José Andrade Loor tiene sólo 33 años, un doctorado en Ingeniería Civil y Geomecánica de la universidad de Stanford, múltiples premios por sus logros científicos y un prestigioso cargo como docente en una de las mejores universidades del mundo, el California Institute of Technology (Caltech).
Su especialidad es crear modelos matemáticos para simular en computadoras el comportamiento de materiales para saber cómo reaccionarán a fuerzas externas, como terremotos o avalanchas. Un día cualquiera, Andrade puede estar asesorando al Departamento de Defensa de Estados Unidos sobre cómo penetran los misiles en las capas de arena del desierto, o al Departamento de Energía sobre cómo extraer petróleo y gas de materiales rocosos, o a la NASA por medio de simulaciones que servirán para enviar robots a Marte.
Pero ese mismo día puede tomar una pausa, mirar hacia atrás y sorprenderse al ver su meteórica carrera, llena de oportunidades donde el talento, el trabajo duro y la suerte pesaron en igual proporción. “Cada día de mi vida hay un momento en que miro a mi alrededor y me pregunto cómo llegué aquí”, asegura.
Aunque Andrade se vinculó con el proyecto Yachay recién en septiembre del año pasado, se ha convertido en la pieza clave para que la Ciudad del Conocimiento que se construye en Imbabura, tenga oportunidades reales de ser un centro reconocido internacionalmente. La Secretaría Nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt), promociona a Yachay como el epicentro de una transformación radical que liberaría al Ecuador de la dependencia de recursos primarios como el banano y el petróleo, y lo convertiría en un exportador de conocimiento y tecnología. Nada menos. “Creo que mucha gente malinterpreta al proyecto porque es tan ambicioso que parece una locura”, dice Andrade. “A mí lo que me atrae es esa ambición, esas ganas de empujar hacia la excelencia que no se han podido cristalizar hasta hoy en Ecuador”.
De Chone a Pasadena
José Andrade nació en Chone, hijo de un ingeniero civil que también es ganadero. En su adolescencia pasó por varios colegios de Guayaquil hasta que se graduó en La Moderna, donde su mal inglés era la burla de la clase. “Mis compañeros decían que si el manaba podía leer algo en inglés, todos podemos”.
A los 18 años su familia hizo el esfuerzo de completar el costo de su educación en el Instituto de Ingeniería de Florida, donde había conseguido una beca parcial, y donde pasó de ser un estudiante que no retenía ni un párrafo en inglés a graduarse con la distinción Suma Cum Laude y con ofrecimientos de becas en varias universidades. Se decidió por la de Stanford, en California, el estado de Silicon Valley, siempre a la vanguardia de la tecnología. Allí el shock ya no fue la carencia del inglés, sino la gran ventaja académica de sus compañeros.
“Las materias eran más avanzadas y alrededor mío estaban los mejores cerebros del mundo. Honestamente yo no estaba a ese nivel”, recuerda. Luego de dos años de “literalmente tener pesadillas de noche”, Andrade comenzó a generar investigaciones que fueron publicadas en revistas científicas y que le ganaron varios premios, como la medalla Zienkiewicz otorgada por la Institución de Ingenieros Civiles de Londres. “Empecé a aparecer en el mapa de la ciencia”, indica.
Al terminar su doctorado, Andrade fue contratado como profesor asistente en la Universidad Northwestern en Chicago. Por sus investigaciones, la Academia Nacional de Ingeniería de EE.UU. lo reconoció como uno de los 100 mejores ingenieros menores de 45 años. Recibió ofertas para enseñar en la Universidad de Columbia y el Massachussets Institute of Technology, pero se decidió por la propuesta de Caltech, en Pasadena, California.
Potencial
Andrade se ha preguntado muchas veces qué vieron en él los reclutadores de las universidades donde ha estudiado y trabajado. La respuesta: potencial. Un intangible difícil de reconocer aún para el ojo entrenado. “Vieron a un chico de un pueblo que se llama Chone, que quién sabe dónde será. Que logra levantarse hasta ser el mejor estudiante de su clase. Algo debe tener”. Ahora es él quien busca en sus alumnos ese intangible al que llama simplemente, hambre. “Me gusta ver si una persona tiene hambre, esa ambición que te mantiene vivo, que hace que te vuelvas a parar cuando algo falla, esa llama dentro de ti que te impulsa”. “Ahora que soy profesor y que trato de atraer a los mejores cerebros, me imagino cómo sería una persona en un lugar en donde todo su potencial se desarrolle. Porque todo es relativo al medio que nos rodea”, explica.
