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2010-02-25 , Ecuador
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Mujer de armas tomar

Anita Priscela Velasteguí llegó a la jerarquía más alta contemplada en el reglamento para oficiales de servicios: el grado de coronel. Ahora, retirada, descubrió su nueva vocación en la pintura.

Mujer de armas tomar

La vida empieza a los 60, parece ser la filosofía de Anita Priscela Velasteguí. Traje verde de dos piezas, impecable; cabello recogido, y un rostro que no ha perdido la tersura. Detrás de esa frágil figura se esconde una mujer de armas tomar, que abrazó la carrera militar cuando tenía 28 años, que alcanzó la jerarquía más alta que contempla el reglamento para oficiales de servicios (grado de coronel) y que ahora, en pleno retiro, ha encontrado una nueva vocación.

“Me presenté al curso de militarización en 1974, cuando el Ejército convocó a civiles para unirse a la institución. Yo era odontóloga pero me gustaba la carrera militar y vi la oportunidad que esperaba. Aprobé y con el grado de teniente empecé el servicio en Cuenca, luego de dos años recibí el pase a El Oro, a Cayambe y a Quito, donde serví en el Hospital Militar, la ESPE, el Comando del Ejército y el Comando Conjunto”, relata, mientras su esposo Numa Garcés la observa con admiración.

A él lo conoció mientras realizaba un trámite en la Armada.

Si existe el destino, estaba escrito que Anita tuviera que hacer un papeleo justamente en el escritorio contiguo al que ocupaba Numa Garcés, quien era auditor civil en la Marina.

El funcionario le requirió sus nombres y otros datos, y le pidió a Anita que volviera una semana más tarde para ver si su solicitud para compra de un vehículo Cóndor había sido aprobada.

Ella desistió del trámite y no regresó a esas oficinas. Así que Numa Garcés esperó en vano. Pero como hombre que no se cruza de brazos, aprovechó que ambos tenían familiares que vivían en el mismo barrio de Ambato, para invitar a los vecinos a las bodas de oro de un tío suyo, pidiéndoles que llevaran a la fiesta “a la sobrinita que es militar”.

Sacrificios, recompensas
Ambos sonríen. Han pasado cerca de 30 años desde ese primer baile y siguen enamorados.

“Yo estudié en el colegio Militar pero seguí Auditoría y fui funcionario civil en la Armada. Me enamoré de Anita y de su dedicación a su carrera”, dice don Numa, mientras cuenta que la etapa más dura de su matrimonio fue cuando ella, con tres hijos de seis, cinco y tres años, recibió el pase a Shell (Pastaza), y volvía a su casa una vez por semana.

Fueron tiempos difíciles pero ella no abandonó su misión. “Entendí que se necesita vocación y que cuando se entrega todo en una carrera se gana el respeto y el aprecio de los compañeros”.

Por esa dedicación ella ascendió al grado de teniente coronel. Con el tiempo, pocas quedaron de las 13 mujeres que ingresaron al Ejército en 1974.

Había que vencer obstáculos para seguir en la carrera militar, algunas la abandonaron.

Ella fue la más antigua de las mujeres que ascendieron al grado de coronel.

Luego de más de 25 años de servicio, y con el grado de coronel, se retiró de la institución con nostalgia. Pero descubrió que una nueva vida recién comenzaba.

El dibujo y la pintura le habían gustado desde los tiempos de escuela. Ya retirada encontró el tiempo para aprender lo que venía haciendo como aficionada. En el año 2000 se estrenó como alumna de pintura en el Centro de Promoción Artística de la Casa de la Cultura. “Ya pasan 10 años y sigo estudiando, siempre aprendo una técnica o algo nuevo”. Su casa en el barrio quiteño de La Floresta está llena de sus trabajos en óleo, grabados, paisajes, sepias y pasteles.

Su técnica es realista, y en el predominio del color se advierte una visión optimista de la vida.

Un rinconcito cerca del comedor es su improvisado taller. La luz que se filtra a través de un domo es su fuente de inspiración.

Sin embargo, el centro de arte cerró las puertas de la casa que ocupaba desde hace 42 años en el Parque de El Ejido.

“Nuestra escuela vive de la autogestión, temporalmente ocupamos una salita de la Casa de la Cultura, pero sabemos que pronto la van a desalojar, es muy triste que nos quedemos sin casa”, dice, mientras muestra sus trabajos sobre niños indígenas, en técnica de pastel.

Rebasó la frontera de los 60 hace varios años. “No diga cuántos, ese secreto me lo guardo”, sonríe, pícara, pero sí accede a compartir la receta para conservarse joven. “Practico yoga y meditación, nunca descuido los baños de agua fría, en mi casa la alimentación es sana y me acuesto todas las noches con la conciencia tranquila”.

Esta mujer de armas tomar es el ejemplo de que la vida recién empieza a los 60.




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