Un año vital para Quito | Vistazo

Un año vital para Quito

Opinión, Carlos Rojas Araujo

Carlos Rojas Araujo

Un año vital para Quito

Jueves, 21 de Diciembre de 2017 - 16:46
Esa suerte de optimismo político que respira el país no se siente con total plenitud en Quito. La ciudad sigue entrampada en esa crisis existencial que no tiene seis meses ni tres años. Lleva casi una década de preguntas constantes, diagnósticos incompletos y vacíos permanentes.
 
Por ahora, todos los reproches recaen sobre el alcalde Mauricio Rodas, su liderazgo y el ritmo con el que lleva la ciudad hacia su cuarto año de administración. Y junto a él está un concejo metropolitano deshecho, donde la revancha puede más que las virtudes cívicas. Si hay un espacio dentro de la función pública donde es posible dejar de lado lo más repudiable de la política es, precisamente, la mesa de los ediles. Claro, cuando el amor por la ciudad pesa más que cualquier banderín.
 
Los más ‘rodistas’ –si es que existe esta categoría en la política local– recordarán la administración de Augusto Barrera y los pasivos que dejó una gestión con ideas y proyectos, pero que operó en función del voraz apetito de popularidad del patriarca, ahora en pleno otoño.
 
Es fácil distribuir culpas. Por eso en este ejercicio de preguntarnos ‘¿qué nos pasó?’, haga falta retroceder tres décadas y repasar ese modelo de ciudad diseñada por un bipartidismo del que hoy quedan recuerdos. 
 
Ahí puede estar el origen de ese Quito incomprendido. Los demócrata cristianos y la socialdemocracia desaparecieron como fuerzas políticas. Sus líderes, mandos medios, tecnócratas y militantes se desarticularon luego del odio inoculado hacia la partidocracia.
 
La Capital, que durante 20 años se administró bajo sus lógicas, creció y se volvió compleja sin que le dieran respuestas a sus problemas de urbe cosmopolita. Quito no se adaptó –por suerte– al modelo de partido único de Alianza PAIS, ni a la ruidosa fragmentación apenas Rodas asumió la Alcaldía. Mientras la política se volvía impredecible, los cables de luz, teléfono y televisión pagada, oscurecían las calles de estampa de la Carita de Dios.
 
Con ellos llegó el boom petrolero, la tecnología y una clase media consumista. El automóvil saturó las avenidas y se estacionó en la mentalidad del quiteño para quien un carro, más que necesidad, es progreso y bienestar.
 
El transporte público, corrupto y obsoleto, pactaba subsidios con el correísmo, a medida que el aire se contaminaba ante la pasividad ciudadana que no sabe, a ciencia cierta, si el Metro le permitirá soñar en una urbe ordenada y amable.
 
Entender los problemas de Quito no pasa por enumerar las obras hechas o las postergadas. Los baches, que tanto indignan a los quiteños motorizados,no son el único barómetro para calificar a un alcalde.
 
El desafío está en (re)construir un tejido social que permita a los capitalinos saber qué ciudad quieren, una vez que la dotación de servicios básicos ya no es la gran preocupación. Quito tiene que pensar en su diversidad, en cómo desterrar el machismo y la inseguridad.
 
En las universidades que alberga y en el tipo de economía libre que emprende en favor de los jóvenes. Quito necesita de consensos y de un gran frente cívico que haga de las elecciones de 2019, la oportunidad para esa reinvención. Nos queda un año de trabajo y compromiso.