Espejismo | Vistazo

Espejismo

Opinión, Patricia Estupiñán

Patricia Estupiñán

Espejismo

Viernes, 09 de Febrero de 2018 - 15:42
Fueron hombres de tiempos distintos, pero sendas históricas paralelas. Nada en sus vidas ocurrió por azar. Richard Nixon y Rafael Correa nacieron en hogares de recursos modestos y se graduaron en prestigiosas universidades con becas académicas. 
 
Esas universidades fueron las raíces para el despegue de sus carreras políticas. Nixon se graduó en Duke como abogado y gracias a ello conoció al padre y abuelo de los presidentes Bush, quien era senador y lo auspició para el ingreso al partido Republicano. Rafael Correa fue contratado por sus estudios en el extranjero en la Universidad San Francisco y desde allí se vinculó al foro de economistas alternativos que lo condujo a ser ministro de Finanzas del presidente Alfredo Palacio.
 
Si bien el ascenso político de Rafael Correa fue meteórico –de “forajido” contra Lucio Gutiérrez a ministro y presidente–, mientras el de Nixon pasó por el senado y la vicepresidencia, ambos comparten una derrota antes de ganar las elecciones presidenciales y el hecho de que esa derrota fue con candidatos millonarios.
 
Correa perdió la primera vuelta frente a Álvaro Noboa y Nixon frente a Kennedy. No obstante, el mayor paralelo vendrá en la transformación que el poder obró en ellos y su obsesión por mantenerlo. A pesar de su popularidad y de la alta probabilidad de ser reelegido para un segundo periodo, Nixon llegó a contratar a unos mafiosos para que implanten escuchas en la sede del partido Demócrata, en el edificio Watergate en 1972.
 
Por su parte, Correa transgredió la lógica para alargar su primer periodo. Después de la Constituyente y habiendo ya gobernado dos años, comenzó de cero sabiendo que su mandato con una reelección se extendería hasta diez años. Después buscó eternizarse haciendo indefinida la reelección.
 
Dueños de una arrogancia extraordinaria ambos minimizaron el impacto de esas acciones, Nixon nunca imaginó que el escándalo de las escuchas pondría fin a su presidencia. “Un presidente es la ley”, dijo a sus colaboradores. En su desvarío, Correa descartó el principio de Montesquieu de la división de poderes, argumentando que él encarnaba a “todos los poderes del Estado” y además exigió que le tengamos fe para que “meta las manos y transforme la Justicia”.
 
Ambos también se creyeron insustituibles, no entendieron que el poder es un espejismo. Muy tarde pusieron sus pies en tierra firme. Cuando Nixon lo hizo sostuvo: “El poder es una ilusión que existe mientras los demás creen que uno lo tiene. Cuando dejan de pensarlo este se esfuma”. Sin la maquinaria propagandística ni el voluminoso aparato de seguridad que lo acompañó en sus días como presidente, el poder se esfumó para Rafael Correa en su campaña reciente. El hombre que pontificó su invencibilidad en las urnas durante una década cosechó un apabullante promedio de 68 a 32 en la Consulta y en el recorrido insultos, basura y huevos, y debió hasta huir en helicóptero.
 
Y la memoria no será grata con Rafael Correa, como tampoco lo fue con Nixon. Nixon, que había terminado con la guerra de Vietnam, firmado los primeros tratados para la limitación de las armas nucleares y abierto las relaciones con China quedó como “Tricky Dicky” (El tramposo Ricky). Al pensar hoy en Rafael Correa desaparecen las carreteras, los cambios en la administración pública, los hospitales y las escuelas del milenio, solo quedan sus abusos, su despilfarro y la corrupción rampante y sistémica.