Tal vez fue esa actitud la que hizo que este ingeniero se enamore de Yachay y de la idea de aprovechar el potencial de jóvenes ecuatorianos al rodearlos de profesores brillantes en un centro de investigación de vanguardia. La Senescyt tocaba puertas en grandes universidades buscando socios estratégicos para el proyecto cuando contactó a Andrade. ¿Podía ayudar a generar un vínculo con Caltech? No tuvieron que pedírselo dos veces. Se convirtió en promotor ad honorem de Yachay y concretó una alianza estratégica para asesorar la implementación de la universidad, las carreras y las líneas de investigación, y lo más importante, asegurarse maestros de calidad. “La excelencia es un club”, dice Andrade. “Para poder tener un centro de excelencia en Ecuador tenemos que conectarlo con otros centros de excelencia en el mundo”.
Cómo no fallar
“Es muy importante como estratega entender en dónde podrías fallar“, dice Andrade y cita el caso de la famosa King Abdullah University of Science and Technology (Kaust), un proyecto multimillonario de Arabia Saudita que funciona desde hace dos años. “Kaust fue una universidad que surgió con la idea de revolucionar el Medio Oriente, una excelente idea, pero a pesar de su gran infraestructura encontró una piedra de tropiezo en el tema de atraer talento humano”, explica. “He advertido que si no éramos estratégicos en nuestras alianzas, podríamos fallar”.
Otro consejo de Caltech ha sido crecer de forma paulatina, “como la cebolla”. “El tema de ir un poco más despacio ha sido académico. No lancemos una universidad con todas las carreras, con todas las líneas de investigación, con todo lo que quisiéramos tener pasado mañana”. Todas estas ideas, dice Andrade, han sido bien acogidas por la Senescyt.
Yachay será un organismo alimentado por cuatro sistemas. En su corazón está la universidad cuyas primeras carreras se abren a fines de este año, y que según el pronóstico de Andrade deberá funcionar plenamente en cinco años, con unas cinco a diez conexiones estratégicas con el mundo. En diez años ya se deberían ver los frutos de los Institutos Públicos de Investigación (que cubren áreas como biodiversidad, alimentación, farmacología y energía) y de su Parque Tecnológico, donde funcionarán compañías privadas de tecnología, software y demás. “Y en 20 años Yachay logrará llegar al último escalón que sería un Parque Industrial. En ese momento se consolidará el proyecto y será un magneto para inversionistas”, explica.
Andrade dice que es vital tener claro qué se quiere de Yachay a largo plazo. “Si tienes la ambición de que en 20 años el parque industrial produzca microchips, la pregunta es, ¿cuál es la investigación y el tipo de carreras que se tienen que ofrecer en la universidad para que podamos fabricar microchips? La idea es tener objetivos claros en el parque industrial para de ahí ir para atrás y hacer el diseño de las carreras y las líneas de investigación”.
Gran apuesta
¿Podría el clima político del país afectar a la calidad de docentes que colaboren? Andrade no lo cree así. “En Yachay se deberá garantizar a los científicos libertad de pensamiento y de buscar la verdad, esos son los pilares fundamentales de la ciencia, de la academia y de la innovación. El problema sería si mañana tenemos un decano que coarte estos principios. Lo importante es mantener a la universidad despolitizada”, opina.
¿Podrá realmente Yachay cumplir con todo lo que promete? ¿Será el puntal de una transformación productiva del Ecuador? Andrade insiste en que hay que ser cautos. “Es iluso pensar que mañana vamos a dejar de extraer petróleo, gas y minerales cuando hoy son nuestro principal recurso. Lo que sí tengo que hacer para proteger esa biodiversidad tan valiosa del país, es desarrollar tecnologías que me permitan extraer esos recursos con el mínimo impacto, esa es una misión de Yachay”, explica y añade que de las cinco áreas de estudio (Ciencias de la Vida, Petroquímica, Energías Renovables y Cambio Climático, Nanociencias y Tecnologías de la Información y la Comunicación) pueden salir soluciones que “nos impulsarán a una nueva economía basada en el conocimiento y libre del extractivismo, eventualmente”.
José Andrade habla de Yachay con el convencimiento de un científico que ha llegado a la conclusión de que el proyecto es posible, aunque su apuesta es alta. “Estoy apostando mi tiempo, mi energía, mis ideas, pero también estoy apostando mi reputación, en el mundo científico la reputación es todo lo que uno tiene. Además está el nombre de Caltech, que ha demorado cien años construirse, y que está ya asociado con el nacimiento de Yachay”, explica.