Olfato | 5 sentidos de Guayaquil | Vistazo

Olfato | 5 sentidos de Guayaquil

Visión

Alina Manrique

Desde la ribera del Guayas hasta Urdesa, redescubrimos los olores de Guayaquil; desde el sudor del peloteo hasta el aire reciclado de los bancos.

El río Guayas ya estaba aquí hace casi 500 años, cuando Guayaquil era una orilla poblada de palmeras y cerros de árboles frondosos. Este espacio de dos kilómetros y medio donde ahora se asienta el Malecón, posiblemente olía igual: a un amasijo de plantas, lodo espeso y agua dulce.  El río sigue acariciando a la misma orilla pero no es un espacio para inhalar a la ciudad, sino para que la ciudad exhale.  

La brisa en esta zona es mezquina, pero el olor a pescado, a billetes, a sudor de trabajo, peloteo y baile, es tan lejano como el aroma de frutas, comida casera y jazmines.  Aquí hay un río, pero esto no es el campo. Esta es una ciudad viva, frenética, caliente.

 

En el recorrido desde Las Peñas hasta la Nueve de Octubre, el smog de los buses y autos se impone al intermitente aire reciclado que se escapa de las puertas de los bancos, hoteles y edificios públicos del casco comercial. Aquí hay un olor a mall, a perfume de oficinistas… pero es apenas un disfraz. Si permanece quieto el tiempo suficiente, concentrándose tal vez en la mugre rebelde de los adoquines del regenerado casco comercial, catará la orina de algún vagabundo que estuvo allí la noche anterior.  No importa que hayan sembrado jardineras, las isoras alegran la vista, pero nacieron sin olor.

 

 

 

Buscando la sombra hacia Tungurahua el Estero Salado  presenta la más grande  contradicción para los sentidos: los ojos muestran exuberante vegetación que parece impoluta,  los oídos traen aves e insectos… pero el olfato dibuja un panorama de lodo degradándose, una mezcla de metano, amoníaco y gas sulfhídrico, producto de décadas de contaminación, que se traduce en un invasivo olor a desagüe. 

Sin embargo, caminar al atardecer por la avenida Carlos Julio Arosemena, puede resultar relajante si uno se permite inhalar ese aroma a café que emana de la vieja fábrica del cerro de Bellavista.  Ese penetrante estímulo desactiva el olor a smog de la transitada avenida industrial.

En el trayecto hacia el corazón de Urdesa, la noche guayaquileña huele a discoteca: una mezcla de humo de cigarrillo, cerveza rancia, perfume y aire acondicionado que se vuelve una promesa de diversión. Guayaquil ofrece a quien la visita el olor de lo que ha venido a buscar en ella.