora de dar los giros de tuerca que se requieran para ajustar la economía, convertirse en un gobierno de certezas y, quizás, pasar a la historia como un buen mandatario.
 
Por eso, la retórica sesentera que tanto lo entusiasmó quedaría para las horas sociales, cuando haga gala de ser un cantante aficionado de voz entonada. 
 
A partir de este segundo año de mandato, en su gabinete pesarán las visiones del sector empresarial, la economía liberal y de aquellos políticos más tolerantes y menos fanatizados. 
 
Se podría decir que el gobierno de Moreno se parece al de Osvaldo Hurtado (1981-1984) o al de Lucio Gutiérrez (2003-2005), que obligados por las circunstancias, y mostrando altas dosis de pragmatismo, dieron un “giro hacia la derecha” porque sus prioridades eran fortalecer la economía.
 
Hurtado dirigió un gobierno serio aunque muy impopular, por los ajustes severos que dispuso en sus poco más de tres años de administración. Gutiérrez mudó de piel ni bien pasó a la segunda vuelta (octubre del 2002) para, en apenas ocho meses de gobierno, romper con el movimiento indígena, la base política y electoral que lo llevó al poder. Desde ese momento, respaldó las acciones de sus ministros de Finanzas. A ellos, el novel Correa los tildó de economistas OCP para gestar un largo gobierno estatista y burocrático por esencia, que satanizó la palabra ahorro y enalteció el concepto del endeudamiento.
 
Moreno se muestra dispuesto a marcar ‘el fin de la historia’, ya que siente un consenso político apropiado. La dirigente indígena Lourdes Tibán admite –como no ocurrió cuando estaba con Gutiérrez– que calificar de derecha a un gobierno es lo de menos.
 
La prueba de fuego se dará cuando las reformas que necesita el país le resten puntos de popularidad; entonces, el entusiasmo por el Ministro de Finanzas del poscorreísmo podría diluirse en poco tiempo. La memoria ecuatoriana está llena de anécdotas como esta y el Presidente tendrá que sopesar el costo de las rupturas ideológicas si quiere convertirse en el mejor discípulo de Fukuyama.