La historia quizás olvide que el líder político de mirada carismática debutó como hipnotizador de masas un Primero de Mayo de 2006, en la Plaza Roja; pero no en Moscú, sino en la andina Riobamba. El precandidato Rafael Correa explicó su plan de gobierno basado en los cinco ejes de la Revolución Ciudadana, ante varios miles de espectadores frente a la Iglesia de la Concepción.
Su discurso sonaba a una promesa de izquierda inspirada en la Teología de la Liberación. Sin embargo, su candidatura no era propuesta por movimientos sociales, sino por un puñado de ecuatorianos que pregonaba la indisoluble ecuación: político-malo; ciudadano-bueno.
Esa semilla-discurso cayó en tierra fértil y fructificó en votos: la sociedad ecuatoriana estaba harta de una clase política que la pauperizó a fines de los años 90 en la crisis financiera y monetaria más grave del siglo. Y captó el mensaje de esperanza.
Rafael Correa obtuvo el 52 por ciento de los votos. Este resultado, escribe el analista político y catedrático Simón Pachano, “Se materializó en el fortalecimiento de su legitimidad de origen, que ha sido constantemente reivindicada por el Presidente”. Legitimidad puesta a prueba en más de media docena de ocasiones, frente a las urnas. Pasaron más de seis años. El hombre de mirada carismática aún es candidato. Busca la reelección para el período 2013-2017. De concretarse (según lo pronostican los estudios de preferencia de votos), habrá logrado 10 años en el ejercicio del poder, algo sin precedentes, al menos desde el retorno a la vida democrática en 1979.
Pero el Rafael Correa de la Plaza Roja riobambeña es distinto del Rafael Correa actual, presidente y candidato.
Presidente fustigador. Lanza su candidatura presidencial en el sur de Quito y promete que una de las primeras radicalizaciones de la segunda fase de su revolución será la lucha contra los poderes fácticos. Entre los cuales está, indiscutiblemente, la prensa privada. “Este sector empresarial de medios de comunicación se convirtió en un actor ideológico y político”, argumenta el historiador Juan Paz y Miño, en el ensayo “El Gobierno de la Revolución Ciudadana, una visión histórica”, del libro “Balance de la Revolución Ciudadana”. Paz y Miño, defensor del proyecto, explica que este es un ciclo de cambios comparable por su magnitud al que empezó con la Revolución Juliana, de 1925.
Político magnánimo. Perdona la sanción económica a diario El Universo y a los autores del libro “El Gran Hermano”. Dispone que liberen de inmediato al bloguero que usó sus datos personales y privados para demostrar que el sistema “Dato seguro” no es infranqueable. Sugiere excarcelar a dos ejecutivos de Cofiec acusados por el caso Duzac.
Su palabra es ley. Decide otorgar el asilo al hacker australiano Julian Assange. Afirma que conoce la gravedad del atentado a la AMIA –la sede de la comunidad judío-argentina– en 1994, en Buenos Aires, pero lo relativiza cuando se refiere al más reciente ataque de la OTAN a Libia. Después dirá que sus palabras fueron malinterpretadas por la prensa corrupta.
El analista social Jorge León concluye que la acción presidencial se sustenta en dos ejes: estrategia de polarización política y modernización institucional. Esto, analiza, “Le otorga legitimidad” por encima de la legalidad, sin que la aceptación se resquebraje.