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Ecuador, 15 - 05 - 2014
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Asesinos de libros, asesinos de gente
Santiago Roldós

De Gengis Kan a la censura en Internet y de la devastación de Alejandría a Rumsfeld, la destrucción de libros es la historia de las tensiones entre barbarie y civilización.

Asesinos de libros, asesinos de gente
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Este libro nace del amor (y el odio) por los libros, es decir a la humanidad. Un libro es un contenedor de memoria e identidad, por eso quien destruye uno no busca agredir a una cosa, sino a decenas, a miles, a millones de personas, en su más preciada inmaterialidad, arrancando su espíritu y arrojándolas a la esclavitud física y mental. Quemar un libro es anular la posibilidad del “otro”.

A ello se han dedicado enalgún momento todas las capillas de la Historia: la Iglesia Católica, los protestantes, los anticomunistas, los defensores del paraíso del proletariado; etc. Cada una desató su particular inquisición o proceso de proscripción de lecturas condenadas al infierno, cuyo fuego también es, desde Prometeo, la paradójica metáfora del conocimiento.

En esa ambigüedad, donde se confunden progreso e ignominia, es donde reside lo más potente de esta Nueva Historia Universal de la destrucción de libros, actualización del ya extraordinario ensayo que publicara en 2004 el erudito venezolano Fernando Báez, ex comisionado internacional para investigar el saqueo y destrucción de la Biblioteca y el Archivo Nacional de Bagdad, donde las tropas de Rumsfeld y Bush hicieron lo mismo que las de Gengis Kan nueve siglos atrás.
 

Nueva historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a
la era digital, de Fernando Báez. Editorial Océano. México, 2013. 450 páginas.

Lejos del estereotipo del destructor de libros como alguien inculto, Báez sostiene que suelen ser más bien personas “preparadas, sensibles, perfeccionistas, esmeradas, con dotes intelectuales, tendencia depresiva, incapaces de admitir la crítica, egoístas, mitómanas, pertenecientes a clases medias y altas, con traumas leves en su infancia o juventud, con tendencia a pertenecer a instituciones representativas del poder constituido, carismáticas, con hipersensibilidad religiosa o social”.

En pocas palabras: quien destruye bibliotecas no carece de una, sino que piensa que la suya debe ser la única. Fray Juan de Zumárraga y Diego de Landa, protagonistas de otra obra del autor: “El saqueo cultural de América Latina”, primero incineraron los códices de los aztecas y mayas, luego introdujeron la imprenta y después, “arrepentidos”, reescribieron sus historias, desde entonces para siempre tránsfugas.
 

1993. En la Bebelplatz de Berlín los nazis quemaron miles de obras judías
y marxistas. El memorial de esa atrocidad es un pequeño tragaluz en el
piso que da a una enorme estantería subterránea, totalmente vacía.

Desde las tablillas sumerias a la era digital, casi peor que los tiranos son la burocracia del descuido y el atolondramiento del progreso, como esas bibliotecas que en lugar de serlo parecen cementerios; y en el momento en el que se impuso la celulosa por encima de otros materiales, el libro, ese objeto “que le da volumen a la memoria humana”, fue condenado a la polilla, degradante destructor al que los clásicos tanto temieron.

Hoy, cuando se raya un CD, es posible que con él muera una biblioteca entera. En todo caso, Borges pensaba que el libro era nuestro más extraordinario invento: mientras todos los demás son como “extensiones de nuestro cuerpo” (el microscopio de nuestra vista, el teléfono de nuestra voz, el arado de nuestros brazos, etc.), el libro es “extensión de nuestra memoria y nuestra imaginación”. Cabe preguntarse, en la era de la tablet, si acaso no serán cuerpo también ellas dos.
 
 
Edición N° 1120 - Abril 24 / 2014



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