MODELO: PAOLA MIRANDA
El ciclón que conmocionó Miami
Guayaquileña, cabello azabache, piel morena, 1.75 cm de estatura.
Veintisiete años bien repartidos en los atributos físicos de Paola
Miranda, modelo y presentadora ecuatoriana que buscó su destino
en Miami. ¿Sus méritos? Saber perfectamente lo que quiere.
Decide seguir al equipo de Vistazo rumbo a la playa, sentada al volante de un moderno auto. Con el sol de los primeros días de invierno, su cuerpo exuda tanta sensualidad que inquieta y se roba las miradas de todos aquellos que la ven bajar en una gasolinera, donde ha parado para poner aire a las llantas. Está cubierta de una túnica blanca que le llega a los pies, pero aún así, su belleza resalta. Incluso el fotógrafo sostiene que hace mucho tiempo su lente no captaba una mujer tan espectacular.
Paola Miranda ríe, contenta de lo que ve en el espejo, mientras la maquillan en el camerino del Club Casablanca de Playas. Los huéspedes que allí descansan se han asomado a la baranda, para observar aunque sea de lejos cómo posa esta voluptuosa mujer. La que en su interior lleva una historia, de carencias, de emigración, de soledad.
No contenta con su destino de joven humilde, Paola Miranda, sabiéndose bella, hace unos años se lanzó a participar en el concurso Reina de Guayaquil, sin la menor posibilidad de ganar, porque según dice “No era rubia y era pobre”. Pero su imagen turbadora era lo único que poseía y el camino por el cual la televisión la descubriría. Hoy dice que que la detenga. Es una diva que se acompaña de una asistente, que cuida cada centímetro de su piel, que no deja nada al descuido, que refl eja esa ambición de “Odio las limitaciones o la limitada percepción que alguien
tenga de mí. No soy perfecta pero sé que estoy bien”, lanza con palabras seguras.
Miami en la ruta
¿De dónde salió Paola Miranda? Ella vive hace siete años en Miami, adonde emigró en busca de oportunidades. Cuando lo recuerda se pone nostálgica. “Fui una estudiante inquieta que se graduó en el colegio Ana Paredes de Alfaro de Guayaquil. Como era un tanto rebelde, siempre estaban llamando a mi madre para que hable con la directora. Mi madre cosía, y yo como apéndice de ese destino de pobreza, quería ser diseñadora. Mi hogar era sencillo y de una religiosidad marcada”, cuenta este torbellino, que no encajaba en esos cánones.
Hasta que un día escuchó que en televisión había un concurso de belleza y se lanzó a participar, a escondidas de su madre. Las horas se le hicieron interminables, por los espacios de grabación. Le dio la medianoche y la paliza de rigor la esperaba en su humilde casa del Cerro del Carmen. A Paola ya no le importó nada, había ganado el concurso y se juró a sí misma que no habría marcha atrás en su futuro.
“Hay que luchar por los sueños, y ese es el consejo que le doy a todos aquellos que tienen ganas de hacer cosas. No importan las adversidades. Yo me fui decepcionada del Ecuador porque quería ser artista y aquí es difícil trabajar una imagen, y no apreciamos el talento nacional”.
Negada para la pasarela por ser curvilínea, decidió que sería modelo de ropa y se fue a Dinamarca, donde trabajó en una tienda de modas. “Gané dinero en campañas de ropa, pero antes que mi fi gura siempre alababan el color y la fi rmeza de mi piel”, relata.
Un Sábado Gigante
El clima invernal la hizo refugiarse en Miami, donde un día al encender el televisor vio que el programa de Don Francisco, a participar en un concurso llamado “Miss Colita Tropical”. “Para mi sorpresa lo gané, entre representantes de varios y una cinta”. Pero ya la había visto el hermano de Selena Quintanilla (la famosa cantante que falleció hace una década) quien la llamó para un video del grupo musical Insomnio.
El resto ha sido un trabajo constante, hasta llegar a Univisión y Telemundo. “Creo que mi etapa de modelaje ha concluido, fi nalmente me he quedado en Mega TV, donde soy presentadora”. regresa a mirar el río, que cae en los techos de zinc, y sentir que está viva, como ella dice. Orgullosa de sus logros, llevó a sus padres a vivir en Estados Unidos, en casa propia.
Es interesante su anécdota en el programa de Cristina Saralegui. “Invitaron varias personas a que se les cumpla una fantasía y yo lo era de un personaje peruano muy chiquito. El hombre me llegaba a la rodilla, pero fue tan cordial ese encuentro, que nunca lo olvidaré. La ternura y la amistad sincera y despliega su sonrisa.
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